Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 16 La despedida sin retorno
No hubo aviso previo, ni explicación, ni siquiera un momento para prepararme.
Pasaron apenas unas horas después de lo que su abuelo me había dicho, cuando Damián entró a la habitación con paso firme, el rostro endurecido como una piedra y los ojos sin ninguna expresión.
Se acercó a mí despacio, se detuvo justo frente a la cama y me miró con una autoridad que no admitía réplica alguna.
—Levántate —me ordenó con voz seca—.
Ven.
Mis piernas temblaban tanto que apenas pude ponerme de pie.
Me tomó del brazo con firmeza, sin lastimarme pero sin permitirme detenerme, y me llevó hasta donde estaban mis pequeños jugando tranquilamente sin saber lo que estaba por ocurrir.
—Despídete de ellos —me dijo tajante, sin darme opción a preguntar nada.
—¿A dónde se los llevas? —
pregunté con voz quebrada, sintiendo que el corazón se me detenía—.
¿Por cuánto tiempo?
¿Con quién se quedarán?
—No hace falta que sepas nada más —respondió cortante—.
No te daré explicaciones.
Solo haz lo que te digo:
despídete.
Me acerqué a mis hijos con desesperación, los atraje hacia mí y los abracé con todas mis fuerzas, enterrando mi cara en sus cabellos, sintiendo que ese abrazo podría ser el último.
Las lágrimas empezaron a brotar solas, corriendo por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
Pero él me detuvo de inmediato, sujetándome del hombro y apartándome suavemente pero con fuerza de los niños.
—Sin lágrimas —me advirtió con dureza, mirándome fijamente a los ojos—.
No llores delante de ellos.
Solo di adiós y nada más.
Tuve que tragarme el llanto, tuve que obligarme a calmarme mientras les daba un beso en la frente a cada uno, intentando decirles que todo estaría bien, aunque yo misma no lo creía.
Damián tomó a los pequeños de la mano, los miró con una expresión que no pude descifrar y empezó a caminar hacia la puerta.
Cuando ya estaba por cruzarla, se detuvo, giró la cabeza hacia mí y soltó la frase que me rompió el corazón en mil pedazos:
—No los volverás a ver.
Y cerró la puerta tras de sí con un golpe seco, dejándome en un silencio absoluto y aterrador.
No me dijo dónde, no me dijo con quién, no me dijo siquiera si estaban bien o si volverían algún día.
Solo esa sentencia fría y definitiva que me dejó helada en medio de la habitación.
Pasaron unos minutos, tiempo suficiente para que los niños ya no pudieran escucharnos, y él regresó a la habitación.
Se acercó de nuevo a mí, me tomó por los hombros y me miró con esa frialdad que me hacía temblar entera.
—Ahora ya sabes lo que hay —dijo despacio, marcando cada palabra—.
Recupérate bien.
Cúrate esa fiebre, come lo que te den, haz todo lo necesario para estar sana lo antes posible.
Porque quiero un hijo.
Un hijo mío, de esta unión.
Y hasta que no quedes embarazada y me des lo que te pido, no sabrás nada de ellos.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo en mi dolor.
—Tú decides —añadió—.
Cuánto tiempo pasarás sin verlos depende solo de ti.
No sabía yo entonces que en realidad los había llevado con mis padres, a un lugar seguro y lleno de amor, preparándolos para que empezaran el colegio tranquilos y sin verme enferma.
No sabía que cada paso que daba le costaba una tortura, que odiaba tener que hacer esto, y que esas palabras eran solo una mentira cruel para doblegar.
Por fuera era un muro de hielo, pero por dentro su alma gritaba de dolor al verme así, teniendo que ocultar la verdad y fingir ser el hombre más despiadado del mundo.
Y yo me quedé ahí, desplomada en la cama, creyendo que realmente había perdido a mis hijos para siempre.
con la única esperanza de recuperarles siendo darle lo que él exigía.