Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 1
Capítulo 1
La suite de la novia olía a laca, perfume caro y flores recién cortadas.
—Señora Gatti, sos la novia más linda que vi en mi vida —dijo la maquilladora mientras le acomodaba el velo.
Lola Quintana miró el reflejo en el espejo.
El vestido blanco le abrazaba la cintura, la piel le brillaba limpia bajo las luces y los ojos, aunque húmedos, seguían teniendo esa calma que hacía que cualquiera quisiera acercarse.
—Gracias.
Sonrió apenas.
La sonrisa no le llegó a los ojos.
La ceremonia estaba por empezar y Bruno Gatti, el novio, no aparecía.
Tampoco atendía el teléfono.
Lola se quedó sola en ese vestidor enorme, vestida como una novia feliz, sintiéndose como una idiota puesta en vidriera.
Cuando la maquilladora salió, volvió a marcar.
El tono sonó una eternidad.
Justo cuando estaba por cortarse, él atendió.
—Lola.
La voz de Bruno sonaba ronca, cansada.
Lola apretó el celular.
—¿Dónde estás?
—En Rosario.
Rosario.
La mano que tenía sobre la falda se cerró de golpe.
—¿Estás con Martina?
Martina Ibarra.
La ex de Bruno.
La mujer que él había amado como si el mundo se terminara en su nombre.
Desde que había vuelto al país, Martina se había instalado en Rosario.
—Sí —dijo Bruno, sin esconderlo—. Anoche tuvo una crisis, se cortó las muñecas. La encontraron a tiempo, pero sigue muy inestable. No puedo dejarla sola, Lola. No voy a llegar.
A Lola se le llenaron los ojos.
—¿No podés dejarla sola a ella? ¿Y a mí sí? ¿Te acordás de que hoy es nuestra boda?
—Me acuerdo. Pero acá no puedo moverme. Pateemos la ceremonia unas semanas.
Pateemos.
Como si afuera no estuviera toda la familia.
Como si ella no estuviera vestida de novia.
Como si el salón no estuviera lleno de gente esperando verla entrar.
Como si humillarla delante de todos fuera apenas un trámite incómodo.
Tres años.
Tres años amándolo.
Tres años cuidándolo cuando un accidente lo dejó sin poder caminar, acompañándolo en rehabilitación, sosteniéndolo cuando Martina se fue al exterior detrás de sus sueños.
Y aun así, para Bruno, Lola no valía ni una uña de esa mujer.
—Bruno —dijo, respirando hondo—. ¿Te acordás de lo que juraste? Dijiste que nunca me ibas a fallar. Entonces decime algo. ¿Hoy elegís fallarme por ella?
El tono de él se endureció.
—No hagas un drama. Nunca quise fallarte. Es solo correr una boda. Martina está mal, Lola. Estamos hablando de una vida. ¿En serio vas a ser tan egoísta?
¿Hacer un drama?
¿Egoísta?
Lola soltó una risa seca.
Algo dentro de ella se quebró sin hacer ruido.
—Perfecto. Ya entendí tu elección.
Hizo una pausa.
—Ahora escuchá la mía.
Bruno no respondió.
—Bruno Gatti, se terminó.
Cortó.
Recién al levantar la vista al espejo vio las lágrimas bajándole por la cara.
—Uy, qué escena. El novio deja plantada a la novia y corre a abrazar a otra mujer. Y la novia, pobrecita, llorando sola en la suite. Qué pena me das, hermanita.
La voz venenosa llegó desde la puerta.
Lola giró.
Micaela Quintana, su media hermana, estaba apoyada contra el marco con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—No necesito tu pena.
—¿No te da curiosidad saber cómo me enteré de que Bruno fue a ver a Martina?
Micaela levantó el celular.
—Igual, secreto no es. Ya está todo en Instagram.
Lola se puso de pie y le arrancó el teléfono de la mano.
Micaela ni siquiera intentó impedirlo.
Quería verla romperse.
Lola abrió la historia de Martina.
La encontró enseguida.
Martina Ibarra: "No hay nada más conmovedor que saber que, cuando te necesito, dejás todo y venís corriendo a mi lado".
Debajo, una foto.
Dos manos entrelazadas.
Íntimas.
Ambiguas.
Lola reconoció la de Bruno al primer vistazo.
Esa publicación no era gratitud.
Era una exhibición.
Mirá, Lola. Por mí abandonó hasta su boda.
Los comentarios eran cuchillos.
"¿Volvieron? Al fin una pareja como la gente".
"Martina y Bruno siempre fueron el uno para el otro. La otra daba vergüenza".
"Hoy se casaba con la Quintana, ¿no? Sin novio no hay boda. Qué papelón".
"La que quiere trepar alto termina estrellada".
"Nunca me banqué a esa mosquita muerta. Bien hecho, reina".
Lola sintió que cada palabra le raspaba los ojos.
—No les eches la culpa por hablar así —dijo Micaela, recuperando el celular—. Los Gatti son los Gatti. No cualquiera entra a esa familia. Lo tuyo fue como Cenicienta, pero sin final feliz.
Se fue riéndose.
—Pensá bien cómo vas a salir de esta, hermanita. Afuera hay mucha gente esperando el show.
Lola miró la puerta cerrarse.
Después se limpió la cara despacio.
¿Todos esperaban verla caer?
Entonces iban a esperar sentados.
¿Un novio?
Eso se conseguía.
Uno más joven, más lindo y menos basura que Bruno.
Agarró su celular, abrió contactos y buscó un nombre guardado de manera absurda.
Pibe de la bici.
Un mes atrás, manejando por Palermo, había rozado a un chico que venía en Ecobici. A él no le pasó nada. A su auto, en cambio, le quedó un rayón bastante digno.
El chico tenía apuro. Intercambiaron números para que ella le pasara después el costo del arreglo.
Lola nunca le cobró.
La ropa de él no parecía de marca, iba en bici pública y tenía pinta de estudiante con presupuesto ajustado.
Pero se le quedó grabado por una razón muy simple.
Era más lindo que cualquier hombre que Lola hubiera visto.
Incluido Bruno.
Respiró hondo y llamó.
Sonó unos segundos.
—¿Hola?
La voz masculina, baja y todavía dormida, le hizo cosquillas en el oído.
—Hola —dijo Lola, tragándose los nervios—. Soy la dueña del auto con el que chocaste el mes pasado en Palermo. No sé si te acordás.
Del otro lado hubo silencio.
—Ah, vos. Decime cuánto salió el arreglo.
—Un millón.
—¿Perdón?
En un departamento luminoso de Puerto Madero, Thiago Sáenz abrió los ojos.
—Señorita, si no recuerdo mal, tu auto no valía un millón.
Lola se atragantó.
Para ser un universitario pobre, el pibe entendía demasiado de autos.
—Recordás mal. Ese auto me costó una fortuna.
—...
—Igual, sé que no podés pagarme un millón. Entonces hagamos algo. Me ayudás con una cosa y quedamos a mano.
En los ojos de Thiago apareció una chispa.
—Si es ilegal, paso.
—No es ilegal. Es simple. Hoy me caso, pero me falta novio. Necesito que finjas ser mi novio y completes conmigo la ceremonia.
Silencio.
Lola miró el reloj.
Faltaba poco.
—Pibe —bajó la voz, casi suplicando—. Te lo pido por favor. Salvame esta vez, ¿sí?
El "pibe" le cayó a Thiago como un dedo en la nuca.
Sonrió.
—Mandame la dirección.
Lola casi lloró de alivio.
—Te agrego por WhatsApp. Aceptame.
Cuando él aceptó, ella vio su foto de perfil: un lobo oscuro, de mirada feroz.
No tenía tiempo para pensar en eso.
Le mandó ubicación y volvió a llamarlo.
—Tenés media hora. Si pasás por un shopping, comprate un traje negro. Algo lindo. Muy lindo.
—No me gustan los trajes de shopping. Uso sastrería a medida.
Lola cerró los ojos.
¿Qué clase de pobre exigente era este?
—No hay tiempo para sastrería a medida. Comprá algo caro si querés, pero dentro de lo razonable. Te lo pago.
—Bueno, si insistís.
—No llegues tarde.
Cortó.
Thiago miró la dirección.
Quedaba cerca.
La cara de Lola apareció en su memoria: clara, linda, con una energía rara que la primera vez le había dejado el cuerpo tranquilo.
La vida era aburrida.
Y ella lo había llamado pibe.
Eso merecía una respuesta.
Se levantó.
En el living lo esperaba un joven de traje.
—Señor Sáenz, los directores ya están en la oficina. Lo esperan para la reunión.
Thiago agarró una taza de café.
—No voy.
—¿Tiene algo más importante?
—Sí.
—¿Qué cosa?
Thiago bebió un sorbo.
—Casarme.
El asistente se quedó duro.
En el salón, Lola estaba con el celular en la mano cuando entró la organizadora.
—Señora Gatti...
—Quintana —la cortó.
La mujer parpadeó.
—Señorita Quintana. La ceremonia tiene que empezar y el señor Gatti no llegó.
—Va a empezar igual.
Lola volvió a llamar a Thiago.
Atendió enseguida.
—¿Dónde estás?
—Llegué.
—¿Qué?
—Estoy afuera.
Lola se levantó de golpe, agarró la falda enorme del vestido y salió corriendo.
Micaela, que iba camino a burlarse otra vez, la vio pasar con una sonrisa luminosa.
Se le heló la sangre.
¿Bruno había vuelto?
La siguió.
En la entrada del hotel, un Rolls-Royce Phantom frenó con suavidad.
Primero bajó una pierna larga.
Después, un cuerpo alto, delgado, impecable.
Traje negro perfecto.
Rostro imposible.
Ojos oscuros, cejas marcadas, boca apenas curva, una elegancia perezosa que hacía que cualquiera se quedara mirando.
Micaela abrió la boca.
Lola, que ya lo había visto una vez, logró mantener algo de dignidad.
Hasta que vio el auto.
Se le fue el alma al piso.
Corrió hacia él.
—¿Qué es esto?
Thiago miró el auto como si no entendiera el problema.
—Dijiste que necesitabas quedar bien. Alquilé algo acorde. ¿Quedó dramática mi entrada?
Lola pensó en su cuenta bancaria y casi se desmaya.
Lo agarró de la muñeca.
—No hay tiempo. Entrá.
—Hermana —Micaela se plantó delante—. ¿Quién es?
No dejaba de mirarle la cara a Thiago.
Lola sonrió.
—Tu cuñado.
Lola Quintana
Micaela Quintana