Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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Ecos En La Dinastias
La campana del mediodía rompió la pesada monotonía de la mañana, liberando a cientos de estudiantes hacia el comedor con un torrente de ruidos, risas y empujones. Onyx permaneció inmóvil en su asiento del fondo del aula de historia, observando cómo el salón se vaciaba lentamente hasta quedar prácticamente solitario. Su mente seguía procesando el eco persistente de aquel aroma que había desestabilizado su control matutino con la precisión de un terremoto invisible. Al cruzar finalmente el umbral hacia la cafetería, el murmullo general pareció disiparse ligeramente a su paso; la familia Draconis ejercía una fuerza gravitacional involuntaria sobre todos los presentes, un imán de curiosidad y temor reverencial que los aislaba de la turba estudiantil.
En una mesa apartada, estratégicamente situada cerca de los ventanales polarizados que daban al espeso bosque de abetos, Kaelen, Vespera, Aethelgard —quien había decidido aparecer brevemente para supervisar la adaptación y medir las tensiones del entorno— y Nyxandra ya se encontraban reunidos. Ninguno de ellos consumía alimento alguno; frente a sus bandejas impecables solo reposaban tazas de café humeantes e intocables, utilizadas meramente como una elaborada utilería social para encajar en el teatro humano.
—Te ves inusualmente tenso, hermano —señaló Vespera en cuanto Onyx tomó asiento frente a ella, apoyando los codos en la superficie de madera oscura y cruzando los dedos con una lentitud deliberada—. Y mira que he tenido el dudoso placer de ver estatuas de mármol romano con expresiones mucho más relajadas que la tuya en este preciso momento.
—No es nada que deba preocuparte, Vespera —respondió Onyx con una sequidez glacial, desviando deliberadamente la mirada hacia el extremo opuesto del gran salón, donde el bullicio alcanzaba su punto máximo.
A lo lejos, sentada junto a un grupo bullicioso de compañeras que gesticulaban animadamente con sándwiches y jugos envasados, estaba ella. Su nombre, según había logrado escuchar fugazmente en los susurros de los pasillos durante la primera hora de clases, era Lyra. Estaba extrañamente absorta en la lectura de un libro ajeno a la algarabía general, con un mechón de cabello castaño oscuro deslizándose suavemente sobre su hombro y ocultando parte de su perfil. Cada vez que ella pasaba una página, el leve movimiento de sus dedos generaba en Onyx una cascada de sensaciones contradictorias, una mezcla de repulsión hacia su propia vulnerabilidad y una atracción magnética imposible de apagar.
—No es nada que afecte a la seguridad directa del clan, espero —intervino Nyxandra, cuya voz poseía una melodía gélida y penetrante, capaz de cortar el aire como una cuchilla de obsidiana—. Nuestros movimientos en esta región deben ser milimétricos y calculados al milisegundo. Cualquier anomalía prolongada en tu comportamiento habitual llamará irremediablemente la atención de los observadores locales, y sabes perfectamente que no podemos permitirnos llamar la atención de las altas esferas o de los clanes errantes antes de haber consolidado nuestro perímetro.
—Controlaré la situación perfectamente, madre —respondió Onyx, manteniendo la vista fija en la superficie de la mesa, trazando líneas invisibles con la yema de sus dedos fríos—. No hay motivo para alarmarse por un simple momento de desorientación sensorial.
Sin embargo, en su fuero interno, sabía perfectamente que el control ya no dependía enteramente de su voluntad. La eternidad, que durante siglos se había presentado ante él como un camino plano, previsible y aburrido, acababa de torcerse de manera irreversible. Cada latido del corazón de Lyra, aunque distante, resonaba en su mente como un tambor de guerra que anunciaba el fin de su tregua con la humanidad.
La tarde transcurrió entre clases interminables donde los profesores hablaban de fórmulas matemáticas y eventos históricos que para los Draconis no eran más que memorias vividas de primera mano. Onyx intentó concentrarse en las lecturas asignadas, pero las letras en el papel parecían desvanecerse para formar el rostro de la muchacha. La tensión acumulada en sus hombros era tal que el respaldo de su silla crujía cada vez que se movía, obligándolo a mantener una postura de rigidez militar para no delatar su agitación interna frente a los humanos que lo rodeaban.
Al finalizar la última clase, mientras los pasillos se llenaban nuevamente de abrigos, mochilas y despedidas apresuradas, Onyx experimentó por primera vez en mucho tiempo el peso real de los años acumulados. Comprendió que Oakhaven ya no era solo un refugio temporal en el mapa; se había transformado en el escenario de una colisión inevitable entre su naturaleza depredadora y un sentimiento desconocido que amenazaba con devorarlo desde adentro.
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