Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 22: El nido que esperó veinte años
El camino que el mapa tallado en hueso de ciervo les marcaba subía sin tregua hacia las cumbres más altas y prohibidas de toda la cordillera, lugares donde ni siquiera los pastores más antiguos se atrevían a llegar en pleno verano. La nieve ya les llegaba hasta las pantorrillas, blanda y traicionera, que ocultaba grietas profundas y piedras afiladas bajo su manto blanco e impecable. El viento había cambiado de tono: ya no era el aullido desgarrador del Paso del Viento Cortante, sino un silbido frío y fino que se metía por cada rendija de la ropa, congelando la sangre bajo la piel y haciendo que hasta los huesos dolieran con cada paso que daban. Detrás de ellos, muy a lo lejos, el sol empezaba a teñir el cielo de un rojo sucio y violento, el color que precedía siempre a las peores ventiscas de la temporada alta.
Woo-jin caminaba delante, pisando con fuerza para abrir huella, con todos sus sentidos alerta y el muñeco de trapo de Ye-eun asomando suavemente por el cuello de su abrigo, como si la niña quisiera seguir viendo el camino junto a él. Llevaba cargando sobre su espalda todo lo que quedaba de vidas ajenas: la brújula de Kang Soo-jin, la mezcla para el fuego de Choi Dae-jung, los mapas de las cuevas de Lee Soo-ah, la memoria de datos de Lee Joon-ho, el mapa de hueso de Yoon Mi-rae y los cuadernos originales de su padre que habían salido del sótano de la cabaña. Cada uno pesaba toneladas, pero ninguno se le ocurriría dejar atrás ni uno solo. Eran lo único que le quedaba de toda la gente buena que se había cruzado en su camino.
A sus espaldas, Ji-won cojeaba cada vez más, obligándose a seguir el ritmo por pura fuerza de voluntad, aunque cada paso le costaba más que el anterior. Desde la explosión en la mina de Ryu Tae-oh, la herida profunda que tenía en el costado se había vuelto a abrir y una infección oscura y silenciosa le recorría el cuerpo por dentro, quemándole las entrañas, robándole las fuerzas y haciéndole toser sangre cada vez que creía que Woo-jin no lo veía. Había logrado ocultárselo durante días, tapándose la boca con el pañuelo y escondiendo las manchas rojas en la nieve, pero ya no podía seguir fingiendo mucho más. Sabía perfectamente que no llegaría vivo al final del camino, pero también sabía que tenía que aguantar lo suficiente para llevar a Woo-jin hasta el único lugar donde aún podría tener una mínima oportunidad de sobrevivir a todo esto.
De repente, sus piernas flaquearon y cayó de rodillas sobre la nieve blanca, soltando una tos fuerte y húmeda que manchó todo el suelo delante de él de un rojo oscuro y espeso. Woo-jin se giró de un salto y corrió hacia él, dejando escapar un grito contenido cuando vio la sangre, la cantidad de sangre que su compañero llevaba ocultando durante todo ese tiempo sin decirle nada. Se arrodilló a su lado, le quitó el abrigo y levantó la camisa, y lo que vio le heló el corazón en el pecho: la herida estaba negra por los bordes, hinchada y caliente, con venas oscuras que se extendían por todo su costado como raíces de un árbol muerto. No era la Niebla Gris, no era una mordedura, pero era igualmente una sentencia de muerte sin apelación.
—¿Cuánto tiempo llevas así? —le preguntó con la voz rota, apretando los dientes para no llorar de rabia y dolor a la vez—. ¿Cuánto tiempo me has estado mintiendo?
Ji-won levantó la vista, con el rostro pálido como la propia nieve y los ojos brillantes de humedad, y sonrió con una tristeza infinita.
—Desde la mina —confesó por fin, sin fuerzas para seguir ocultándolo—. Cuando uno de los Vacíos me rozó con la garra antes de que Tae-oh cerrara la puerta. Sabía que si te lo decía, te quedarías. Sabía que cargarías conmigo hasta el final y perderías el poco tiempo que nos queda. No podía permitirlo, Woo-jin. Tú eres lo único que importa ahora. Tú eres todo por lo que ellos dieron sus vidas. Yo ya cumplí mi parte: te he traído hasta aquí. Ya solo falta un poco más.
Woo-jin quería gritarle, decirle que era un idiota, que no podía dejarlo solo ahora que eran los dos últimos que quedaban de todo aquel mundo que se había derrumbado, pero no le salían las palabras. Solo pudo ayudarle a incorporarse, pasarle el brazo por encima de sus hombros y cargar con la mayor parte de su peso, obligándose a seguir caminando con más fuerza que nunca. No importaba lo que pasara, no importaba lo que tuviera que hacer: no permitiría que Ji-won muriera antes de llegar al refugio. No permitiría que se sumara otro nombre a la lista interminable de los que se habían quedado atrás por su culpa.
Caminaron así durante otra hora, apoyados el uno en el otro, hasta que la nieve empezó a caer con mucha más fuerza, formando una cortina blanca que no les dejaba ver más de dos metros delante. Pero entonces, a través de la ventisca, Woo-jin alcanzó a ver algo: una estructura sólida de piedra y metal, encajada perfectamente en la pared de una cima casi vertical, totalmente invisible desde cualquier punto del valle, con paredes reforzadas, ventanas pequeñas y blindadas y una gran puerta de acero que parecía capaz de resistir cualquier cosa. En lo alto, grabado con letras profundas en la roca, se leía un nombre que le hizo pararse en seco: **Refugio del Águila Blanca**. Era real. No era solo una historia, no era solo una marca en un mapa: su padre lo había construido realmente, décadas atrás, previendo el día en que todo se vendría abajo.
Antes de que pudiera acercarse siquiera a la puerta, esta se abrió de golpe unos centímetros y una voz femenina, firme y autoritaria, les habló desde la oscuridad del interior:
—Si son quienes creo que son, tendrán que responder tres preguntas antes de cruzar este umbral. Tres respuestas que solo el doctor Choi y su heredero podrían saber correctamente. Si fallan una sola, los dejaré aquí fuera a que se los lleve la ventisca. ¿Entendido?
Woo-jin asintió, apretando a Ji-win contra sí para que no se desplomara.
—Pregunta —dijo con voz clara y firme.
—Primera: ¿Qué nombre se le daba en los archivos internos al suero original que pretendían crear con la herencia del linaje Choi?
—Proyecto Puente —respondió Woo-jin sin dudar ni un segundo, recordando las palabras escritas en el primer cuaderno que leyó en el sótano.
—Segunda: ¿Cuál es el único punto débil conocido de la primera mutación estable creada por error, los Corredores Sombríos?
—Debajo de la mandíbula, justo donde el hueso se une al cuello —contestó de nuevo, recordando la primera pelea que tuvieron juntos frente a la cabaña.
—Tercera y última: ¿Qué promesa le hizo el doctor Choi a su hijo la noche antes de morir?
Woo-jin se quedó callado unos segundos, con el nudo en la garganta, y luego susurró las mismas palabras que su padre le había dicho al oído antes de cerrar los ojos para siempre:
—Que pase lo que pase, que el mundo se rompa en mil pedazos, que él siempre estaría conmigo en cada paso que diera.
La puerta de acero se abrió de par en par de inmediato, y una mujer de unos sesenta años, de cabello blanco recogido en un moño impecable, manos fuertes y ojos vivos que habían visto demasiado dolor, salió a recibirlos con una linterna en una mano y un rifle de cerrojo en la otra. Al verlos, su rostro serio se ablandó por un instante, y una lágrima se le escapó rodando por la mejilla arrugada.
—Por fin llegaste, muchacho —dijo con voz entrecortada—. Yo soy Moon Young-sook. Fui la enfermera jefe del Proyecto Puente, y me fugué junto a tu padre y Ji-won hace veinte años, cuando todo empezó a podrirse por dentro. Él me dejó aquí esperando. Me dijo que algún día vendrías, y que no importara cuánto tiempo pasara, que me quedara hasta que llegaras. He esperado veinte años. No pensé que llegaría a verte con vida.
Los hizo pasar rápidamente al interior y cerró la puerta tras de sí, girando cuatro cerrojos gruesos y activando un sistema de cierre magnético que sonó con un golpe seco y definitivo. El refugio era mucho más grande de lo que parecía desde fuera: una red de galerías y salas talladas directamente en la roca viva, con paneles solares que acumulaban energía en baterías enormes, estanterías llenas de provisiones, medicinas, armas y repuestos para todo lo que pudieran necesitar, un laboratorio pequeño pero completo y una sala de control con pantallas y radares que seguían funcionando a pesar del colapso del mundo exterior. Young-sook les ayudó a recostar a Ji-won en una camilla de la enfermería, le limpió la herida con sumo cuidado, le aplicó los mejores antibióticos que tenía guardados y le dio algo para el dolor y la fiebre. Luego miró a Woo-jin con seriedad y le dijo lo que nadie más se había atrevido a confesarle del todo:
—La infección está muy avanzada. Con esto puedo retrasarlo, darle unas horas más, quizás un día entero si su cuerpo responde bien. Pero no puedo curarlo. Nadie puede. Lo siento mucho.
Woo-jin asintió con la cabeza baja, sin poder decir nada. Ya lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que lo vio caer en la nieve. Pero oírlo decirlo en voz alta lo hacía real, definitivo, irremediable.
Young-sook lo llevó luego a la sala de control, donde le explicó para qué había sido construido realmente aquel lugar: no era solo un refugio para esconderse. En la cima más alta de la montaña, justo encima de ellos, había una antena transmisora de largo alcance, la única en toda la región capaz de enviar una señal fuera del país, a medios y gobiernos de todo el planeta. Si lograban conectarle todos los datos que llevaban consigo —los archivos de Tae-oh, la memoria de Joon-ho, los cuadernos de su padre, las pruebas de todos los crímenes de Hanbiotech— podrían revelar al mundo entero la verdad. Podrían demostrar que la corporación había creado el virus a propósito, que lo habían dejado escapar para justificar sus experimentos y que estaban a punto de matar a miles de personas inocentes con el Protocolo Limpieza Total. Podrían detenerlos. Podrían hacer que todas aquellas muertes no hubieran sido en vano.
—Pero hay un problema —añadió ella, señalando la ventana que daba hacia la cima—. Desde hace tres días, esa zona está tomada. Algo ha subido desde los valles contaminados y se ha instalado allí. Los llamo los Blancos de la Cima. Gente que se perdió en la ventisca mientras huía, respiró la niebla concentrada que se acumula en las cumbres y se transformó en algo nuevo. Se camuflan perfectamente con la nieve, no emiten casi calor corporal, se mueven en silencio absoluto y atacan solo cuando ya es demasiado tarde para reaccionar. Nadie ha logrado subir hasta la antena y volver vivo. Y además… —señaló una de las pantallas del radar, donde seis puntos rojos avanzaban velozmente hacia ellos—. El Escuadrón Negro está a menos de ocho kilómetros. Cierran el cerco a toda velocidad. Y los helicópteros con el gas concentrado llegarán en seis horas exactas. Si no activamos esa antena antes de que lleguen, todo habrá terminado.
No tuvieron ni una hora más de descanso. Apenas terminó de explicarlo, toda la estructura del refugio tembló levemente, y las alarmas periféricas empezaron a pitar con un sonido agudo y desgarrador. Los Blancos de la Cima habían bajado de la cima y rodeado todo el perímetro. Eran docenas de figuras altas y delgadas, de un blanco perfecto que se confundía con la ventisca, con garras largas y transparentes y rostros sin rasgos definidos, solo una abertura negra por donde salía un aliento gélido que congelaba todo lo que tocaba. Atacaban sin ruido, golpeando las paredes y las puertas con una fuerza que parecía imposible para cuerpos tan esbeltos, buscando cualquier rendija por donde entrar.
Young-sook tomó su rifle, cargó varias antorchas con la mezcla de fuego puro que Woo-jin mismo le había enseñado a preparar en pocos minutos, y miró a ambos con una determinación de acero en los ojos.
—Tú te quedas aquí con Ji-won, preparas todos los datos para la transmisión y activas los sistemas de defensa internos —le dijo a Woo-jin, apretándole el hombro con fuerza—. Yo salgo por la puerta de emergencia trasera. Los atraeré hacia el cañón norte, allí hay una cornisa que se derrumba con solo colocar unas cargas que tu padre dejó preparadas hace años. Si logro hacerlos caer a todos, limpiaré el camino hacia la antena.
—¡No puedes salir sola! —le gritó Woo-jin agarrándola del brazo, con el corazón encogido—. ¡Son demasiados! ¡Morirás!
Ella sonrió con una calma absoluta, acariciando su rostro como lo habría hecho su propia abuela.
—Hace veinte años que tu padre me salvó la vida. Me dio un propósito, me dio este lugar donde esperar el momento de pagar mi deuda. Ahora me toca a mí devolvérselo. Cuida de Ji-won todo lo que puedas. Cuida de ti mismo. Y cuando enciendas esa antena… diles la verdad. Diles que no todos nos rendimos. Diles que algunos luchamos hasta el final.
Salió sin darle tiempo a responder, cerrando la puerta tras de sí. Durante los siguientes veinte minutos, Woo-jin y Ji-won escucharon los disparos, los gritos de las criaturas y luego una explosión enorme que hizo temblar toda la montaña hasta sus cimientos. Después, silencio. Silencio absoluto. Woo-jin corrió a la pantalla de cámaras exteriores y vio que todo el cañón norte se había derrumbado, enterrando bajo toneladas de roca y nieve a casi todos los Blancos de la Cima… y también a Young-sook, que no había tenido tiempo de alejarse lo suficiente antes de la detonación. Había cumplido su promesa. Había pagado su deuda. Había limpiado el camino.
Se quedó allí parado mucho tiempo, mirando la pantalla sin ver nada, hasta que la mano temblorosa de Ji-won le tocó la muñeca para llamar su atención. El hombre estaba mucho más pálido, con los labios azulados y la respiración entrecortada, pero aún tenía suficiente fuerza para sonreírle.
—Ya lo ves —le susurró con voz muy débil—. Todos se van. Todos dejan algo para que tú sigas. Ahora solo faltamos nosotros dos. Y yo… yo también me iré pronto. Pero antes… antes quiero ayudarte a subir hasta esa antena. Quiero ver cómo enciendes esa luz. Quiero saber, antes de cerrar los ojos, que ganamos.
Woo-jin asintió sin poder hablar, le ayudó a incorporarse con muchísimo cuidado, le pasó un abrigo grueso y comprobó que todas las armas, todas las medicinas y todos los archivos estuvieran listos. Luego miró el reloj de la sala de control: quedaban exactamente cinco horas y media antes de que llegaran los helicópteros. Quedaban cuatro kilómetros de subida casi vertical por terreno nevado y traicionero. Quedaba el Escuadrón Negro, cada vez más cerca. Quedaba la batalla final.
Salió al pequeño balcón trasero del refugio, miró hacia la cima negra que se recortaba contra el cielo rojo del atardecer, y tocó con los dedos cada uno de los objetos que llevaba sobre el pecho, uno por uno, repitiendo en silencio todos sus nombres para que ninguno se olvidara nunca. Se sentía solo, terriblemente solo, pero a la vez sentía que todos ellos iban con él, caminando a su lado en cada paso que diera. Ya no tenía miedo. Ya no tenía dudas. Solo le quedaba una cosa por hacer: terminar lo que todos ellos habían empezado con sus sacrificios.
Cuando volvió al interior, Ji-won ya estaba de pie, apoyado en su bastón, con el rifle de Young-sook colgado al hombro y una última sonrisa en los labios. Estaba listo. Ambos lo estaban.
—Vamos —dijo Woo-jin con una voz tan firme y fría como la roca de la montaña misma—. Vamos a encender esa luz. Y vamos a hacer que todo el mundo lo vea.
Cruzaron la puerta blindada del refugio y salieron de nuevo a la nieve, hacia la cima, hacia la batalla final, hacia el final de todo aquello que habían comenzado hacía ya una eternidad, el día en que Woo-jin rompió el sello de cera en la puerta del sótano de su casa. Detrás de ellos, el refugio se quedó en silencio, guardando para siempre el recuerdo de la mujer que había esperado veinte años para cumplir su promesa. Delante de ellos, solo quedaban tres capítulos para que terminara la primera temporada. Y ambos sabían, sin necesidad de decírselo, que solo uno de los dos lograría ver el final.
¡Quiero más capitulos!. 🥰