Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 9: La visita de mi madre
Me desperté con el sol entrando por la ventana y el peso de un brazo alrededor de mi cintura.
Durante unos segundos, no recordé dónde estaba. Luego, el olor a desinfectante y a colonia de Nicolás me trajo de vuelta a la realidad. Había dormido en su cama, enroscada contra su cuerpo como si fuera el único lugar seguro del mundo.
Me incorporé lentamente, para no despertarlo, y lo miré.
Dormía con una expresión tranquila, casi serena. Sus párpados estaban cerrados, sus labios ligeramente entreabiertos, y su pecho subía y bajaba con una lentitud que me hacía contener el aliento. Parecía frágil, demasiado frágil para alguien que había vivido veintitrés años luchando contra la muerte.
Pero era hermoso.
Y era mío.
—Buenos días, dormilona —murmuró sin abrir los ojos.
—¿Estabas despierto?
—Desde que te has movido. —Sonrió y abrió los ojos. Sus ojos azules brillaban con esa luz especial que solo tenía cuando me miraba. —Te he estado observando.
—¿Observándome?
—Observándote dormir. —Apretó su brazo alrededor de mí. —Tienes una cara de paz cuando duermes. Como si nada malo pudiera pasarte.
—Ojalá fuera cierto.
—Lo es. —Me besó la frente. —Mientras yo esté aquí, nada malo te pasará.
—Eso es muy bonito, pero no puedes protegerte ni a ti mismo.
—Tampoco necesito protegerme a mí mismo. —Sonrió con picardía. —Ya tengo a alguien que lo hace por mí.
—Eso es trampa.
—Es amor.
Y entonces, antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
—Valeria, ¿estás...?
Era mi madre.
Se quedó en el umbral de la puerta, con una bolsa de ropa en la mano y los ojos abiertos como platos. Llevaba su chaqueta de siempre y el pelo recogido en un moño deshecho. Había estado llorando, pero se había secado las lágrimas antes de subir.
—¿Mamá? —Me senté de golpe, con el corazón latiéndome a mil por hora. —¿Qué haces aquí?
—Me llamó una enfermera —dijo, entrando lentamente. —Dijo que te habías quedado a dormir. Y pensé que necesitarías ropa limpia.
—Gracias, pero...
—Valeria, no me mientas. —Dejó la bolsa en la silla y se acercó a la cama. —Llevo días sin verte. Llevo días sabiendo que estás pasando las noches aquí. Y necesito saber quién es el chico que le ha robado el corazón a mi hija.
Nicolás se incorporó lentamente, con un esfuerzo que no pudo ocultar. Se arregló el pelo y esbozó una sonrisa que intentaba parecer tranquila.
—Soy Nicolás, señora. —Extendió la mano. —Encantado de conocerla.
Mi madre tomó su mano y la apretó con suavidad. Durante unos segundos, no dijo nada. Solo lo miró, con esos ojos cansados que tanto me recordaban a los míos.
Y luego, sin previo aviso, se sentó en el borde de la cama.
—Mi hija me ha hablado de ti —dijo. —Y también de tu enfermedad. Sé que no te queda mucho tiempo.
—Mamá...
—Déjame terminar. —Me miró con una severidad que no le conocía. —Sé que estás enamorada de él. Y sé que vas a sufrir cuando se vaya. Pero también sé que no hay nada que pueda hacer para detenerte.
—Entonces, ¿por qué has venido?
—Para conocerlo. —Se volvió hacia Nicolás y le sonrió. —Para asegurarme de que mi hija no está perdiendo el tiempo con alguien que no la merece.
—Señora, yo no merezco a su hija —dijo Nicolás con sinceridad. —Pero la quiero. Y voy a quererla hasta el último día de mi vida.
—Eso es lo que quería oír. —Mi madre se levantó y me abrazó. —Te quiero, hija. Y solo quiero que seas feliz.
—Lo soy, mamá. —Apreté el abrazo. —Lo soy gracias a él.
Mi madre se separó y me secó las lágrimas con el pulgar.
—Entonces quédate con él. —Sonrió. —Hasta el final. Porque eso es lo que hace el amor verdadero.
Nicolás me cogió la mano y la apretó con fuerza.
—Gracias, señora —dijo.
—Llámame Elena. —Mi madre le dio una palmadita en el hombro. —Y cuídala, ¿eh?
—Lo haré. Siempre.
Mi madre salió de la habitación con una sonrisa en los labios y las lágrimas en los ojos.
Me quedé mirando la puerta cerrada durante un largo momento, con el corazón lleno de algo que no sabía nombrar.
Gratitud, quizás. O amor.
O simplemente paz.
—¿Sabes una cosa? —dijo Nicolás, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—Tu madre me cae bien.
—A mí también. —Me giré hacia él. —Pero no te hagas ilusiones. Si me haces llorar, te mata.
—Ya lo sé. —Sonrió. —Pero vale la pena arriesgarse.
Y entonces, con el sol entrando por la ventana y el corazón lleno de amor, me acerqué a él y lo besé.
Porque aunque solo nos quedara un mes, iba a ser el mejor mes de nuestras vidas.