Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Dolía.
Le dolía hasta respirar.
Lara Rivas abrió los ojos con un jadeo y se incorporó como pudo. Cada músculo le ardía, como si la hubieran desarmado durante la noche y vuelto a armar de cualquier manera.
¿Una cama?
¿Por qué estaba en una cama?
Giró la cabeza y se quedó helada.
A su lado dormía un hombre.
Estaba de espaldas, con la sábana blanca del hotel apenas cubriéndole la cintura. Tenía hombros anchos, piel tostada y una espalda marcada de arañazos.
Lara se tapó la boca antes de gritar.
No.
No podía ser.
La noche anterior había sido su cumpleaños número veinte. El suyo y el de Candela, su hermana gemela. Candela había insistido, con esa voz dulce que siempre convencía a todos, para que sus padres organizaran una fiesta en el hotel. Habían ido compañeros, amigos, gente conocida.
Después...
Después ella había tomado de más.
Lo último que recordaba era a Candela sujetándola por el brazo.
—Te llevo a casa, hermana.
Y nada más.
Lara se apretó la cabeza con las dos manos. Intentó obligarse a recordar, pero solo aparecían imágenes sueltas, confusas, calientes. Ropa tirada en el piso. Sábanas arrugadas. Manos sobre su piel. Su propia voz, ronca, pidiendo más.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Estaba comprometida con Tomás Molina.
En pocos días iban a firmar los papeles del civil. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara después de esto?
Con las piernas temblando, bajó de la cama. Apenas apoyó los pies en el piso, se le aflojaron las rodillas y cayó de bruces sobre la alfombra. Ahogó un quejido, juntó su ropa como pudo y se vistió con movimientos torpes.
No se animó a mirar al hombre.
Ni una sola vez.
Antes de irse, vio una libreta y una lapicera sobre la mesa de luz. La bronca le subió como fuego por la garganta.
Sí, ella había estado borracha. Pero él no era ningún santo. Si la vio sin poder pensar con claridad y aun así se aprovechó, también era culpable.
Escribió dos palabras grandes, rabiosas, y salió del cuarto.
Flojito.
El sol de la mañana la golpeó en la cara cuando salió del Alvear Palace. Recién ahí notó que estaba en el mismo hotel donde había celebrado su cumpleaños. Pero la fiesta había sido en un salón privado. ¿Cómo había terminado en una suite presidencial?
¿Dónde estaba Candela?
Varias personas la miraron al pasar. Lara bajó la vista y vio las marcas moradas en sus brazos, en el cuello, en la piel que el saquito no alcanzaba a cubrir.
Huyó.
Volvió a la casa de los Rivas por el jardín, apretándose la ropa contra el cuerpo. Quería llegar a su cuarto sin que nadie la viera.
Pero se detuvo al escuchar una voz conocida.
—Tomás, por fin vamos a poder estar juntos.
Lara levantó la cabeza.
Candela estaba en los brazos de Tomás Molina.
Su prometido.
Se besaban como si lo hubieran hecho mil veces. Como si ella nunca hubiera existido.
—Lara sigue siendo tu prometida —dijo Candela, escondiendo la cara contra su pecho—. ¿No te da culpa lo que hice?
Tomás le acarició el pelo.
—Tonta. Lo hiciste por amor. Yo siempre quise casarme con vos. La que se metió en el medio fue Lara. La abuela se quedó aferrada a ese acuerdo viejo entre familias y se le ocurrió que yo tenía que casarme con la hija mayor de los Rivas. ¿Qué culpa tengo yo de que la hayan encontrado justo ahora?
Lara sintió que el aire se le cortaba.
—Además —Tomás besó la mejilla de Candela—, fuiste brillante. La emborrachaste, la mandaste con un viejo y listo. Después de acostarse con otro antes de casarse, mi abuela no puede obligarme a aceptarla.
Candela sonrió.
—Tenía miedo de que me odiaras.
—Te amo. Por vos hago cualquier cosa.
Se besaron.
Lara ya no pensó.
Entró al jardín como una tromba, separó a Candela de un tirón y le dio una cachetada tan fuerte que la cabeza de su hermana se fue hacia un lado.
—¡Ah!
—¿Por qué? —Lara temblaba de rabia—. Si no me querías, Tomás, me lo decías. Yo no soy una arrastrada. ¿Por qué tenían que destruirme así?
Tomás le agarró la muñeca antes de que pudiera pegarle.
—¡Soltame!
Candela se dejó caer al suelo y gimió.
—Me duele...
Tomás empujó a Lara con violencia y corrió a levantarla.
—¿Estás bien, Cande?
—Me arde la cara...
Él miró la marca roja en la piel de Candela y se volvió contra Lara.
—Sos una salvaje. ¿Querías arruinarle la cara? ¿Cómo podés ser tan mala?
Lara cayó sentada en el suelo.
¿Mala ella?
La drogaron, le quitaron su dignidad, le robaron el compromiso, y ahora ella era la mala por una cachetada.
Una voz dura llegó desde la entrada del jardín.
—¿Qué escándalo es este?
Ricardo Rivas y Elena Vargas aparecieron con el ceño fruncido.
Tomás y Candela se pusieron pálidos.
Candela reaccionó primero. Corrió hacia sus padres y extendió los brazos para bloquearles el paso.
—Papá, mamá, no vayan. Lara... ella... Todo fue mi culpa. Anoche pensé que había vuelto a casa, me fui en taxi y... y ella debe estar muy mal. Si me pegó, no la culpen.
Elena se tensó.
—¿Qué le pasó a tu hermana?
Candela bajó la cabeza y no dijo nada.
Ricardo la apartó de un empujón.
—Si no hablás, miro yo.
Lara seguía en el piso. El saquito se le había abierto y las marcas de su cuello y de sus brazos quedaron a la vista.
Elena soltó un gemido.
Ricardo entendió de inmediato.
Se puso rojo de furia y, sin pedir explicación, cruzó el jardín y le dio una cachetada a Lara.
—¡Basura! ¡Mirá lo que hiciste!
El oído de Lara zumbó.
Se llevó la mano a la cara y lo miró sin poder creerlo.
—Papá...
—No me llames papá. Yo no tengo una hija sin vergüenza como vos.
—No fue como piensan. Yo...
—¡Basta! —Elena abrazó a Candela y miró a Lara con asco—. Los hechos están a la vista. Encima te atrevés a pegarle a tu hermana, que trató de cubrirte diciendo que dormiste en lo de una amiga. ¿Así te educaron tus padres adoptivos?
Lara sintió que algo dentro de ella se partía.
Tomás, con la oportunidad servida, habló delante de todos.
—El compromiso se cancela. La familia Molina no va a aceptar una novia que antes de casarse ya me puso los cuernos.
Esa misma mañana, los padres de Tomás fueron a la casa Rivas. La familia Rivas no pudo defender nada.
Pero Tomás propuso otra salida.
—Todo Buenos Aires sabe que nuestras familias van a unirse. Si cancelamos de golpe, van a hablar. Hagamos el casamiento igual, pero cambiemos a la novia. Que sea Candela. De cara afuera, digamos que el compromiso siempre fue con ella.
Los Molina aceptaron.
Ricardo y Elena también.
Para ellos, la alianza con los Molina valía más que Lara.
Cuando los invitados se fueron, Elena le tiró una valija a los pies.
—Volvé de donde viniste.
—Mamá...
—No nos digas así. Desde hoy solo tenemos una hija: Candela.
Lara tragó saliva.
—¿Me están echando?
—Nos dejaste en ridículo. En la valija hay plata para la universidad. Andate con tus padres adoptivos.
El tono no era de madre.
Era de alguien que le tiraba unas monedas a una desconocida.
Seis meses antes, esos mismos padres la habían buscado llorando. Le habían dicho que era su hija perdida, que querían compensarla, que pagarían el tratamiento de la pierna de su padre adoptivo si aceptaba volver.
Ella les creyó.
Ahora la miraban como si les diera asco.
Cuando Ricardo y Elena entraron a la casa, Candela se agachó frente a ella.
Ya no fingía.
—¿Te gustó mi regalo de cumpleaños, hermana?
Lara apretó los puños.
—Te quería. Si te gustaba Tomás, me lo podías decir. Yo no te lo habría peleado.
Candela soltó una risa baja.
—Te lo merecés. ¿Quién te mandó a querer lo mío? Mamá y papá siempre supieron dónde estudiabas. Nunca quisieron traerte. Te buscaron porque la vieja de los Molina insistía con la hija mayor de los Rivas. Fuiste útil un rato. Ya no.
Lara levantó la cara para que las lágrimas no cayeran.
Desde ese día, no volvería a llorar por ellos.
No lo merecían.
En la suite presidencial del Alvear, Sebastián Ferrer despertó solo.
Miró el lado vacío de la cama y entrecerró los ojos.
—Se escapó rápido.
Se levantó, desnudo, con el cuerpo relajado por primera vez en años. Se miró en el espejo y vio los arañazos en su espalda.
Sonrió apenas.
—Bastante brava.
Había dormido bien. Extrañamente bien.
Él, que detestaba que una mujer lo tocara. Él, que hacía años no soportaba el contacto femenino sin que la piel se le irritara.
Esa desconocida había entrado en su cuarto, le había arrancado la ropa y se había acostado con él.
Y no le había provocado rechazo.
Iba a llamar para pedir las cámaras cuando vio la nota en la mesa de luz.
La abrió.
Flojito.
/Doubt/ y ....según solo lo hará por los niños /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
entonces no es la madre de Sebastián