Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Tengo información vital sobre su hija, Estela
— Lucian. — Susurré, con mi voz apenas audible, mientras mi corazón latía desbocado en mi pecho.
Él levantó la vista de sus documentos, la chispa de calidez que siempre me desarmaba brillando en sus ojos.
— Barbi, ¿todo bien? ¿Necesitas algo?
— Debo irme. — Respondí, esforzándome por no dejar que mi mirada se anclara en la curva de sus labios. — No deseo interrumpir tu agenda, sé que tienes una reunión importante en breve.
— ¿Ya? ¿De verdad? Estaba ansioso por mostrarte todo y luego invitarte a almorzar. — Su tono, aunque suave, no podía ocultar una evidente desilusión.
Me acerqué, como si una fuerza invisible me impulsara hacia él, hipnotizada por la intensidad de su mirada.
— Es... es que había olvidado este compromiso. Es de suma importancia, te lo explicaré todo después, ¿de acuerdo? — Y sin permitirle tiempo para reconsiderar, me incliné para dejar un beso fugaz en su mandíbula.
Lucían permaneció inmóvil un instante, antes de inclinar la cabeza, dejando entrever una sonrisa traviesa y ligeramente desafiante. Era, sin duda, una tentación palpable.
— ¿Por qué en la mandíbula, Barbi? ¿Acaso no te atreves a más? — La voz de lucían, áspera y desafiante, resonó en el despacho, sus ojos clavados en los míos, haciéndome dudar.
— Porque si lo hago, señor Drax, te aseguro que no querré parar. Y tengo prisa. — Mi voz se mantuvo firme, a pesar del temblor casi imperceptible en mis manos.
— Siempre tan controlada, Barbi. ¿No te aburre? — Un atisbo de una sonrisa cruel se dibujó en sus labios, pero se desvaneció tan rápido como apareció.
— El control es mi mayor virtud, señor Drax. Y mi mayor arma. — Con un último vistazo a sus ojos, un reconocimiento tácito de la tensión que flotaba en el aire, me giré y salí del despacho. La puerta se cerró con un suave clic detrás de mí.
Afuera, la ciudad zumbaba con el ajetreo de la tarde. El sol pintaba los rascacielos de tonos dorados y rojizos. Saqué mi teléfono, la pantalla brillando con la imagen de mi próximo objetivo. Pedí un taxi, indicando al conductor el hotel más exclusivo de la ciudad.
— ¿Al Lumen Plaza, señorita? — preguntó el conductor, su voz teñida de un ligero asombro.
— Sí, por favor. Y rápido. — Sabía que la madre de Estela, la señora Emilia viuda de Rudolf, almorzaba religiosamente en el restaurante de ese hotel. Era su ritual diario, no podía desaprovechar la oportunidad.
Cuando el taxi me dejó en la entrada, me tomé un momento para respirar hondo. Este era el momento. La decisión estaba tomada, y no había vuelta atrás. La incertidumbre me carcomia, pero la urgencia de mi misión era mayor que cualquier miedo.
Al entrar en el lujoso comedor, el murmullo de las conversaciones y el tintineo de los cubiertos me envolvieron. Mis ojos escanearon las mesas, una por una, hasta encontrarla. Allí estaba Emilia Rudolf, elegante y regia, su figura imponente destacando incluso entre el sofisticado ambiente. Su cabello, de un tono rubio ceniza, estaba perfectamente peinado en un moño bajo, y su semblante, como siempre, era impasible, una máscara de control absoluto. Me dirigí hacia su mesa, con el corazón en la garganta, sintiendo cada paso como una eternidad.
— Señora Rudolf —dije, mi voz apenas un susurro que luchaba por abrirse paso entre el ruido del restaurante y la barrera de su concentración. Intentaba llamar su atención, pues su filete, perfectamente cocinado y presentado, captaba todo su interés, como si fuera la única cosa en el mundo digna de su total atención.
Emilia levantó la vista lentamente, sus ojos, de un azul gélido, me observaron de arriba abajo con una indiferencia casi palpable. Había una leve arruga en su entrecejo, una señal inequívoca de que mi interrupción no le era grata. Su mirada me desnudaba, evaluando, juzgando.
— Disculpe mi atrevimiento, señora Rudolf —continué, sintiendo un nudo en el estómago—Sé que la estoy importunando en un momento inaoropiado, y le pido disculpas de antemano. Pero lo que tengo que decirle es… urgente. Es de suma importancia.
Ella permaneció en silencio, sus labios finos apenas curvados en una expresión que no conocía muy bien, fastidio. Su tenedor, suspendido en el aire, se movió imperceptiblemente.
— Tengo información vital sobre su hija, Estela —dije, intentando que mi voz sonara lo más calmada y segura posible, a pesar de los latidos acelerados de mi corazón—. Necesitamos hablar en privado, señora Rudolf. La información es… delicada. Extremadamente delicada.
Un leve parpadeo en los ojos de Emilia fue la única señal de que la había afectado, un mínimo resquicio en su armadura de frialdad. Fue un destello fugaz, pero suficiente para saber que había logrado perforar su indiferencia.
— La joven señora Drax, ¿no es así? —Su voz era baja, grave, con un tono que no admitía réplica. Sus ojos me clavaron con una intensidad que casi me hizo temblar, solo pude asentir, no recordaba que mi madre fuera tan aterradora— No me haría perder mi tiempo, ¿verdad? Espero que tenga una buena razón para interrumpir mi almuerzo.
— Para nada, señora Rudolf —respondí de inmediato, mi voz un poco más firme ahora que sentía haber captado su atención—. No jugaría con algo tan… delicado. La situación es grave, y requiere su atención inmediata.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios. Y no era una sonrisa de alegría.
— Bastante audaz, señorita Drax. Realmente audaz. Bien. Acompáñeme. —Con un sutil movimiento de cabeza, que apenas fue una inclinación, se levantó de la mesa, dejando su filete a medio terminar. Se dirigió con paso firme y elegante hacia una pequeña sala privada que se encontraba al fondo del comedor, discreta y aislada del bullicio del restaurante, un lugar diseñado para conversaciones confidenciales. La segui, con el corazón latiéndome desbocado en el pecho, sabiendo que el verdadero desafío apenas comenzaba.