Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
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FUEGO E INDÓMITA PASIÓN
El sol que había bendecido la tarde con la aceptación de la familia Rivas se ocultó para dar paso a una noche densa, serena y sin las ataduras del pasado. Habían dejado atrás las miradas inquisidoras, las estrategias de mercado y el peso constante de la autodefensa.
Aquella misma noche, la pareja se retiró a la residencia privada de Kael, un sofisticado ático en las colinas de la ciudad donde la privacidad era absoluta. Al cruzar la puerta del dormitorio principal, la contención que ambos habían guardado durante meses de persecuciones, orgullo y tensión acumulada simplemente explotó. Ya no quedaban máscaras que sostener ni distancias que guardar; solo dos volcanes a punto de hacer erupción.
El encuentro no empezó con delicadeza, sino con una hambruna voraz y atrasada.
Kael la tomó por la cintura nada más cerrar la puerta con un golpe sordo, acorralando su espalda contra la superficie de madera. Isabella no retrocedió; al contrario, le enredó las manos en el cabello oscuro, devolviéndole el beso con una ferocidad que rivalizaba con la suya. El traje de sastre de Isabella y la camisa de Kael terminaron en el suelo en cuestión de segundos, rasgados por la prisa de la piel buscando la piel.
Kael era un hombre impulsado por la intensidad absoluta, e Isabella, lejos de intimidarse o romperse, demostró por qué la llamaban la Viuda de Hierro.
Tenía un aguante indómita y una resistencia que encendía aun más el instinto primario del magnate. Ella no pedía tregua ni clemencia; reclamaba cada embestida, sujetándose con fuerza a las sábanas de seda y a la espalda esculpida de Kael mientras el ritmo de la noche se volvía salvaje, frenético y sin pausas.
El espacio de la cama pronto se les quedó corto. Kael no la dejó respirar ni un instante. La tomó en brazos, sintiendo las piernas de Isabella envolver su cintura con una firmeza ciega mientras los gemidos sofocados de ella resonaban contra las paredes de cristal que dominaban la ciudad en penumbras. Era una posesión mutua, un choque de voluntades donde el dominio pasaba de uno a otro en un juego de pasión desenfrenada. La piel se cubrió de sudor, los alientos se mezclaron en exigencias sordas y el ritmo constante devoró las horas de la medianoche sin darle un solo segundo de tregua al descanso.
Cuando los primeros destellos dorados del amanecer comenzaron a filtrarse por el ventanal, el cuerpo de Isabella era un mapa de sensibilidad y calor. Al intentar ponerse de pie para caminar hacia el gran baño adyacente, sus piernas, resentidas y exhaustas por el aguante de horas de sexo ininterrumpido y salvaje, le temblaron de manera incontrolable. Las rodillas amenazaron con cederle bajo su propio peso.
Kael, que permanecía sentado en el borde de la cama observándola con la mirada de un predador insaciable, la atrapó al vuelo antes de que pudiera tocar el suelo.
—¿A dónde crees que vas? —murmuró él con la voz rasposa, gruesa por la falta de sueño y la pasión que aún quemaba en sus venas.
—A tomar aire... apenas me dejas respirar, Montero —alcanzó a articular Isabella entre jadeos, intentando sostenerle la mirada firme, aunque su cuerpo delataba el impacto del esfuerzo.
—Dijiste que era bajo tus reglas... pero no fijaste un límite para esta noche —sonrió él con una arrogancia oscura y profundamente seductora.
Sin darle tiempo a rebatir, Kael la alzó nuevamente sin el menor esfuerzo. El descanso no formaba parte del itinerario. El amanecer no fue el final, sino el inicio de un maratón que se extendió durante todo el día siguiente.
El gigantesco espacio del ático se convirtió en su escenario. No hubo rincón que no atestiguara el desbordamiento de su deseo. Pasaron de la mullida alfombra del salón principal, donde el contacto fue ardiente y desinhibido, al gran escritorio de caoba de la oficina privada de Kael. Allí, entre documentos arrastrados al suelo y la vista panorámica de la ciudad iluminada por el sol del mediodía, Kael la tomó por la espalda con un ritmo implacable mientras Isabella se apoyaba con las palmas sobre la madera, dejando escapar gemidos de pura ríspida entrega que desafiaban la sobriedad que siempre la había caracterizado.
Más tarde, bajo la cascada de agua caliente del baño de vapor, la fricción del agua no logró enfriar el fuego. Kael la acorraló contra el mármol mojado, tomándola una y otra vez con una fuerza y un ritmo que hacían temblar las estructuras de la ducha. Isabella aguantó cada embestida, clavándole las uñas en los hombros, respondiendo a la intensidad de Kael con un orgullo y una pasión que no conocían el agotamiento mental, aunque su cuerpo estuviera al límite de la capacidad física.
Fue un día entero donde el mundo exterior dejó de existir de manera definitiva. Las llamadas a sus teléfonos quedaron ignoradas, los imperios corporativos de Kronos y Aero-Logix giraron sin sus líderes, y las horas se midieron únicamente por la intensidad de sus pieles encontrándose en cada rincón del penthouse.
Cuando la tarde volvió a caer y las sombras del crepúsculo pintaron el dormitorio, ambos cayeron finalmente sobre la cama, rendidos pero envueltos en una intimidad que había trascendido la carne para fijarse en el alma. Isabella reposó la cabeza sobre el pecho desnudo y agitado de Kael, sintiendo sus piernas aún temblorosas entrelazadas con las de él. Kael la rodeó con sus brazos, besándole la coronilla con una ternura infinita que contrastaba con la furia del día que acababan de consumir juntos. La tregua había sido conquistada a través del fuego puro.