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LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Amor-odio / Romance / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: La última falta de respeto

Después de aquella discusión, el ambiente entre Valeria y Adrián cambió.

No terminaron la relación.

No hubo gritos.

No hubo reproches constantes.

Simplemente apareció una distancia que ninguno de los dos supo cómo acortar.

Valeria siguió siendo la misma mujer disciplinada de siempre.

Se levantaba antes del amanecer.

Iba al gimnasio.

Revisaba los informes de la empresa mientras desayunaba.

Visitaba las oficinas, saludaba a todos sus trabajadores por su nombre y jamás olvidaba preguntar cómo estaban sus familias.

Era una líder respetada porque nunca exigía lo que ella misma no estaba dispuesta a hacer.

Adrián, en cambio, comenzó a sentirse cada vez más incómodo.

No porque Valeria hubiera cambiado.

Sino porque él ya no ocupaba el centro de su mundo.

Y eso alimentaba una inseguridad que jamás había querido reconocer.

Una tarde, Adrián recibió una llamada de uno de sus socios.

—Esta noche tenemos una cena con unos inversionistas españoles. Es importante que vengas.

—Ahí estaré.

—Trae a Valeria. Ellos han escuchado hablar mucho de ella.

Aquella última frase le molestó.

Colgó el teléfono y permaneció varios segundos inmóvil.

¿Por qué siempre la mencionaban a ella?

¿Por qué parecía que todos admiraban más a Valeria que a él?

Sacudió la cabeza.

Intentó convencerse de que estaba exagerando.

Esa noche pasó por ella.

Valeria salió de la oficina con un traje color marfil y el cabello recogido en un elegante moño.

Al verla, Adrián sonrió.

Seguía siendo la mujer de la que se había enamorado.

Inteligente.

Hermosa.

Segura de sí misma.

Solo que ahora esa seguridad, en lugar de inspirarlo, comenzaba a hacerlo sentir inferior.

—¿Lista?

—Siempre.

Durante el trayecto hablaron de cosas cotidianas.

Valeria le contó que uno de sus empleados acababa de terminar la universidad y que toda la oficina había celebrado con él.

—¿Sabes qué fue lo primero que hizo cuando recibió su título? —preguntó ella.

—¿Qué?

—Fue a abrazar a su mamá.

Adrián sonrió.

—Eso habla bien de él.

—Las personas agradecidas siempre llegan más lejos.

Por un instante, él volvió a sentir la tranquilidad de los primeros meses.

Pensó que quizá todavía podían salvar la relación.

La cena se realizó en un exclusivo restaurante.

Había empresarios, abogados, inversionistas y representantes de distintas compañías.

El ambiente era elegante, pero relajado.

Las conversaciones giraban alrededor de nuevos proyectos.

Uno de los inversionistas españoles se acercó a Valeria.

—Licenciada Herrera, hemos leído sobre su empresa. Nos impresionó el crecimiento que ha tenido.

—Muchas gracias.

—Nos gustaría conversar con usted sobre una posible alianza.

—Será un gusto.

Hablaron durante varios minutos.

Adrián observaba desde la distancia.

Cada elogio que recibía Valeria era como una piedra más sobre el peso que llevaba dentro.

Uno de sus socios se acercó.

—Tienes mucha suerte.

—¿Por qué?

—Porque una mujer así no se encuentra todos los días.

Adrián sonrió por compromiso.

Pero aquella frase se quedó resonando en su cabeza.

"Una mujer así no se encuentra todos los días..."

La cena avanzó entre brindis y conversaciones.

Hasta que uno de los empresarios levantó su copa.

—Quiero brindar por las mujeres que hoy están demostrando que pueden liderar grandes empresas.

Todos aplaudieron.

Uno de los presentes añadió:

—Especialmente por Valeria. Su historia inspira.

Las miradas se dirigieron hacia ella.

Valeria agradeció con humildad.

—Solo hice lo que cualquier persona haría si creyera en sus sueños.

Entonces Adrián tomó la palabra.

Al principio sonreía.

Parecía otra de sus bromas.

—Bueno... tampoco la hagan ver como una santa.

Algunas personas rieron con timidez.

Él continuó.

—Si la conocieran en casa, sabrían que no es tan perfecta.

Valeria giró lentamente la cabeza.

Lo miró en silencio.

Él no se detuvo.

—La verdad es que trabaja tanto que a veces olvida que tiene pareja.

Las risas fueron pocas.

Muy pocas.

El ambiente comenzó a ponerse incómodo.

Pero Adrián decidió seguir.

—Aunque pensándolo bien...

Con ese carácter, cualquiera preferiría quedarse en la oficina.

Esta vez nadie rió.

El silencio fue absoluto.

Un silencio pesado.

Incómodo.

Doloroso.

Valeria permaneció inmóvil.

No bajó la mirada.

No lloró.

No respondió.

Solo respiró profundamente.

Uno de los inversionistas intentó cambiar el tema.

Pero ya era demasiado tarde.

Todos habían entendido que aquello ya no era una broma.

Era una humillación.

Valeria tomó lentamente su bolso.

Se puso de pie.

Miró a todos los presentes.

—Disculpen.

Espero que tengan una excelente noche.

Su voz seguía siendo tranquila.

Elegante.

Serena.

Nadie habría imaginado que por dentro sentía cómo algo acababa de romperse para siempre.

Adrián se levantó de inmediato.

—¿A dónde vas?

Ella respondió sin levantar la voz.

—A mi casa.

—Amor...

Espera.

No hagas un drama por esto.

Valeria lo miró por unos segundos.

Y pronunció unas palabras que ninguno de los presentes olvidaría.

—El respeto nunca es un drama.

Es un requisito.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida.

Nadie intentó detenerla.

Todos comprendieron que aquella mujer acababa de elegir su dignidad.

Adrián salió detrás de ella.

La alcanzó en el estacionamiento.

—¡Valeria!

Ella se detuvo.

—Escúchame.

Solo estaba bromeando.

Ella permaneció en silencio.

—No puedes terminar una noche así por algo tan pequeño.

Valeria lo observó con una calma que desconcertaba.

—¿Pequeño?

—Sí.

Fue una broma.

—No.

Fue una decisión.

Él frunció el ceño.

—¿Qué decisión?

—La tuya.

Decidiste hacerme pequeña para sentirte más grande.

Decidiste buscar la aprobación de otras personas a costa de mi dignidad.

Decidiste humillar a la mujer que decía amar.

Adrián negó con desesperación.

—No era mi intención.

—Las intenciones se conocen por los actos.

Y este no fue el primero.

Fue el último.

Aquellas palabras hicieron que sintiera un vacío en el pecho.

Por primera vez comprendió que hablaba completamente en serio.

Llegaron al departamento en silencio.

Valeria caminó directamente hacia la habitación.

Sacó una maleta del armario.

Comenzó a guardar su ropa.

Adrián la observaba sin creer lo que estaba viendo.

—¿Qué haces?

—Me voy.

—No puedes terminar una relación por una discusión.

Ella siguió doblando su ropa.

—No estoy terminando por una discusión.

Estoy terminando por la acumulación de faltas de respeto que decidiste llamar bromas.

Él se acercó.

—Perdóname.

No volverá a pasar.

Ella dejó de guardar ropa.

Lo miró directamente a los ojos.

—¿Recuerdas lo primero que te dije el día que nos conocimos?

Él guardó silencio.

—Te dije que el respeto no era un reto.

Era una decisión que se tomaba todos los días.

Y tú dejaste de tomar esa decisión hace mucho tiempo.

Adrián sintió un nudo en la garganta.

Era la primera vez que veía a Valeria tan firme.

Tan distante.

Tan inalcanzable.

—Por favor...

No te vayas.

Ella cerró lentamente la maleta.

—¿Sabes cuál fue tu mayor error?

Él apenas pudo responder.

—¿Cuál?

—Pensar que, porque te amaba, iba a soportar cualquier cosa.

Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Adrián.

Valeria también estaba triste.

Mucho.

Porque todavía lo amaba.

Pero había aprendido una lección hacía muchos años.

El amor puede sanar heridas.

Pero jamás debe justificar humillaciones.

Tomó la maleta.

Caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo por última vez.

Sin enojo.

Sin rencor.

Solo con la serenidad de quien ya había tomado una decisión irreversible.

—Ojalá algún día encuentres a alguien que te enseñe lo mismo que yo intenté enseñarte.

Que amar nunca da derecho a faltar el respeto.

Abrió la puerta.

Y se marchó.

Esta vez no hubo promesas.

No hubo abrazos.

No hubo un "volveremos a intentarlo".

Solo el sonido de la puerta al cerrarse.

Un sonido que, sin que Adrián lo supiera, marcaría el inicio del mayor arrepentimiento de toda su vida.

Porque aquella noche no perdió una discusión.

Perdió a la única mujer que realmente lo había amado sin condiciones.

Y tardaría demasiado tiempo en comprenderlo.

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Mariana Posternak
hermosa historia, cuenta la realidad que pasa miles de mujeres ,que callan y algunas ni llegan a contar la historia , ♥♥
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