Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo IX La caída del imperio
La mansión de los Villaseñor, una fortaleza de poder e impunidad que había permanecido en pie durante décadas, se respiraba tensa esa mañana. Las noticias del colapso financiero de la empresa familiar corrían como pólvora en los titulares económicos. Ismael caminaba de un lado a otro en el despacho principal, con la corbata desajustada y los ojos inyectados en sangre, mientras su padre golpeaba el escritorio con impotencia frente a una pila de ejecuciones hipotecarias.
La puerta doble de madera se abrió sin previo aviso.
Vincet Vane entró con la calma sobria y majestuosa de un conquistador que camina sobre las ruinas del territorio vencido. Vestía un traje gris oscuro e iba acompañado por dos de sus abogados. Tras él, Elías caminaba con la mirada baja, incapaz de sostener la vista hacia el interior del despacho.
—¿Qué demonios haces aquí, Vane? —rugió Ismael, avanzando hacia él con los puños cerrados—. ¡Tú orquestaste la caída de nuestras acciones! ¡Tú compraste nuestra deuda!
—Vine a tomar posesión de lo que ahora me pertenece —respondió Vincet con una serenidad glacial, sacando las manos de los bolsillos para revisar la estancia con un gesto de ligero aburrimiento—. La mansión, las acciones, las cuentas congeladas... La firma Villaseñor ha dejado de existir oficialmente esta mañana.
El padre de Ismael se levantó con dificultad, con el rostro pálido por la rabia.
—Eres un miserable, Vane. Nos tendiste una trampa. Pero te juro por la memoria de esta familia que nos levantaremos y te destruiremos.
Vincet dibujó una sonrisa ladeada, sin una pizca de calidez.
—¿Con qué recursos, señor Villaseñor? ¿Con el orgullo que les queda? Les quité todo lo que usaban para pisotear a los demás. Tal como tú —dijo, clavando la mirada fijamente en Ismael— le quitaste todo a mi familia hace diez años, pensando que una indemnización bajo la mesa y un juicio arreglado limpiarían tu mierda.
Ismael se congeló. La mención del pasado hizo que un destello de pavor cruzara por sus ojos.
—Tú... —murmuró Ismael, comprendiendo por primera vez el origen de esa cacería.
—Así es —susurró Vincet, dando un paso al frente para acortar la distancia—. Sabía que la quiebra financiera te dolería, Ismael. Pero sabía que no sería suficiente para romperte el alma. Para eso, necesitaba quitarte lo único que realmente te importaba en este mundo.
En ese preciso instante, la puerta del despacho volvió a abrirse lentamente. Ester, vistiendo ropa holgada, con los ojos hinchados por el llanto de la noche anterior y el rostro demacrado por el dolor, entró a la habitación buscando desesperadamente a su hermano.
—¿Ester? —dijo Ismael, cambiando su expresión a una de profunda preocupación al ver el estado lamentable de su hermana—. ¿Dónde estabas? Te busqué toda la noche, tu teléfono estaba apagado... ¿Qué te pasó?
Ester se detuvo al ver a Vincet de pie en el centro del despacho. Un temblor incontrolable recorrió sus piernas. El aire de la habitación se volvió irrespirable.
Vincet no esperó a que ella hablara. Con una crueldad calculada y una mirada cargada de un desprecio absoluto, miró a Ismael y luego a Ester.
—¿Se preguntaban dónde pasó la noche la pequeña y pura joya de la familia? —soltó Vincet con voz alta y clara, asegurándose de que cada palabra retumbara en las paredes de la habitación—. Estuvo conmigo. En mi cama. Se entregó a mí creyendo que yo era su héroe, su mecenas... su salvador.
El padre de Ester soltó un ahogo de estupefacción, llevándose una mano al pecho. Ismael se quedó petrificado, mirando a su hermana con los ojos desorbitados por el horror.
—No... —murmuró Ismael, negando con la cabeza, rogando en silencio que fuera una mentira—. Ester... dime que este infeliz está mintiendo. Dime que no es verdad.
Ester no pudo sostenerle la mirada a su hermano. Bajó la cabeza mientras las lágrimas comenzaban a correr de nuevo por sus mejillas en un silencio desgarrador. Su silencio fue la confirmación definitiva.
—Ella vino a mí por voluntad propia —continuó Vincet con una sonrisa mordaz, disfrutando de la devastación en el rostro de Ismael—. Tocó mi piel, me regaló sus sueños y se humilló ante el hombre que destruyó a su padre. Resultó ser igual de fácil de manipular que cualquier otra. La 'princesa de los Villaseñor' no es más que una mancha en su propio apellido.
—¡Hijo de puta! —gritó Ismael fuera de sí, abalanzándose sobre Vincet para golpearlo.
Elías y los abogados de Vincet se interpusieron rápidamente, sujetando a Ismael mientras este forcejeaba con furia ciega, maldiciendo y gritando.
—¡Te voy a matar, Vane! ¡Te voy a matar! —rugía Ismael, mientras las lágrimas de rabia se mezclaban con su impotencia.
El padre de Ester miró a su hija con una expresión de profundo asco y decepción.
—¿Cómo pudiste...? —murmuró el anciano, dándole la espalda a Ester como si su presencia lo contaminara—. Nos entregaste a nuestro enemigo. Eres una vergüenza para esta casa.
Aquellas palabras de su padre terminaron de romper lo último que quedaba del espíritu de Ester. Sintiéndose una paria, destruida por el hombre que amaba y repudiada por su propia sangre, Ester soltó un grito por el llanto, dio media vuelta y corrió fuera de la mansión, sintiendo que ya no pertenecía a ningún lugar en el mundo.
Vincet observó la escena con el rostro petrificado. Había ganado. Había logrado la destrucción total de sus enemigos. Sin embargo, al ver la silueta de Ester desaparecer por la puerta tras ser repudiada por su propia familia, sintió un vacío abismal y frío instalarse en lo más profundo de su pecho, un peso muerto que ninguna venganza podría jamás aliviar.
Dale con todo por idiota