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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14 LA PRIMERA MENTIRA OFICIAL

La llamada llegó a las ocho y diecisiete de la mañana.

Lucía estaba en la cocina preparando café cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.

Miró la pantalla.

Número desconocido.

Durante unos segundos pensó en no responder.

Había aprendido que los números desconocidos ya no eran una simple molestia.

Podían significar una amenaza.

Una noticia.

Una pregunta.

Una nueva pieza de aquella historia que parecía no tener final.

Finalmente contestó.

—¿Sí?

Una voz masculina respondió.

—¿La señorita Lucía Andrade?

—Sí.

—Le habla la asistente del despacho del fiscal encargado de la investigación relacionada con Mateo Salazar.

Lucía dejó lentamente la taza.

—¿Qué ocurre?

—Necesitamos que se presente hoy para una diligencia.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Por qué?

Hubo una breve pausa.

—Han aparecido nuevos documentos.

Lucía sintió una presión en el pecho.

—¿Qué documentos?

—Preferimos explicárselo personalmente.

—¿Tiene que ver con Mateo?

—Directamente.

Lucía cerró los ojos.

—¿A qué hora?

—A las once de la mañana.

—Estaré allí.

—Traiga sus documentos personales.

La llamada terminó.

Lucía permaneció inmóvil.

Teresa la observaba desde el otro lado de la cocina.

—¿Quién era?

—La fiscalía.

Teresa dejó de cortar el pan.

—¿Qué quieren?

—Dicen que encontraron nuevos documentos.

—¿Sobre Mateo?

Lucía asintió.

—Sí.

Teresa se acercó.

—¿Te dijeron algo más?

—No.

—No vayas sola.

Lucía la miró.

—Voy a pedirle a papá que me acompañe.

Teresa asintió.

Pero había algo en la mirada de su hija que le preocupaba.

Lucía ya no parecía solamente triste.

Parecía estar esperando el próximo golpe.

A las diez menos cuarto, Roberto llegó.

Había cambiado su horario de trabajo para acompañarla.

—¿Lista?

Lucía tomó su bolso.

—Sí.

—¿Estás nerviosa?

—Sí.

—Yo también.

Teresa se acercó.

—Tengan cuidado.

Lucía abrazó a su madre.

—Volvemos pronto.

Teresa la sostuvo unos segundos más.

—No confíes en cualquier persona que te diga que está intentando ayudarte.

Lucía sonrió débilmente.

—Lo sé.

Salieron.

Durante el trayecto, Roberto condujo en silencio.

Lucía miraba por la ventana.

La ciudad parecía igual.

Personas caminando.

Buses.

Tiendas.

Vendedores.

Niños entrando a escuelas.

Parejas.

Trabajadores.

Todo seguía exactamente como antes.

Pero para Lucía la ciudad ya no era la misma.

Ahora veía posibles amenazas.

Automóviles que podían seguirla.

Personas que podían observarla.

Lugares donde alguien podía esperarla.

La vida cotidiana había perdido su inocencia.

—Hija.

Lucía levantó la mirada.

—¿Sí?

—No quiero que te culpes por nada de esto.

—No me culpo.

Roberto la miró por el espejo.

—A veces parece que sí.

Lucía bajó la mirada.

—Estoy tratando de entender.

—No tienes que entenderlo todo.

—Sí tengo.

—¿Por qué?

Lucía respondió después de unos segundos.

—Porque mi nombre está en esos documentos.

Roberto no respondió.

Él también temía esa parte.

A las once menos cinco llegaron al edificio.

Era un lugar gris, con pasillos estrechos y varias oficinas.

Una mujer los recibió.

—Señorita Andrade.

—Sí.

—El fiscal la está esperando.

—¿Puede entrar mi padre?

La mujer miró los documentos.

—Sí.

Los condujo hasta una sala.

El fiscal estaba sentado frente a una mesa llena de carpetas.

Era un hombre de unos cincuenta años, de expresión seria.

Se levantó.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Tomen asiento.

Lucía se sentó.

Roberto permaneció a su lado.

El fiscal abrió una carpeta.

—Vamos a tratar este asunto con cuidado.

Lucía respiró.

—¿Qué encontraron?

El hombre sacó una hoja.

—Una operación financiera realizada hace aproximadamente siete meses.

Lucía observó.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

El fiscal giró el documento.

Lucía vio su nombre.

Lucía Andrade.

Sintió frío.

—Yo nunca hice eso.

—Lo sabemos.

—¿Entonces por qué aparece mi firma?

El fiscal mostró una segunda hoja.

—Eso es precisamente lo que estamos investigando.

Lucía tomó el documento.

La firma se parecía a la suya.

Muchísimo.

Pero había algo extraño.

Una pequeña curva en la última letra.

Lucía la conocía.

Ella misma había cambiado su firma hacía años.

—Esta no es mi firma.

El fiscal la observó.

—¿Está segura?

—Sí.

Roberto tomó el documento.

—¿Qué significa esto?

—Que alguien utilizó una firma que parece corresponder a la de su hija.

Lucía apretó la hoja.

—¿Qué operación es?

—Una transferencia vinculada a una empresa relacionada con Esteban Ferrer.

Lucía sintió un escalofrío.

Otra vez ese nombre.

—¿Cuánto dinero?

El fiscal dijo la cantidad.

Lucía se quedó inmóvil.

Era una cifra mucho mayor que las pequeñas transferencias que había descubierto al principio.

No eran seis mil.

No eran diez mil.

Era una cantidad que podía cambiar completamente la percepción de una investigación.

—Yo nunca vi ese dinero.

—Eso creemos.

—Entonces ¿por qué está mi nombre?

El fiscal cerró ligeramente la carpeta.

—Porque alguien la utilizó como pantalla.

Lucía sintió rabia.

—¿Mateo?

El fiscal no respondió inmediatamente.

—Es una posibilidad.

—¿Solo una posibilidad?

—Necesitamos pruebas.

—Él ya está muerto.

—Precisamente.

Lucía apretó los labios.

—¿Y ahora qué?

El fiscal la miró.

—Ahora debemos determinar si usted fue víctima o cómplice.

Roberto se levantó de golpe.

—¿Cómo se atreve?

El fiscal levantó una mano.

—Señor, entiendo su reacción.

—Mi hija no es una criminal.

—No estoy afirmando eso.

—Pero acaba de insinuarlo.

Lucía tocó el brazo de su padre.

—Papá.

—No.

—Déjalo.

El fiscal continuó:

—Nuestra obligación es considerar todas las posibilidades.

Lucía lo miró.

—Entonces considere esta: yo no sabía nada.

—La estamos considerando.

—No parece.

El fiscal sacó otra fotografía.

—¿Reconoce este lugar?

Lucía la tomó.

Era un edificio.

Una oficina.

Una entrada.

La imagen mostraba a Mateo entrando.

Junto a él estaba Valentina.

—Sí.

—¿Cuándo estuvo allí?

—No lo sé.

—¿Nunca fue con él?

—No.

—¿Nunca vio esta dirección?

—No.

El fiscal sacó otra fotografía.

Era una imagen de Lucía frente a una oficina.

Lucía quedó inmóvil.

—¿Qué es eso?

—La encontramos en los archivos de Mateo.

—¿Por qué me fotografió?

—No sabemos.

Roberto miró la imagen.

—¿Cuándo fue tomada?

El fiscal señaló la fecha.

Lucía recordó ese día.

Había salido del trabajo.

Mateo había dicho que no podía verla porque tenía una reunión.

Ella había regresado sola a casa.

Sintió un vacío.

—Yo no sabía dónde estaba.

El fiscal guardó silencio.

—¿Y qué significa eso?

—Que alguien necesitaba registrar sus movimientos.

Lucía sintió miedo.

—¿Mateo?

El fiscal negó.

—No necesariamente.

Salieron de la oficina casi una hora después.

Lucía estaba agotada.

No había sido acusada formalmente.

Pero la palabra “cómplice” seguía resonándole en la cabeza.

Mientras caminaban por el pasillo, Roberto habló.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco.

—Tenemos que conseguir un abogado.

Lucía asintió.

—Sí.

—Y no vas a hablar con nadie más sin asesoría.

Lucía guardó silencio.

—¿Me escuchaste?

—Sí.

—Prométemelo.

—Lo prometo.

Pero en el fondo sabía que el problema era mucho más grande.

No solo tenía que demostrar que no era culpable.

Tenía que descubrir quién había utilizado su identidad.

Al salir del edificio, Lucía recibió una llamada.

Era Irene.

Contestó.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—En la fiscalía.

Irene se quedó en silencio.

—¿Qué ocurrió?

—Encontraron documentos con mi nombre.

—¿Qué clase de documentos?

Lucía le contó.

Irene respiró profundamente.

—Entonces ya comenzaron.

—¿Qué comenzaron?

—A prepararte como culpable.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Quién?

—Los mismos que estaban detrás de Mateo.

—¿Por qué?

—Porque es más fácil perseguir a alguien cuando nadie cree en su inocencia.

Lucía miró a Roberto.

—¿Qué debo hacer?

—No firmes nada.

—No he firmado nada.

—No entregues información sin saber para qué será utilizada.

—Está bien.

—Y escucha con atención.

Irene bajó la voz.

—Necesitas salir de la ciudad.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque pronto la presión aumentará.

—No puedo abandonar a mi familia.

—Entonces llévalos contigo.

—¿A dónde?

—A un lugar donde no puedan encontrarte fácilmente.

Lucía cerró los ojos.

—No sé hacer eso.

—Aprenderás.

La llamada terminó.

Durante el regreso a casa, Roberto recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Qué pasó? —preguntó Lucía.

Roberto colgó.

—Era la policía.

—¿Por qué?

—Encontraron otro documento.

—¿Dónde?

—En un banco.

Lucía sintió un nuevo golpe.

—¿Qué documento?

—Una autorización.

—¿A mi nombre?

Roberto asintió.

—Sí.

Lucía cerró los ojos.

Todo estaba siguiendo el mismo patrón.

Documentos.

Firmas.

Cuentas.

Su nombre.

No podía ser casualidad.

Alguien estaba construyendo una historia.

Una historia en la que ella parecía formar parte de aquello.

Cuando llegaron a casa, Teresa estaba esperando.

—¿Qué pasó?

Roberto dejó las llaves.

—Tenemos problemas.

Teresa miró a Lucía.

—¿Qué encontraron?

Lucía dejó el bolso.

—Documentos con mi nombre.

Teresa se quedó inmóvil.

—Pero tú no los firmaste.

—No.

—Entonces alguien lo hizo.

—Sí.

Diego salió de su habitación.

—¿Qué ocurre?

Nadie respondió inmediatamente.

Lucía lo miró.

—Necesitamos tener mucho cuidado.

Diego frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque hay personas intentando hacerme responsable de cosas que nunca hice.

—¿Mateo?

Lucía negó.

—No sabemos.

Diego permaneció en silencio.

—¿Y qué vamos a hacer?

Lucía respondió:

—No lo sé todavía.

Esa noche, la familia se reunió alrededor de la mesa.

No había cena especial.

Solo una olla de sopa.

Pan.

Agua.

Comida sencilla.

Pero nadie tenía mucho apetito.

Roberto habló primero.

—Debemos pensar con calma.

Teresa lo miró.

—¿En qué?

—En irnos.

Lucía levantó la cabeza.

—Yo también lo pensé.

Diego se quedó serio.

—¿Irnos a dónde?

—No lo sé.

—¿Y nuestras cosas?

—No importa.

Teresa negó.

—No podemos abandonar todo.

Lucía la miró.

—Mamá, ya no se trata de la casa.

—¿Entonces de qué?

—De nosotros.

Silencio.

Lucía continuó.

—Están intentando convertir mi nombre en algo que no es.

—Pero la policía sabe que eres inocente.

—Todavía.

Roberto la miró.

—¿Qué quieres decir?

Lucía bajó la voz.

—Que si alguien falsificó suficientes documentos, eventualmente alguien va a creerlos.

Teresa sintió miedo.

—¿Pueden detenerte?

Lucía no respondió.

Esa fue la primera vez que la familia escuchó la posibilidad en voz alta.

Diego golpeó suavemente la mesa.

—Eso no va a pasar.

Lucía lo miró.

—No depende solo de nosotros.

A las once de la noche, todos se fueron a dormir.

Lucía permaneció despierta.

Abrió el cuaderno.

Escribió:

“Están construyendo una mentira oficial.”

Debajo:

“Mi firma aparece en documentos que no conozco.”

Después:

“Quieren que parezca responsable.”

Y finalmente:

“Tengo que descubrir quién lo está haciendo.”

Se detuvo.

Pensó en la palabra “descubrir”.

Ya no era una búsqueda emocional.

Era una cuestión de supervivencia.

Si no encontraba la verdad, podían quitarle mucho más que la tranquilidad.

Podían quitarle su libertad.

A la una de la madrugada, el teléfono vibró.

Lucía lo miró.

Había una imagen.

Era una fotografía de un documento.

La misma operación que la fiscalía acababa de mostrarle.

Pero había algo diferente.

En la parte inferior aparecía una segunda firma.

Lucía amplió.

Reconoció el nombre.

No era Mateo.

No era Valentina.

Era un hombre que no conocía.

Darío Vela.

Lucía sintió un escalofrío.

Recordó el nombre de Irene.

Darío.

El hombre que se ocupaba de encontrar personas.

Debajo de la fotografía había un mensaje:

“Ahora sabes quién firmó.”

Lucía respondió sin pensarlo:

“¿Quién eres?”

La respuesta llegó inmediatamente.

“Alguien que sabe que tú no hiciste nada.”

Lucía quedó inmóvil.

Escribió:

“Entonces ayúdame.”

Pasaron unos segundos.

Llegó una respuesta:

“No puedo ayudarte. Todavía no.”

Lucía sintió rabia.

“¿Por qué?”

La respuesta tardó más.

Finalmente:

“Porque si saben que estoy de tu lado, los dos moriremos.”

Lucía apagó el teléfono.

La frase quedó en su mente.

Los dos moriremos.

Entonces alguien golpeó la puerta de su habitación.

Lucía se sobresaltó.

—¿Quién?

Era Diego.

—Soy yo.

Abrió.

Diego tenía el rostro pálido.

—¿Qué pasó?

—Escuché un automóvil.

Lucía salió.

Los dos fueron hacia la ventana.

Miraron la calle.

Un vehículo estaba estacionado enfrente.

Sin luces.

—Otra vez —murmuró Lucía.

Diego la miró.

—¿Qué hacemos?

Lucía sintió miedo.

Pero esta vez no quiso mostrarlo.

—Nada.

—¿Nada?

—Esperamos.

—¿Y si entran?

Lucía miró a su hermano.

—Entonces salimos por atrás.

Diego se quedó inmóvil.

—¿Desde cuándo tienes planes para escapar?

Lucía respondió con honestidad:

—Desde que entendí que quizá tengamos que hacerlo.

El automóvil permaneció allí durante cuarenta minutos.

Finalmente se marchó.

No hubo intento de entrar.

No hubo llamada.

No hubo amenaza.

Solo la presencia.

Como una advertencia.

Lucía volvió a su habitación.

Cerró la puerta.

Tomó el cuaderno.

Y escribió una nueva frase:

“Ya no puedo pensar como antes.”

Se quedó mirando.

Después escribió:

“Tengo que aprender a anticiparme.”

Era una idea sencilla.

Pero sería fundamental.

Porque Lucía todavía no sabía cómo defenderse.

No sabía cómo investigar una red criminal.

No sabía cómo escapar de alguien que conocía sus movimientos.

No sabía cómo desaparecer.

Pero empezaba a entender que sobrevivir no consistía únicamente en correr cuando el peligro aparecía.

Consistía en aprender a reconocerlo antes de que llegara.

A la mañana siguiente, Lucía recibió una nueva llamada de la fiscalía.

Esta vez no le pidieron que acudiera.

Le informaron que existía la posibilidad de que se iniciara una investigación formal sobre su participación en determinadas operaciones financieras.

Lucía sintió que el mundo se detenía.

—¿Estoy siendo acusada?

—Todavía no.

—¿Y qué significa “todavía”?

—Que la investigación continúa.

La llamada terminó.

Lucía permaneció sentada en la cama.

Miró su nombre en el documento.

Lucía Andrade.

Su nombre.

Su vida.

Su identidad.

Todo estaba siendo convertido en evidencia contra ella.

Y entonces comprendió la verdadera magnitud de la traición.

Mateo no solo había engañado su corazón.

Había puesto su nombre en lugares donde jamás debió estar.

Había utilizado su confianza.

Y ahora, incluso muerto, sus decisiones seguían poniendo en peligro a la mujer que había dejado atrás.

Lucía lloró.

Pero esta vez no fue el llanto de una novia abandonada.

Ni el de una mujer que acababa de perder al hombre que amaba.

Fue el llanto de alguien que estaba comenzando a comprender que su vida podía ser destruida aunque permaneciera completamente inocente.

Al mediodía, llamó a Irene.

—Voy a necesitar ayuda.

Irene guardó silencio.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Qué quieres hacer?

Lucía miró la libreta.

—Quiero saber quién está falsificando los documentos.

—Eso puede ser peligroso.

—Ya lo es.

—¿Y después?

Lucía respondió:

—Quiero descubrir qué tenía Mateo que todos están buscando.

Irene tardó unos segundos.

—Entonces tendrás que aprender a escuchar más de lo que hablas.

Lucía asintió.

—Sí.

—Y a desconfiar.

—También.

—Y a guardar copias.

Lucía miró el teléfono.

—Ya estoy aprendiendo.

Esa noche, Lucía guardó varios documentos en un pequeño sobre.

No sabía si estaba haciendo lo correcto.

Pero ya no podía permanecer inmóvil.

Se sentó frente a la cama.

Miró el vestido de novia.

Durante mucho tiempo había pensado en guardarlo como recuerdo.

Ahora lo miraba de otra manera.

Era la prueba de una vida que había terminado antes de comenzar.

Una vida que parecía segura.

Una mujer que confiaba.

Una mujer que creía que el amor podía protegerla.

Ya no era esa mujer.

Y quizá nunca volvería a serlo.

Lucía tomó la libreta.

Escribió una última frase:

“No voy a permitir que su mentira se convierta en mi verdad.”

Cerró el cuaderno.

Apagó la luz.

Y se acostó.

Afuera, un automóvil pasó lentamente por la calle.

Esta vez Lucía no se levantó para mirar.

No necesitaba hacerlo.

Había comenzado a comprender algo que terminaría guiándola durante muchos años:

El miedo podía paralizarte.

Pero también podía enseñarte a estar alerta.

Y Lucía iba a necesitar aprenderlo rápidamente.

Porque el siguiente movimiento de sus enemigos ya no sería una amenaza.

Sería una acusación.

Y cuando llegara, descubriría que sobrevivir no solo significaba escapar de quienes querían matarla.

También significaba demostrar que ella no era la mujer que estaban intentando convertir en culpable.

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