Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 15
La casa de Tomás e Inés estaba en las faldas del Ajusco, rodeada de encinos y cedros que le daban un aire de hacienda fuera del tiempo. El camino de entrada era de grava blanca que crujía bajo las llantas del Phantom. Sebastián la dejó en la puerta.
—¿No entras?
—Es tu familia. Ve tú.
Emilia lo miró un segundo. Sebastián tenía una relación funcional con los Velasco — respetuosa, cordial, correcta — pero mantenía una distancia que ella no terminaba de entender. Como si la familia de ella fuera un territorio que él visitaba por protocolo pero nunca habitaba.
—Está bien —dijo, y se bajó del auto.
Tomás la esperaba en el porche. Traje sin corbata, café en la mano, la expresión de siempre — serena, vigilante, como un faro que observa el mar sin necesidad de moverse. De los tres hermanos Velasco, Tomás era el que más se parecía a su padre: callado, analítico, con una inteligencia que no necesitaba publicidad.
—Emilia.
—Tomás.
Se abrazaron. Un abrazo breve, contenido — los Velasco no eran efusivos, salvo Nicolás, que parecía haber heredado la expresividad de otra familia.
—¿Cómo estás? —preguntó Tomás, guiándola adentro. La casa olía a leña, a café de olla y a las gorditas de chicharrón que la cocinera preparaba cada domingo.
—Bien. ¿Y tú? ¿E Inés?
—Bien. Está arriba. Baja en un momento.
Se sentaron en la sala, que tenía libreros de piso a techo y una chimenea que alguien había encendido a pesar de que marzo en CDMX no hacía suficiente frío para justificarla. Tomás la observó mientras ella se sentaba, se acomodaba el cabello, se miraba las manos. El brazalete de cuentas dzi brillaba en su muñeca izquierda.
—¿Eso es nuevo? —preguntó, señalando el brazalete con el café.
—Me lo regaló Sebastián.
Tomás no dijo nada. Tomó un sorbo de café. Lo que pensó se quedó detrás de sus ojos, guardado con la misma eficiencia con que archivaba los expedientes de los negocios familiares.
—¿Te trata bien?
—Sí.
—Emilia. —La voz bajó medio tono—. Mírame.
Ella lo miró. Los ojos de Tomás eran idénticos a los suyos — marrones, cálidos, con esa capacidad de ver lo que la gente no decía.
—¿Te trata bien?
—Sí, Tomás. Me trata bien. De verdad.
Él la estudió tres segundos más. Asintió.
—Si alguna vez no, dímelo.
Emilia asintió también, pero por dentro pensó que Tomás no entendería la complejidad de lo que "bien" significaba en su caso — un hombre que le ataba los zapatos y la castigaba con una regla de madera, que le cocinaba pasta y le confiscaba los Doritos, que le acariciaba el pelo después de hacerla llorar. ¿Eso era "bien"? No sabía. Pero no era "mal."
Inés bajó las escaleras con su calma habitual — vestido de lino, pelo recogido, sonrisa discreta. Era la esposa de Tomás desde hacía cuatro años y tenía el talento singular de hacer que todo pareciera fácil, incluso ser la nuera de Don Alberto Velasco.
—Emilia, qué gusto. —La abrazó con más calor que Tomás—. Estás diferente.
—¿Diferente cómo?
—No sé. Más suave. —Inés la miró con curiosidad—. Como si algo se hubiera aflojado.
Emilia no supo qué contestar. Se sentó y aceptó el café que Inés le trajo, con leche y sin azúcar, exactamente como le gustaba — Inés también recordaba esas cosas, aunque de una manera diferente a Sebastián. Inés recordaba por atención; Sebastián recordaba por obsesión.
A media mañana, el teléfono de Tomás sonó. Una videollamada. Nicolás apareció en pantalla con el cabello revuelto, un micrófono de solapa asomando por el cuello de la camisa, y lo que parecía un set de filmación detrás.
—¡EMI! —gritó, a un volumen que hizo que Tomás alejara el teléfono de su oído—. ¿Ya comiste?
—Son las once de la mañana, Nico.
—¿Y? ¿YA COMISTE?
—Desayuné.
—Mándame foto.
—¿De qué?
—De tu comida. De tu desayuno. De lo que sea. Tu segundo hermano necesita ver pruebas de que te alimentas.
Emilia se rio, se tomó una foto con la taza de café y se la mandó. Nicolás examinó la imagen como un detective forense.
—Solo café. No es suficiente. Tomás, oblígala a comer algo. Inés, mándame la foto cuando coma. Emi, te quiero.
Colgó antes de que nadie pudiera responder. Un asistente de producción lo llamaba al fondo con urgencia. Tomás miró el teléfono con la expresión de alguien que ha visto este espectáculo trescientas veces.
—Tu hermano es agotador.
—Pero lo quieres —dijo Inés, sonriendo.
—Lo quiero agotadoramente.
Después del almuerzo, Inés y Emilia se sentaron en el jardín mientras Tomás atendía una llamada de negocios adentro. El jardín tenía un naranjo viejo que daba sombra sobre un banco de piedra. Inés pelaba una mandarina.
—¿Puedo decirte algo? —dijo Inés—. Tu hermano mayor no lo demuestra, pero revisa tu cuenta bancaria cada semana.
—¿Cómo?
—Tiene acceso a tus estados de cuenta. No los lee para controlarte — los lee para asegurarse de que no te falta nada. Si ve un cargo inusual o un saldo bajo, le pide a la administración que lo ajusten sin que tú lo notes.
Emilia miró la ventana donde Tomás hablaba por teléfono con la mandíbula tensa y el ceño fruncido. El hombre que revisaba sus estados de cuenta en secreto para protegerla era el mismo que le preguntaba "¿te trata bien?" con ojos que no admitían mentiras. Dos hermanos que la amaban de formas opuestas — Tomás en silencio, Nicolás a gritos — y los dos sin saber nada de la regla de madera que descansaba en una mesa de Santa Fe.
¿Qué haría Tomás si supiera? La pregunta le cruzó la mente y la descartó de inmediato. No porque la respuesta la asustara, sino porque sabía, con una claridad que la sorprendió, que no quería que nadie interviniera. Lo que pasaba entre ella y Sebastián era suyo. De los dos. Y todavía no entendía qué era, pero sabía que no quería que nadie más lo definiera por ella.
Se comió un gajo de la mandarina de Inés y miró el naranjo viejo. El sol de marzo le calentaba los hombros y el brazalete de cuentas dzi le pesaba en la muñeca como una promesa que alguien le había hecho sin palabras.