Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 21
...Val....
No fui a la cena.
Lo pagué con sangre.
Mi padre me citó en Casa Mendoza un martes a las siete de la noche. "Ven sola. Necesitamos hablar." Debí saber que no iba a ser una conversación. Don Fernando Mendoza no hablaba. Dictaba. Y cuando alguien no obedecía sus dictados, usaba otros métodos.
Llegué porque me dijo que tenía información sobre Abuelita. Porque llevaba cinco días sin saber dónde estaba mi abuela y la desesperación me estaba comiendo viva. Toqué el timbre. Susana me abrió con una sonrisa fría y me dejó pasar sin decir una palabra.
Mi padre estaba en su estudio. De pie, junto al escritorio de caoba, con su bastón en la mano izquierda. Lo usaba desde la operación de rodilla del año pasado, pero yo sabía que no lo necesitaba tanto como fingía. El bastón era más un accesorio de autoridad que un instrumento médico.
—Siéntate —dijo.
Me senté.
—¿Dónde está Abuelita?
—¿Fuiste a la cena con los Altamira?
—¿Dónde está mi abuela, papá?
—Contéstame primero.
—No fui. Ya lo sabes.
Me miró. Puso el bastón sobre el escritorio con cuidado, como si fuera algo valioso. Caminó hacia la puerta del estudio y la cerró con llave. El clic del cerrojo me heló la sangre.
—Papá—
—Tres veces te lo pedí, Valentina. Tres veces. La cena con los Altamira. El compromiso con Luciano. La reunión con los socios. Y tres veces me dijiste que no.
—Porque no voy a casarme con alguien que no—
—¡Tú vas a hacer lo que yo te diga!
El grito rebotó en las paredes del estudio. Apreté los puños sobre mis rodillas. No me moví.
—Eres mi hija —dijo, bajando la voz, que era peor que los gritos—. Llevas mi apellido. Te eduqué, pagué la clínica de tu madre y sostengo a tu abuela. Esa inversión tiene un precio. Cuando te digo que cierres un trato, sonrías o te cases, lo haces. Así de simple.
—No como de tu dinero desde que tengo diecinueve años.
Fue un error decirlo. Lo supe en el momento en que las palabras salieron de mi boca. Porque la cara de mi padre cambió. Se le endureció todo — los ojos, la mandíbula, las manos.
Agarró el bastón del escritorio.
—Date la vuelta.
—Papá—
—Date la vuelta, Valentina.
No me moví. Se acercó. Me jaló del brazo y me puso de pie de un tirón. Sentí sus dedos clavarse en mi bíceps con una fuerza que no correspondía a un hombre de sesenta y un años.
El primer golpe cayó en mi espalda.
No grité. Me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre y apreté los dientes mientras el bastón caía una, dos, tres veces sobre mi espalda y mis brazos. Un dolor sordo, profundo, que me vibraba en los huesos.
—Vas — golpe— a ir — golpe— a esa cena — golpe— y vas a sonreír — golpe— y vas a ser la hija que se supone que debes ser.
Me solté de su agarre. Tropecé con la silla. Caí al piso. Me cubrí la cabeza con los brazos y sentí dos golpes más en los antebrazos antes de que parara.
Silencio. Solo su respiración pesada y el pitido en mis oídos.
—Levántate —dijo.
Me levanté. Las piernas me temblaban pero me levanté. Lo miré directo a los ojos. Y vi ahí algo que ya conocía: la certeza absoluta de que lo que acababa de hacer estaba justificado. Que yo me lo merecía. Que un padre tiene derecho a "corregir" a su hija.
—Tu abuela está en Clínica del Valle, habitación 412 —dijo, guardando el bastón detrás del escritorio—. Puedes visitarla cuando quieras. Siempre y cuando cooperes.
—Y no vuelvas a obligarme a corregirte —añadió—. Si hubieras obedecido desde el principio, nada de esto habría pasado.
No dije nada.
—La próxima vez que Luciano te invite a cenar, vas a ir. ¿Está claro?
Abrí la puerta del estudio — no recuerdo cómo, mis manos temblaban demasiado— y caminé por el pasillo sin mirar atrás. Pasé junto a Susana, que estaba sentada en la sala leyendo una revista, como si no hubiera escuchado nada. Como si los golpes no se hubieran oído en toda la casa.
Tal vez no se oyeron. O tal vez Susana ya estaba acostumbrada.
Llegué a mi auto. Me senté. Cerré la puerta. Y recargué la frente en el volante.
No lloré. Ya no me quedaban lágrimas para mi padre. Las había gastado todas a los trece años, la primera vez que me pegó con el cinturón por haberle contestado mal frente a sus socios.
Manejé a mi departamento. Me quité la blusa frente al espejo del baño. Tenía cuatro marcas moradas en los brazos y tres líneas rojas en la espalda que iban a ponerse negras para mañana. Me las conocía. Sabía cómo se veían, cuánto tardaban en sanar, qué tipo de ropa las tapaba mejor.
Manga larga. Siempre manga larga.
Me metí a la regadera con el agua lo más caliente que aguanté. El vapor me nubló el espejo y borró mi reflejo, y eso estuvo bien porque no quería verme.
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Tres días después, Seb me encontró en el estacionamiento del aeropuerto.
Hacía calor. Treinta y dos grados. Todo el mundo en manga corta. Yo llevaba una camisa de manga larga azul oscuro que me cubría hasta las muñecas.
—Mendoza —dijo, caminando hacia mí con dos vasos de café—. Te traje americano con un chorrito de leche. Como te gusta.
—Gracias.
Me dio el vaso. Nuestros dedos se rozaron. Los suyos estaban fríos del aire acondicionado del avión. Los míos estaban calientes. Y algo en ese contraste me hizo querer agarrar su mano y no soltarla.
No la agarré.
Caminamos juntos hacia la terminal. Él hablaba de algo — un vuelo turbulento, un pasajero que se puso histérico, Rodri cantando rancheras en el cockpit. Yo asentía sin escuchar, concentrada en no mover los brazos demasiado porque cada movimiento me jalaba la piel lastimada.
Entonces me tropecé con una maleta que alguien había dejado en el camino. Perdí el equilibrio. Seb me agarró del brazo para sostenerme y sus dedos apretaron exactamente donde estaba el peor moretón.
Me salió un sonido del fondo de la garganta. No fue un grito. Más como un quejido animal que no pude contener.
Seb me soltó de inmediato. Me miró la cara. Vio algo ahí que le borró la sonrisa de golpe.
—¿Qué te duele?
—Nada. Me tropecé y—
—Val, hiciste un ruido como si te hubiera quemado. ¿Qué te duele?
—Nada, Seb, déjalo.
No lo dejó. Me agarró la muñeca — suave, esta vez— y me subió la manga antes de que pudiera impedirlo. La tela se deslizó por mi antebrazo y quedaron a la vista los moretones. Cuatro manchas moradas, dos de ellas con el contorno rectangular del bastón claramente marcado.
Seb se quedó inmóvil.
Miró las marcas. Miró mi cara. Volvió a mirar las marcas.
Y algo se le rompió en los ojos.
—¿Quién te hizo esto? —Su voz era baja. Demasiado baja. Como el sonido que hace algo antes de explotar.
—No es lo que piensas.
—¿Quién?
—Seb—
—Fue Luciano.
No era una pregunta. Era una conclusión. Lo vi en su cara: la mandíbula apretada, las venas del cuello marcándose, los nudillos blancos alrededor del vaso de café.
—No fue—
—Fue Luciano. Te golpeó. Ese hijo de puta te golpeó.
—No. Seb, escúchame—
Pero no me escuchó. Tiró el vaso de café en el bote de basura más cercano y se alejó caminando rápido hacia la terminal, con los hombros tensos y las manos hechas puño.
—¡Seb! —Lo seguí—. ¡Para! ¡No fue él!
Se detuvo. Se volteó. Tenía los ojos brillantes de rabia.
—Entonces dime quién fue.
Lo miré. Ahí, en el estacionamiento lleno de taxis y maletas y gente normal viviendo sus vidas normales, miré a Sebastián del Fuego y pensé en decirle la verdad. Mi padre. Fue mi padre. El hombre que se supone que debería protegerme es el que me rompe.
Pero no pude. Porque decir eso en voz alta era hacerlo real de una manera que yo no estaba lista para enfrentar. Mientras lo callara, podía seguir fingiendo que era normal. Que todas las familias eran así. Que no era tan grave.
—Me caí —dije.
—No te caíste.
—Me caí de las escaleras de mi edificio. Resbalé con—
—Valentina. No me mientas.
Lo miré a los ojos. Y mentí.
—Me caí.
Seb me sostuvo la mirada cinco segundos. Diez. Después soltó el aire por la nariz, despacio, como si estuviera conteniendo algo enorme.
Me agarró la mano. La izquierda, la que no tenía marcas. Me la apretó con cuidado, como si yo fuera algo frágil. Y bajó la voz hasta que fue casi un susurro.
—Dime quién fue, Val. Por favor.
Retiré mi mano. Di un paso atrás.
—Tengo turno —dije—. Gracias por el café.
Me di la vuelta y caminé hacia la torre sin mirar atrás.
Sentí su mirada en mi espalda todo el camino.
Y en algún lugar debajo de los moretones y la manga larga y las mentiras, algo me dolía mucho más que los golpes de mi padre: la cara de Seb cuando vio las marcas. Esa mezcla de rabia y dolor y algo roto que yo reconocía porque lo veía cada vez que me miraba al espejo.
Falta una, pensé.
Pero tal vez ya era demasiado tarde para esa última vez.
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