Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
JULIETA.❤️
Me miro frente al espejo y por un momento me desconozco. Ese vestido negro ajustado, con apliques dorados que reflejan la luz cálida de la lámpara, abraza cada curva de mi cuerpo. Es corto, sin mangas, con un escote discreto pero lo bastante sensual como para robar miradas. Giro un poco la cadera y sonrío satisfecha.
—Dios mío, Julieta… —la voz de Jessica me llega detrás, traviesa como siempre—. Estás hecha para romper corazones esta noche.
La veo acercarse por el espejo. Su vestido blanco contrasta con mi negro. Es delicado, de tirantes delgados y con un escote tan pronunciado que cualquiera perdería el rumbo al mirarla. Siempre luce como una modelo de revista. De pronto me da una nalgada juguetona que me arranca una risa.
—¡Jessica! —me quejo riendo, mientras ella me guiña un ojo.
—Es que mírate… Si yo fuera hombre ya estaría arrodillada pidiéndote que no me dejaras ir. —Ríe, y yo niego divertida.
Yo también la halago porque es inevitable, se ve espectacular.
—Tú sí que eres peligrosa, Jess. Ese vestido blanco no es nada inocente.
Ella da una vuelta frente al espejo y se mira satisfecha, dejando que su melena castaña caiga en ondas sobre sus hombros.
—Estamos listas para comernos el mundo y la pista de la disco —declara con esa seguridad que me contagia—. Esta noche voy a besar a un chico muy atractivo, musculoso, que huela delicioso y que tenga una mirada que me deje temblando.
Suelto una carcajada con sus ocurrencias y niego con la cabeza.
—Yo solo quiero bailar, saltar, reír, tomar y olvidarme de mis problemas aunque sea por una noche —digo con sinceridad.
Ella me observa por un instante y sé que puede leerme más de lo que me gustaría. Pero no insiste, solo sonríe y me toma la mano.
Esa tarde, después de salir del trabajo, fue ella quien me arrastró hasta aquí. Apenas crucé la puerta de su casa, me miró con esa expresión de “no acepto un no por respuesta” y me invitó a salir a bailar. La verdad es que hace semanas no íbamos a una discoteca y ambas lo necesitamos.
Me aplico un poco más de perfume en el cuello, tomo mi pequeña cartera dorada donde llevo el celular, mi gas pimienta, unas mentas y algo de maquillaje. Jessica hace lo mismo. Chocamos las manos con complicidad antes de salir de su habitación.
En el pasillo nos encontramos con Pelusa, su precioso gato. Jessica lo carga en brazos, lo llena de mimos y le deja un beso en la cabeza. Yo sonrío al ver la ternura de la escena, pero de inmediato un escalofrío me recorre cuando recuerdo a Cristóbal, la noche anterior, su piel rozando la mía, sus labios devorándome como un secreto prohibido. Me erizo y mi corazón late más rápido, como si hasta el gato me lo recordara.
Respirando hondo, bajamos las escaleras con nuestro andar seguro y sensual. La ama de llaves aparece y le dice a Jessica:
—Señorita, su papá llamó. Avisó que no llegaría temprano, salió con su amigo Rafael. Estuvo llamándola pero como no contestó…
Jessica sonríe despreocupada.
—Ay, sí… dejé el celular cargando apagado. Pero me alegra que papá se divierta. Aún es joven, merece disfrutar y ojalá esta noche encuentre a una hermosa mujer que lo haga feliz.
Trago saliva con amargura. Solo imaginarlo besando a otra como me besó a mí anoche me quema por dentro.
El chofer ya nos espera afuera. El viaje dura unos cuarenta minutos y cuando bajamos frente a la discoteca la fila es interminable. La música retumba desde afuera, luces de colores atraviesan las ventanas y ya siento la adrenalina subir por mis venas.
Cuando por fin entramos, tomadas de la mano, el ambiente nos golpea con fuerza: la mezcla de humo, perfume caro, risas, tragos servidos y el bajo vibrando en el pecho. Es imposible no sonreír. Buscamos una mesa y pedimos de inmediato unas bebidas para comenzar la noche.
Los hombres voltean a mirarnos como si fuéramos la atracción principal. Jessica, más traviesa, hace un gesto con la cabeza hacia la barra.
—Mira esos dos… guapísimos.
—Jess… —digo riendo—. Eres incorregible.
Después de tres tragos ya estamos en la pista. El DJ lanza un clásico de Don Omar y el reguetón nos atrapa por completo. Movemos brazos, piernas y caderas sin pensar, riendo y disfrutando. En segundos, un par de chicos se acercan por detrás para seguirnos el ritmo. No me incomoda. Al contrario, me dejo llevar por el juego.
Después de tres canciones seguidas volvemos a la mesa, sudorosas y felices. Pedimos algo más fuerte, algo refrescante y con alcohol. El mesero nos ofrece opciones y terminamos encantadas aceptando.
Los mismos chicos de antes están en la barra y no dejan de vernos. Jessica me da un codazo.
—Ese de la camisa azul no quita los ojos de ti.
—No me gustan tan jóvenes —respondo riendo—. Tú sabes que los prefiero… maduros.
Ella abre mucho los ojos y me dice con picardía:
—Lo dices como si escondieras un secreto.
Me hago la desentendida, aunque siento que mis mejillas arden.
La música cambia y suena una canción de Karol G. Jessica me jala de nuevo a la pista. Dejo que mi cuerpo se mueva más libre, más atrevido, sintiendo cada nota vibrar en mi piel. Y entonces lo siento… esa mirada.
Alzo la vista y mi corazón se detiene. En el segundo piso, apoyado con elegancia en la baranda, está un apuesto hombre que me mira como depredador.
Su camisa blanca contrasta con la penumbra y sus pantalones negros lo hacen ver aún más imponente. Su mirada oscura se clava en mí como un pecado inevitable. Siento calor en las mejillas, en el cuello, en todo el cuerpo.
Él se empina el vaso, bebe de su licor y luego se lame los labios. El gesto es tan provocador que casi me derrumbo. Después, se muerde el labio inferior como si me estuviera invitando a seguir el juego.
Y yo, sin pensarlo, empiezo a moverme con más sensualidad. Ondeo mis caderas con lentitud, elevo los brazos, dejo que la tela corta de mi vestido muestre lo justo para torturarlo. Y lo sé porque no aparta sus ojos de mí.
Nunca imaginé encontrarlo aquí. Mi tormento. Mi hombre prohibido. Mi anhelo más peligroso.
Cristóbal Sandoval.
Y cualquiera que lo viera junto a Jessica diría que es su hermano mayor… y no su padre.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.