Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Ángela guardó apenas unos cuantos cambios de ropa.
Gael sabía que era exigente y casi nunca utilizaba los artículos proporcionados por los hoteles. Al ver una maleta tan ligera, no pudo evitar la curiosidad.
—Mi amor, ¿tienes otro plan?
Ángela esquivó su mirada, culpable.
—Tengo un departamento pequeño en Monterrey. Una persona se encarga de limpiarlo con frecuencia, así que podemos hospedarnos ahí.
—No sabía que mi amor fuera una pequeña millonaria.
Ella rio y cambió de tema.
En realidad, había comprado aquel departamento pensando en Fabián.
Ángela se agachó para añadir a la maleta las cosas que Gael utilizaba a diario, pero él le detuvo las manos. La levantó del piso y la acomodó entre sus brazos.
—Perdóname. Olvidé avisarte que surgió un problema en la empresa. No podré acompañarte.
La abrazó un poco más fuerte.
—Bravo Uno y Nieves irán contigo. En cuanto termine aquí, viajaré para recogerte.
Ángela podía tardar en comprender sus propios sentimientos, pero para todo lo demás poseía una mente rápida. Relacionó la llamada del día anterior con la conducta de Gael y levantó la cabeza de golpe.
—Me ocultas algo. Quieres alejarme de aquí.
Gael no esperaba que lo descubriera tan pronto. La sorpresa le cruzó el rostro.
Tal vez era mejor así. Al menos Ángela no sería fácil de engañar.
—Solo son unas cuantas alimañas. No necesitas preocuparte.
Su tono tranquilo transmitía la arrogante seguridad de un hombre convencido de que nadie podía derrotarlo.
Ángela se aferró a la manga de su camisa.
—Quiero quedarme contigo. Tengo un mal presentimiento.
—Si te quedas, no podré actuar con libertad.
Ella comprendió.
Era el punto débil de Gael. Si sus enemigos la utilizaban para amenazarlo, él quedaría indefenso.
Ángela bajó la mirada, triste.
—Entonces prométeme que tendrás cuidado. Si no...
Hizo una pausa y alzó la barbilla.
—Si no, de verdad contrataré a un acompañante.
La amenaza funcionó.
El rostro de Gael se volvió tan oscuro que parecía a punto de desatar una tormenta.
—Atrévete.
Ángela sonrió y dejó un beso sobre el borde abierto de su camisa.
—Entonces vuelve sano y salvo por mí.
Al ver la confianza limpia de sus ojos, Gael asintió.
Al final, Ángela decidió no llevarse a Bravo Uno. Si se trataba de fuerza y combate, él sería mucho más útil al lado de Gael.
***
En Monterrey, Fernando Quiroga había prometido cuidar durante unos días a la mujer que Gael protegía como a su propia vida. Envió a su asistente, Damián, a esperarla en el aeropuerto con tiempo de sobra.
Fernando, entretanto, aguardaba a Valentina Ríos fuera de una sala de ensayo.
Al terminar la práctica, una mujer alta y delgada caminó hacia él. Su belleza era elegante y distante, pero cada movimiento poseía una sensualidad imposible de ocultar.
Valentina aún llevaba la ropa de danza. Fernando se quitó de inmediato la gabardina y se la puso sobre los hombros.
—¿No sabes que hace frío? —preguntó, claramente molesto.
—Acabo de bailar. Todavía tengo calor.
Su voz era tan serena como su apariencia.
—Hoy voy a presentarte a alguien. La mujer que trae loco a Gael viene a Monterrey.
Una luz de interés apareció en los ojos de Valentina. Había escuchado muchas historias sobre Ángela Sarmiento.
Una joven capaz de obligar a un hombre tan calculador como Gael Montenegro a retroceder una y otra vez debía de ser fascinante.
Valentina no se daba cuenta de que ella había hecho lo mismo con Fernando durante años.
Al verla tan entusiasmada, él sintió celos.
Ángela era solo otra mujer. ¿Qué podía tener que él no tuviera?
Valentina regresó a la casa para ducharse y cambiarse de vestido. Poco después apareció frente a él.
—Estoy lista. ¿Nos vamos?
Fernando soltó una risa.
—El avión de la señorita Sarmiento todavía no aterriza. Damián ya está esperándola.
La observó de reojo.
—¿Te interesa tanto conocerla, Vale?
No intentó ocultar los celos.
—Sí. Fernando, es una mujer.
Valentina rio, impotente ante aquella expresión.
Él murmuró:
—Precisamente. ¿Cuántas mujeres tuve que alejar de ti cuando vivíamos fuera?
El celular de Fernando comenzó a sonar.
Era Damián.
—Señor Quiroga, ocurrió algo grave. El señor Montenegro sufrió un accidente automovilístico en Ciudad de México. Dicen que su estado es crítico.
Fernando se puso de pie de golpe.
—¿Ya aterrizó el avión de Ángela?
La ansiedad tensó su voz y sus dedos se cerraron alrededor del teléfono.
—Está a punto de aterrizar.
—No le digas nada y mantenla tranquila. Voy para allá.
Valentina vio su preocupación y escuchó el nombre de Ángela.
—Fer, ¿qué pasó?
Fernando tomó el abrigo y caminó hacia la salida.
—Gael tuvo un accidente. Ángela sigue en el avión y aún no lo sabe. Voy al aeropuerto. Tal vez tenga que volar de regreso a Ciudad de México.
Valentina frunció el ceño.
—Iré contigo.
Fernando se detuvo y la miró.
—No. Ciudad de México no es segura ahora. Quédate con Ángela y distráela en Monterrey.
Valentina abrió los ojos, indignada.
—¿Piensas ocultárselo?
Él asintió.
—Gael la alejó a propósito para encargarse de algunos enemigos. No esperaba que provocaran un accidente.
—No pueden decidir por ella de esa manera.
Su emoción aumentó de golpe.
—¿Por qué siempre creen que proteger a alguien les da derecho a apartarlo?
Valentina recordó el día en que Fernando, convencido de que la salvaba, la empujó hacia los brazos de otro hombre.
Al verla perder el control, él la estrechó con fuerza.
—Vale, no volveré a hacerlo. Nunca volveré a alejarte.
Fernando condujo hacia el aeropuerto con el acelerador a fondo.
Cuando Ángela aterrizó, la inquietud en su pecho se había vuelto casi insoportable. Sacó el celular y llamó a Gael para avisarle que había llegado.
Él no contestó.
El miedo se apoderó de ella.
Finalmente alguien respondió.
—Señora.
Era la voz de Raúl.
Ángela frunció el ceño.
—¿Dónde está Gael?
—El señor Montenegro entró a una junta y dejó el teléfono.
Gael sabía que ella llegaría a Monterrey. Jamás olvidaría el celular en un momento así.
—Raúl, te lo preguntaré una vez más. ¿Dónde está Gael?
Era la primera vez que Raúl escuchaba tanta autoridad en la voz de Ángela. La firmeza de ella lo dejó paralizado.
Antes de que pudiera responder, se escuchó la voz de una enfermera al otro lado de la llamada:
—¡Familiares del señor Montenegro! El paciente requiere una cirugía de urgencia. Necesitamos que un familiar firme el consentimiento informado.
El mundo giró alrededor de Ángela.
¿Gael necesitaba una operación?
¿Qué le había ocurrido?
Tropezó y estuvo a punto de caer. Unas manos firmes la sostuvieron por la espalda.
—Señorita Sarmiento, soy Fernando Quiroga. Voy a regresar a Ciudad de México. ¿Quiere venir conmigo?
Ángela asintió con desesperación. Las lágrimas ya no le permitían ver.
Horas más tarde llegó tambaleándose hasta la zona de quirófanos. Leonardo acababa de salir y se quitaba los guantes; tanto estos como la bata estaban manchados de sangre.
Ángela lo sujetó del brazo.
—¿Dónde está Gael? ¿Qué sucedió?
Leonardo señaló la unidad de cuidados intensivos.
—La familia Valdivia colocó un tráiler en su camino para provocar el choque. Por suerte llegó a tiempo. Conseguimos salvarle la pierna.
Un tráiler.
Un accidente.
Salvarle la pierna.
Las palabras golpearon una y otra vez la mente de Ángela. El pecho se le cerró hasta que dejó de sentir el suelo.
—¡Ángela! ¡Ángela, despierta!
***
—¡Gael!
Ángela despertó de golpe.
Había vuelto a soñar con su muerte en la vida anterior: su cuerpo irreconocible, abandonado junto al precipicio.
—Señora, ¿se siente bien?
Nieves se acercó de inmediato.
Ángela negó con la cabeza.
—¿Por qué está tan oscuro? ¿Por qué no encendieron la luz?
Comenzó a buscar a tientas el interruptor.
Nieves miró la luz del día que entraba por la ventana y se quedó paralizada.
Detuvo la mano de Ángela, contuvo las lágrimas y se aclaró la garganta.
—Acaba de despertar de un desmayo. Encender las luces de golpe podría lastimarle la vista. Descanse un momento. Iré por el doctor Salas.
Al salir, Nieves intercambió una mirada con Bravo Dos.
—Doctor, la señora despertó, pero parece que no puede ver.
Leonardo se levantó de inmediato.
—¿Qué significa que «parece» que no puede ver?
—Vaya a revisarla.
Tomó sus instrumentos y entró rápidamente en la habitación.
Movió una mano frente al rostro de Ángela. Sus ojos no enfocaron el movimiento.
—Leonardo, ¿eres tú?
Ángela no comprendía por qué nadie encendía las luces, aunque reconocía el ligero olor del desinfectante.
—Sí.
—¿Cómo está Gael?
Su voz se mantuvo serena.
Si Leonardo podía ir a verla, significaba que Gael ya no corría peligro.
—Está estable. Seguramente despertará esta noche.
La tensión que Ángela llevaba dentro se aflojó al fin.
—Pero ya es de noche —bromeó—. Tu hospital es tan tacaño que ni siquiera enciende las luces.
Nadie respondió.
La habitación quedó tan silenciosa que podía escucharse el más leve movimiento.
Ángela comenzó a entender.
—Leonardo, mis ojos...
La voz se le quebró.
El médico apretó los labios, pero decidió decir la verdad.
—No puedes ver. Necesitamos hacer más estudios para determinar la causa y saber si es temporal.
¿Ciega?
Ángela movió la cabeza. El rostro perdió todo el color.
Un dolor brutal pareció abrirle el cráneo.
Voces que no reconocía irrumpieron en su mente.
«La niña es muy bonita. Como no puede ver, podríamos divertirnos con ella».
«Deja de luchar o la cuerda terminará por estrangularte».
«Qué ojos tan hermosos».
«No tengas miedo. Vine a salvarte».
«Cuando seas mayor, volveré para casarme contigo, ¿sí?»
El dolor se volvió insoportable.
Ángela retrocedió hacia una esquina, temblando de pies a cabeza. Apartó a todos con movimientos desesperados y se hizo un ovillo.
—Hermano, tengo miedo...
Su voz era un lamento infantil.
Nieves intentó sujetarla para que no se lastimara, pero Ángela la empujó con todas sus fuerzas.
—No. No me aten.
Arrojó cuanto encontró a su alcance. Evitaba cualquier contacto como un animal herido y no dejaba de pedir ayuda a aquel «hermano».
El ruido atrajo a Fernando y Valentina, quienes habían permanecido cerca de Gael. Se detuvieron en la puerta sin entender qué sucedía.
Leonardo intentó calmar a Ángela, pero ella parecía haberse encerrado detrás de una barrera que ya no escuchaba razones.
Fernando avanzó con la intención de inmovilizarla hasta que perdiera el conocimiento. Valentina lo sujetó del brazo.
—No te acerques. Está como yo en aquella época.
Los dos hombres cambiaron de expresión.
Después de sufrir un trauma, Valentina había pasado una temporada desconectada de la realidad. Durante ese periodo solo conservaba cierta lucidez cuando Fernando estaba cerca.
Si la persona equivocada intentaba tocarla, la frágil defensa de su mente podía romperse por completo.
Leonardo comprendió la gravedad.
Ángela no dejaba de llamar a su hermano, así que telefoneó a Santiago.
Él llegó poco más de diez minutos después, jadeando. Llevaba ropa de casa y todavía tenía puestas unas pantuflas.
Al ver a su hermana sobre la cama, el dolor llenó sus ojos.
Se acercó lentamente y la rodeó con cuidado.
—Angie, soy yo. Tu hermano está aquí. No tengas miedo.
Ángela tembló al escuchar su voz. Después le mordió el brazo con fuerza y lo empujó.
—¡Lárgate! ¡No me toques! Tú no eres mi hermano.
—Hermano, sálvame...
Lloraba sin detenerse.
Santiago ya no se atrevió a acercarse. Cerró los puños, enrojeció los ojos y recorrió con furia los rostros de todos.
—¿Dónde está Gael? ¿Qué demonios ocurrió?
—Gael sufrió un accidente —respondió Leonardo antes de explicarle los detalles.
La rabia de Santiago se convirtió en impotencia.
—Leonardo, dale un sedante.
Los demás lo miraron, desconcertados.
Fernando fue el primero en hablar.
—Está llamando a su hermano. Tú estás aquí y no te reconoce. ¿Hay alguien más a quien llame de esa manera?
Santiago se frotó las sienes mientras contemplaba a Ángela, destrozada.
—Hablaremos después. Leonardo, prepara el sedante.
El médico salió y regresó con una jeringa.
Observó la resistencia de Ángela y levantó las cejas, preguntando en silencio quién podría mantenerla inmóvil.
Santiago avanzó y le tocó suavemente el cuello.
Ángela dejó de forcejear al instante.
Después comenzó a temblar con mayor violencia. La esperanza de sus ojos se transformó poco a poco en desesperación.
Santiago apartó la cara, incapaz de soportarlo. Había lágrimas en sus ojos.
—Ahora, Leonardo.
El médico inyectó rápidamente el sedante.
Ángela parpadeó con una desesperación vacía. La última luz de su mirada se apagó y terminó inconsciente entre los brazos de Santiago.
Él la acostó con cuidado, la cubrió y comenzó a darle palmadas suaves en la espalda mientras tarareaba una melodía.
Los demás soltaron el aire que contenían. Abandonaron la habitación en silencio y se reunieron en la oficina de Leonardo.
La ligereza habitual había desaparecido. Nadie sabía qué decir.
Santiago llegó un rato después, exhausto. Comprendió las preguntas que todos guardaban, pero primero miró al médico.
—¿Cuándo despertará Gael?
—Esta noche.
Leonardo unió las piezas.
—¿Gael es el «hermano» al que Ángela llama?
Desde que llegó, Santiago había preguntado dos veces por él.
Santiago se cubrió los ojos con una mano. Los hombros le temblaron mientras asentía.
—Ángela fue secuestrada cuando tenía dieciséis años. Dos delincuentes querían obligar a mi padre a conseguir la liberación de un narcotraficante preso en el extranjero. No sé cómo descubrieron que ella existía.
Respiró con dificultad.
—Intentaron inyectarle una droga, pero por error utilizaron una sustancia neurotóxica. La dejó ciega temporalmente y volvió mucho más intenso cualquier dolor.
Leonardo había creído que la ceguera actual se debía solo al impacto emocional.
Si aquella toxina seguía afectándola...
Santiago apretó el vaso que sostenía.
—Esos animales querían aterrorizarla. Le amarraron una cuerda alrededor del cuello y la ajustaban un poco más cada día.
—Por eso no soporta que la toquen ahí —concluyó Fernando.
La furia endureció el rostro de Santiago.
Fernando formuló la pregunta que faltaba:
—¿Y qué tiene que ver Gael con todo aquello?