Ella renace en un nuevo mundo, muy distinto a todo lo que conocía y decide crear su propia historia.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Pueblo
A la mañana siguiente, el clima parecía perfecto para salir.
El cielo estaba despejado.
Una brisa suave descendía desde las montañas, haciendo que el aire fuera fresco y agradable.
Melody llegó a la entrada con un vestido sencillo de color azul claro, mucho menos formal que los que utilizaba para las reuniones sociales.
Francis ya la esperaba.
Al verla aparecer, sonrió.
—Está lista.
Ella asintió.
—Tengo mucha curiosidad por conocer el pueblo.
—Entonces no la haré esperar más.
Descendieron juntos por el camino que conectaba la mansión Fletcher con el pueblo.
No llevaron una gran escolta.
Solo un par de guardias que permanecían discretamente a cierta distancia.
Melody observaba todo con auténtica fascinación.
Las pequeñas casas de piedra.
Los jardines llenos de flores.
Los molinos movidos por el viento.
Los niños corriendo por las calles.
Los comerciantes preparando sus puestos.
Era un ambiente completamente distinto al de los elegantes salones de la nobleza.
Y, precisamente por eso, le encantaba.
—Es precioso...
Murmuró.
Francis la observó sonriendo.
—Pensé que diría eso.
Sin decir nada más, tomó suavemente la mano de Melody.
Ella bajó la vista hacia sus manos entrelazadas.
Después volvió a mirarlo.
No dijo nada.
Simplemente sonrió.
No tardaron en ser reconocidos.
—¡Buenos días, mi lord!
Saludó un panadero desde la puerta de su negocio.
Francis respondió con un gesto amable.
—Buenos días.
El hombre dirigió una mirada curiosa hacia Melody.
—¿Y la señorita...?
Francis respondió con absoluta naturalidad.
—Mi hermosa novia.
Melody abrió mucho los ojos.
Esperó a que el panadero entrara nuevamente en la tienda.
Solo entonces giró hacia Francis.
—Disculpe...
Él la miró con total inocencia.
—¿Sí?
—Yo no recuerdo haber aceptado nada.
Francis sonrió con calma.
Se inclinó un poco hacia ella.
Depositó un beso muy suave sobre su frente.
Y susurró..
—Usted me besó primero.
Melody sintió que el rostro comenzaba a calentársele.
—Eso...
Intentó defenderse.
—Eso no significa...
Él levantó ligeramente una ceja.
—¿No?
Ella infló apenas las mejillas.
—Entonces...
Hizo una pequeña pausa teatral.
—Ya no volveré a besarlo.
Francis fingió quedarse completamente inmóvil.
Su expresión se volvió exageradamente seria.
—Qué noticia tan triste.
Suspiró con dramatismo.
—No esperaba semejante castigo.
Melody terminó riéndose.
Era imposible contenerse.
Le resultaba divertidísimo descubrir aquella faceta suya.
Aquel hombre que, delante de comerciantes y nobles, siempre parecía impecable, sereno y formal...
Cuando estaban solos era capaz de bromear con una naturalidad casi infantil.
—No sabía que podía actuar así.
Comentó todavía riendo.
Francis sonrió.
—Solo muy pocas personas tienen ese privilegio de conocerme como realmente soy.
Ella sintió un agradable calor en el pecho al escuchar esas palabras.
Continuaron caminando por las calles del pueblo.
Entraron en una pequeña librería.
Después en una tienda de té.
Melody pasó varios minutos conversando con una anciana que vendía flores medicinales.
Más adelante probaron unos dulces recién horneados que un panadero insistió en regalarles.
—Tiene que probarlos, señorita.
Melody aceptó uno.
Sus ojos brillaron inmediatamente.
—¡Están deliciosos!
Francis sonrió al verla tan feliz por algo tan sencillo.
—Creo que tendremos que volver.
Ella asintió muy convencida.
—Muchas veces.
El paseo continuó durante toda la mañana.
Visitaron el mercado.
Una pequeña plaza donde algunos músicos tocaban melodías tradicionales.
Una tienda especializada en mapas antiguos.
Y hasta un taller donde un artesano fabricaba plumas para escribir.
Cada lugar despertaba una nueva pregunta en Melody.
Y Francis respondía todo cuanto sabía.
Cuando no conocía la respuesta, simplemente la admitía.
—No lo sé.
Ella sonreía.
—Entonces tendremos que averiguarlo.
Al mediodía compraron algo sencillo para comer.
No regresaron inmediatamente a la mansión.
Prefirieron sentarse bajo un gran árbol en las afueras del pueblo.
Desde allí todavía podían verse, a lo lejos, las montañas cubiertas por las nubes.
Mientras compartían el almuerzo, Melody observó a Francis unos segundos.
—¿Qué ocurre?
Preguntó él.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Solo estaba pensando...
Sonrió.
—Me gusta mucho este lugar.
Francis tomó suavemente su mano.
—A mí también. Aunque...
La miró con una expresión cálida.
—Creo que lo que más me gusta es con quién lo estoy recorriendo.
Melody sintió que las mejillas volvían a teñirse de rojo.
—Eso fue muy bonito.
Él sonrió.
—Era la intención.
Ella rio.
Y, antes de que pudiera decir nada más, se inclinó apenas hacia él.
Depositó un beso breve sobre su mejilla.
Francis la miró divertido.
—Pensé que ya no volvería a besarme.
Melody levantó la barbilla con fingida dignidad.
—Eso...
Respondió con una sonrisa traviesa.
—Fue una excepción.
—Qué alivio.
Contestó él con el mismo tono juguetón.
Ambos terminaron riendo otra vez.
Cuando el sol comenzó a descender, emprendieron el regreso a la mansión.
Habían pasado el día caminando sin prisa.
Descubriendo rincones nuevos.
Conversando sobre cualquier cosa que llamara su atención.
Y, entre una historia, una risa y un paisaje, Melody comprendió algo que jamás habría imaginado en su vida anterior.
Siempre había pensado que la felicidad debía encontrarse en grandes acontecimientos.
En viajes extraordinarios.
En momentos inolvidables.
Pero aquel día descubrió que también podía esconderse en un paseo tranquilo por un pequeño pueblo, con la mano entrelazada a la de alguien que hacía que incluso el camino más sencillo se sintiera especial.
Te saltaste un paso muchacho!!!
Te saltaste un paso muchacho!!!
Cuándo va a hablar con los padres de Melody este hombre!???