Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 13
El helipuerto privado en la azotea de la torre de *Vance Capital* estaba azotado por un viento frío y limpio que había despejado las nubes de la tormenta de la noche anterior. Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. El cielo de Nueva York se desplegaba ante mí como un lienzo de azul intenso y cristalino, bañado por la luz dorada del sol naciente.
El rugido del rotor del helicóptero de la familia Vance comenzó a disminuir hasta extinguirse. Ajusté el abrigo de visón blanco sobre mis hombros mientras descendía de la nave. A mi lado, Arthur se abotonó la chaqueta de su esmoquin hecho a medida en Savile Row, un diseño impecable de solapa de satén negro que acentuaba la firmeza de su porte y la autoridad de sus hombros.
—El coche nos espera en el garaje subterráneo del edificio, Emma —dijo Arthur, ofreciéndome su brazo con una inclinación de cabeza de una elegancia soberbia.
—No necesitamos el coche para entrar en la oficina, Arthur —respondí, mirándolo con una sonrisa afilada—. Pero para la iglesia, quiero la limusina del patriarca. La que tiene el escudo de la familia en las puertas.
Arthur dejó escapar una risa grave, aprobando de inmediato mi instinto.
—Como ordene la señora de la casa.
Descendimos en el ascensor privado directamente hacia la planta ejecutiva. El aire de la oficina olía a limpieza, a cera de piso y a la tensión palpable del personal de seguridad que ya rodeaba el perímetro. Dante Rossi estaba de pie junto a los ventanales del vestíbulo principal, vistiendo un traje gris de tres piezas y sosteniendo una tablet donde se reflejaban en tiempo real los comunicados enviados a la Bolsa y a la junta directiva.
—La trampa se ha cerrado con una precisión quirúrgica —nos saludó Dante, mirándome con una chispazo de abierta admiración en sus ojos azules—. Los abogados de Julián intentaron presentar una medida cautelar a las siete y quince, pero el juez federal rechazó el escrito en cuanto vio las pruebas de transferencia no autorizada enviadas a la cuenta fiduciaria de los Montgomery. El bloqueo de sus cuentas corporativas es total.
—¿Y la junta directiva? —preguntó Arthur, caminando hacia su antiguo despacho con paso de conquistador.
—Están todos en camino a la Catedral de San Patricio —contestó Dante con una sonrisa fría—. Creen que acuden a la misa de acción de gracias y al desayuno privado que Julián organizó para celebrar la fusión. No tienen la menor idea de que la orden del día ha cambiado drásticamente.
Me acerqué al espejo de la antecámara para quitarme el abrigo de visón. Debajo llevaba un vestido de alta costura firmado por una casa parisina, de un color marfil impecable que rozaba el suelo con una caída majestuosa. El escote en V pronunciado resaltaba el collar de diamantes de corte esmeralda de la familia Vance que refulgía con destellos hipnóticos en mi cuello. Era un vestido de consorte, un diseño que emanaba poder, pureza y una realeza indomable. Mi cabello estaba recogido en un moño bajo pulido, y mis labios lucían un rojo intenso que acentuaba la palidez perfecta de mi piel.
Arthur se acercó por detrás, mirando mi reflejo a través del cristal. Sus manos grandes se posaron con una firmeza magnética sobre mis caderas, atrayendo mi espalda contra la calidez de su torso.
—Estás deslumbrante, Emma —susurró al oído, y la vibración de su voz profunda me recorrió la columna vertebral con una sacudida de placer anticipado—. Mi sobrino va a perder la razón en cuanto entres por esa puerta.
—Tu sobrino está a punto de descubrir que no se puede jugar con la mujer que sostiene los cimientos de su mundo —murmuré, girando la cabeza para rozar sus labios con los míos.
Arthur no desaprovechó el gesto. Atrapó mi boca en un beso cargado de una posesión ardiente, dominadora, deslizando una de sus manos desde mi cintura hacia arriba, moldeando la firmeza de mi pecho por encima de la seda marfil hasta hacerme soltar un suspiro ahogado. El contraste entre la frialdad del diamante en mi cuello y el calor abrasador de sus dedos me hizo cerrar los ojos, disfrutando de la certeza de que este hombre no solo me daba su imperio, sino que reclamaba mi cuerpo con una pasión madura e implacable.
—Guarda algo de esa energía para cuando terminemos el trabajo, mi reina —sonrió él al separarse despacio, arreglándose los puños de la camisa.
—El trabajo ya está hecho, Arthur —dije, ajustando la caída de mi vestido—. Ahora solo queda el espectáculo.
A las diez y media de la mañana, la Quinta Avenida era un caos controlado. La zona circundante a la Catedral de San Patricio estaba repleta de limusinas de lujo, patrullas de policía encargadas de la seguridad del evento y una marea de fotógrafos y periodistas de finanzas y sociedad que se agolpaban tras las vallas de seguridad.
La noticia de la boda de Julián Vance con Victoria Montgomery había sido calificada por los medios como el enlace corporativo del siglo. Los invitados —la creme de la creme del distrito financiero, senadores, embajadores y los principales accionistas de *Vance Capital* y del *Grupo Montgomery*— llenaban ya los bancos de madera de la nave central del majestuoso templo gótico.
La atmósfera dentro de la catedral era sofocante, cargada con el perfume denso de miles de lirios blancos y el murmullo expectante de cientos de personas de la alta sociedad que comentaban los detalles de la fusión.
En el altar, vistiendo un esmoquin de corte impecable, se encontraba Julián Vance.
A pesar de su intento por mantener la pose de control absoluto que tanto lo caracterizaba, los agudos observadores de las primeras filas notaron una leve rigidez en sus facciones. Tenía la mandíbula apretada y sus ojos grises buscaban con discreción entre la multitud a los miembros de la junta directiva. Julián había intentado comunicarse con su equipo legal durante las últimas dos horas, pero sus llamadas rebotaban una y otra vez contra una centralita bloqueada. Sin embargo, su arrogancia ciega le impedía sospechar la magnitud del abismo que se había abierto bajo sus pies; creía que se trataba de un mero fallo técnico o de una maniobra menor de su tío para intentar boicotear la jornada.
Al lado de Julián, Arthur Montgomery, el patriarca de la familia de la novia, sonreía a los fotógrafos acreditados en el pasillo lateral, satisfecho de haber atado el destino de su dinastía a la firma financiera más codiciada de Wall Street.
El órgano monumental de la catedral comenzó a emitir las primeras notas de prueba, anunciando que el protocolo estaba a punto de alcanzar su punto cumbre. La novia, Victoria Montgomery, esperaba en la antesala principal junto a su séquito de damas de honor, lista para hacer su entrada triunfal.
De repente, un murmullo extraño comenzó a propagarse desde las filas traseras de la iglesia hacia el altar.
No era el murmullos habitual de admiración. Era un rumor denso, cargado de sorpresa, estupefacción y un desconcierto helado.
Los teléfonos móviles de varios consejeros delegados y miembros de la junta directiva de *Vance Capital* comenzaron a emitir alertas sonoras al mismo tiempo. Una notificación masiva de la Notaría Central de Nueva York y del registro mercantil del estado acababa de ser publicada en los terminales Bloomberg de todo el país:
> **«URGENTE: Reestructuración de la cúpula ejecutiva de Vance Capital. Ratificación del nuevo paquete accarial mayoritario y notificación del enlace civil de Arthur Alexander Vance con Emma Spencer.»**
>
Julián vio cómo el presidente de la junta directiva, sentado en la primera fila a la derecha, se ponía de pie bruscamente con el rostro desencajado, mirando la pantalla de su teléfono y luego clavando los ojos en él con una mezcla de horror y lástima.
—¿Qué demonios pasa? —murmuró Julián entre dientes a su padrino de boda, sintiendo que un sudor frío comenzaba a brotar en su nuca.
Antes de que nadie pudiera responder, el estruendo de las enormes puertas principales de roble de la catedral resonó en toda la nave al abrirse de par en par.
La multitud enmudeció al instante. El organista detuvo el acorde a la mitad.
El protocolo dictaba que Victoria Montgomery, envuelta en velos de encaje blanco y del brazo de su padre, debía cruzar ese umbral para iniciar la caminata hacia el altar.
Pero no fue Victoria quien apareció bajo el majestuoso marco gótico.
La luz dorada del sol de la mañana irrumpió en el templo, recortando la silueta de dos figuras que avanzaban con una parsimonia majestuosa por la alfombra roja del pasillo central.
Caminando con la compostura de un rey que regresa a reclamar su trono, vestida con un vestido marfil de alta costura que eclipsaba cualquier diseño de novia tradicional y luciendo en su cuello los diamantes históricos de la familia Vance, estaba yo.
Emma Spencer.
Y colgado de mi brazo, con la cabeza alta, una mirada de acero plomizo y una presencia que paralizó el corazón de cada empresario presente en la sala, caminaba el patriarca absoluto de la dinastía: Arthur Vance.
Un jadeo colectivo rasgó el silencio de la catedral.
Los flases de los fotógrafos comenzaron a detonar como una ráfaga de disparos de luz. Los murmullos estallaron en una ola incontrolable de incredulidad.
—¡Dios mío! ¡Es Emma Spencer! —susurró una de las damas de la alta sociedad en la tercera fila—. ¡Y lleva el collar de los Vance!
Julián se quedó petrificado en el altar. Su rostro perdió por completo el color, volviéndose de un blanco cadavérico. Sus ojos grises, dilatados por un pánico salvaje e incontrolable, se clavaron en mí mientras yo avanzaba paso a paso, con la barbilla erguida y una sonrisa fría, serena y devastadora dibujada en mis labios.
A mi lado, Arthur caminaba con el ritmo pesado de la autoridad incontestable. Cada paso que dábamos juntos sobre la alfombra roja marcaba el ritmo del fin del reinado de su sobrino.
Mantuve la mirada fija en Julián durante todo el recorrido. Vi cómo la arrogancia que había exhibido la noche anterior a través del teléfono se desintegraba por completo en cuestión de segundos. Vi cómo sus manos comenzaban a temblar sobre la solapa de su esmoquin azul noche. Vi cómo comprendía, con una claridad agónica, que la mujer a la que había calificado de "cadáver corporativo" no había venido a llorar a su boda... sino a coronarse sobre sus ruinas.
Nos detuvimos justo al pie de la escalinata del altar, a escasos dos metros de donde él permanecía inmóvil.
Arthur dio un paso al frente, soltando con delicadeza mi brazo, y miró a su sobrino con una frialdad que heló la atmósfera del templo.
—Llegas tarde a tu propia junta directiva, Julián —dijo la voz grave de Arthur, resonando con una claridad implacable a través del silencio tenso de la catedral—. Pero no te preocupes. Tu nueva Vicepresidenta Ejecutiva y yo hemos tenido la amabilidad de tomar las decisiones por ti.
Julián dio un paso en falso hacia adelante, abriendo la boca sin que saliera un solo sonido de su garganta. Miró el collar de diamantes en mi cuello, miró el vestido marfil y luego clavó sus ojos en los míos con una mezcla de súplica y desesperación desquiciada.
—Emma... —logró articular en un hilo de voz roto—. ¿Qué... qué es esto?
Me adelanté medio paso, ajustando con elegancia la caída de mi vestido, y lo miré desde la cima de mi victoria.
—Te dije que anoche sería la última vez que dormirías tranquilo, Julián —le susurré con una voz suave que resonó en los primeros bancos—. Bienvenido a la nueva era de Vance Capital. Y por favor... saluda a tu tía.