Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 18
...Val....
Le transferí 1,402 pesos a Seb por la sudadera que me prestó.
Era la sudadera negra de Vuelo Cielo que me puso encima la mañana después del accidente, la misma que usé para dormir en su sofá, la misma que todavía olía a él y que yo había lavado tres veces sin que el olor se fuera del todo. La guardé en mi clóset dos semanas. Luego decidí que tener la ropa de un hombre en mi clóset era una señal de algo que no estaba lista para aceptar, así que le mandé el dinero.
1,402. El precio aproximado de una sudadera de marca según Nati, que era la experta en estas cosas.
Seb me contestó al minuto:
«¿1,402? ¿Eso vale mi sudadera?»
«Sí. Ahora estamos a mano.»
«Mendoza, esa sudadera es un regalo de la aerolínea. Costó cero pesos.»
«Entonces quedaron 1,402 a tu favor.»
«¿Sabes qué fecha parece 14/02?»
«No sé de qué hablas.»
«Mil cuatrocientos dos. Catorce de febrero. San Valentín. ¿Me estás mandando una indirecta, Mendoza?»
«Eres piloto, no numerólogo.»
«Pero soy un piloto que sabe buscar en Google. ¿Me estás diciendo que me amas, Mendoza?»
«Te estoy pagando una sudadera. No arruines las cosas.»
«Siete.»
Bloqueé la pantalla y dejé el teléfono boca abajo. Me ardía la cara. Catorce de febrero. Yo no había pensado en la fecha cuando puse la cantidad. O eso quise creer.
Era sábado. Mi único día libre. Y lo iba a pasar en Clínica Santa Lucía.
El camino desde la ciudad hasta la clínica tomaba una hora y media. Manejé con la radio apagada y la ventana abierta, sintiendo el aire volverse más limpio a medida que me alejaba del centro. Clínica Santa Lucía estaba en las afueras, al pie de una montaña que en las mañanas se veía verde y en las tardes se volvía gris. Era un lugar bonito, o al menos eso se supone que debía pensar. Para mí era el lugar donde mi madre existía sin vivir.
Estacioné el auto, me registré en recepción y caminé por el pasillo del ala sur hasta la habitación 214.
La puerta estaba entreabierta. Entré.
Mi madre estaba exactamente como la dejé la última vez. Y la anterior. Y la anterior a esa. Acostada en una cama blanca, con una sábana blanca, rodeada de monitores que pitaban a un ritmo constante. El pelo oscuro sobre la almohada. Los ojos cerrados. Las manos sobre el pecho, como si estuviera posando para un cuadro.
Elena Aranda de Mendoza. Cincuenta y cinco años. Diez en coma.
Me senté en la silla junto a su cama. Le tomé la mano. Estaba tibia, como siempre, porque las máquinas se encargaban de mantener su cuerpo funcionando aunque el resto de ella se hubiera ido a algún lugar donde yo no podía alcanzarla.
—Hola, mamá —dije—. Soy yo.
No contestó. Nunca contestaba. Pero yo seguía hablando cada vez que venía, porque la doctora me dijo una vez que los pacientes en coma a veces escuchan, y la idea de que mi madre estuviera ahí adentro, atrapada, escuchando todo sin poder responder, me partía el corazón y me daba esperanza al mismo tiempo.
—Terminé con Luciano —le conté—. Ya sé, debí hacerlo antes. Tú nunca te caía bien, ¿verdad? Abuelita tampoco lo tragaba. Decía que tenía ojos de mentiroso.
Silencio. El monitor pitaba.
—Conocí a alguien. O más bien, reencontré a alguien. Se llama Sebastián. Del bachillerato, ¿te acuerdas? Probablemente no. No te hablé mucho de él en esa época. Pero es... —Busqué la palabra—. Es real. Es la persona más real que conozco. Y eso me da terror.
Le apreté la mano. Esperé. Nada.
—Papá me quiere obligar a ir a una cena con sus socios. Los de siempre. Los que miran donde no deben. Le dije que no. Me amenazó con la clínica. Con Abuelita. —Mi voz se quebró un poco—. A veces creo que lo único que lo detiene son las fotos. ¿Te acuerdas de las fotos? Las que tomé la última vez que—
La puerta se abrió.
Me levanté de un salto. Pero no era una enfermera ni un doctor.
Era Seb.
Se quedó en el umbral, tan sorprendido como yo. Llevaba un ramo pequeño de flores amarillas y una bolsa de papel.
—¿Mendoza?
—¿Qué haces aquí?
—Mi madre —dijo, señalando el pasillo—. Está en el ala norte.
Me le quedé mirando. Su madre. Clínica Santa Lucía. La misma clínica.
—¿Tu madre está aquí? —pregunté, incrédula.
—Desde hace dos años. Artritis reumatoide severa más algunas cosas que... bueno. Necesita atención constante. —Miró detrás de mí, hacia la cama donde estaba mi madre—. ¿Y ella?
No quise contestar. Pero ya era tarde. Seb ya estaba viendo los monitores, las máquinas, la sonda, todo lo que convertía a mi madre en una paciente en vez de una persona.
—Coma —dije—. Diez años.
No dijo nada por un momento. Luego asintió, despacio, como si estuviera procesando algo muy grande.
—¿Puedo pasar?
Dudé. Nadie, excepto Abuelita, había venido conmigo a ver a mi madre. Nadie. Ni Luciano en tres años. Ni Camila. Ni mi padre. Dejar entrar a Seb a este cuarto era dejar entrar a alguien al lugar más vulnerable de mi vida.
—Pasa —dije.
Entró. Se paró junto a mí. Miró a mi madre en la cama.
—Es hermosa —dijo—. Te pareces a ella.
Me ardieron los ojos. Parpadeé rápido.
—Mi mamá está descansando —dijo—. Hoy no es buen momento para presentarlas. Pero algún día me gustaría que la conocieras.
La palabra "algún día" me apretó el pecho.
Salimos al pasillo. Él debía seguir hacia el ala norte; yo, hacia el estacionamiento.
—Val —dijo, antes de que cada quien se fuera a su auto.
—¿Sí?
—Gracias por dejarme entrar. A la habitación de tu mamá. Sé que no dejas entrar a nadie.
—No me agradezcas.
—Te agradezco lo que quiera.
Me miré las manos. Algo dentro de mí se sentía diferente. Más ligero. Como si compartir un secreto con alguien lo hiciera pesar menos.
Ya estaba en mi auto, a punto de irme, cuando vi a Seb detenerse junto a su camioneta. Estaba mirando el teléfono con una expresión rara. Entre confusión y algo que parecía... ternura.
—¿Pasa algo? —grité por la ventana.
—Nada. —Guardó el teléfono. Me miró—. Solo recordé que alguien me mandó 1,402 pesos por una sudadera que costó cero.
—No empieces.
—Catorce de febrero, Val. —Sonrió—. Ocho.
Arranqué antes de que me viera sonreír.
Antes de irme, regresé al ala administrativa para preguntar por Abuelita. Fue entonces cuando vi a Luciano frente a la oficina de Dirección General.
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