Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 9: La visita inesperada.
Capítulo 9: La visita inesperada, el miedo de Emma y el día que Pelé declaró la guerra
La vida en la casa de los Rojas comenzaba lentamente a encontrar un nuevo ritmo.
No era un ritmo perfecto.
Nunca lo sería.
En aquella casa siempre había algún ruido extraño.
Un ladrido inesperado.
Un maullido desde algún lugar imposible.
El sonido de las gallinas corriendo por el patio.
O, especialmente, el canto de un gallo que parecía tener un reloj interno programado para despertar al mundo entero antes del amanecer.
Pero ahora el caos tenía algo diferente.
Antes era un caos lleno de tristeza.
Ahora comenzaba a ser un caos lleno de vida.
Tomás lo notaba cada mañana.
Antes, cuando llegaba del trabajo, encontraba una casa silenciosa.
Emma estaba en su habitación.
La televisión encendida sin que nadie la mirara.
Los juguetes guardados.
Los dibujos escondidos.
Era como si la casa estuviera esperando a alguien que nunca volvería.
Ahora era diferente.
Cuando abría la puerta escuchaba voces.
Escuchaba risas.
Escuchaba a Emma discutir con Pelé.
Y aunque algunas veces esa discusión terminaba con algún objeto roto, Tomás prefería mil veces eso antes que el silencio.
Una tarde, mientras arreglaba una bicicleta vieja en el garaje, Tomás recibió una llamada.
Era su hermana Elena.
La hermana de Mariana.
La tía de Emma.
Tomás dudó antes de contestar.
No porque no quisiera hablar con ella.
Sino porque cada conversación con la familia de Mariana era una mezcla extraña.
Había cariño.
Pero también recuerdos.
Y los recuerdos podían doler.
—Hola, Elena.
—Tomás.
Su voz sonaba alegre.
—¿Cómo están?
Tomás miró hacia la casa.
Emma estaba en el jardín con Lucía.
Pelé caminaba detrás de ellas.
—Estamos bien.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Emma está mejor?
Tomás sonrió ligeramente.
—Sí.
—Me alegra mucho.
Elena respiró.
—Quiero ir a verlos.
Tomás se quedó quieto.
—¿Cuándo?
—Este fin de semana.
La noticia lo tomó por sorpresa.
No era que no quisiera verla.
Pero sabía que para Emma sería complicado.
Porque Elena era una conexión directa con su madre.
Cada persona que venía del pasado de Mariana traía recuerdos.
Y algunos recuerdos todavía dolían.
Cuando le contó a Emma, la reacción fue exactamente la que esperaba.
—¿La tía Elena viene?
—Sí.
Emma dejó de dibujar.
—¿Por qué?
Tomás sonrió.
—Porque quiere verte.
La niña bajó la mirada.
—Ella siempre habla de mamá.
Tomás se sentó junto a ella.
—Porque la quería mucho.
Emma apretó el lápiz.
—A veces siento que todos recuerdan a mamá más que yo.
La frase sorprendió a Tomás.
—¿Cómo puedes pensar eso?
Emma se encogió de hombros.
—Porque todos hablan de cómo era ella.
Hizo una pausa.
—Pero yo recuerdo cómo se sentía estar con ella.
Tomás entendió.
Los adultos recordaban momentos.
Emma recordaba una vida.
Lucía escuchaba desde la cocina.
No quiso intervenir.
Pero después, cuando Emma salió al jardín, habló con Tomás.
—Ella tiene miedo.
Tomás suspiró.
—Lo sé.
—No de tu hermana.
—¿Entonces?
Lucía miró hacia afuera.
—De sentir que todos esperan que ella sea como Mariana.
Tomás quedó en silencio.
Porque esa era una posibilidad que nunca había considerado.
Quizás Emma no solo tenía miedo de olvidar a su madre.
Quizás también tenía miedo de no estar a la altura del recuerdo de ella.
El día de la visita llegó.
Y como era de esperarse, la casa estaba completamente preparada para causar una impresión inolvidable.
No precisamente buena.
Pelé había decidido que ese día era importante.
Así que desde temprano comenzó su operación de vigilancia.
Primero persiguió al cartero.
Después robó un pedazo de pan.
Luego intentó entrar a la cocina tres veces.
Emma lo observaba.
—Pelé.
El gallo se detuvo.
—Compórtate.
Pelé miró hacia otro lado.
—Te estoy hablando.
El gallo caminó lentamente.
Emma cruzó los brazos.
—No hagas quedar mal a la familia.
Pelé soltó un sonido bajo.
—Eso significa que sí hará algo.
Lucía apareció detrás.
—Creo que está ofendido.
Emma suspiró.
—Él siempre está ofendido.
A media mañana llegó Elena.
Emma se quedó quieta al verla.
La mujer tenía una caja en las manos.
Sonrió.
—Hola, pequeña.
Emma dudó unos segundos.
Luego corrió hacia ella.
Porque aunque había pasado tiempo, Elena seguía siendo alguien conocido.
Alguien que pertenecía a la época donde Mariana estaba viva.
—Te traje algo.
Emma miró la caja.
—¿Qué es?
Elena sonrió.
—Algo de tu mamá.
La sonrisa de Emma desapareció lentamente.
Y ese cambio no pasó desapercibido.
Elena entendió inmediatamente.
—Perdón.
Dejó la caja sobre la mesa.
—No quería hacerte sentir triste.
Emma miró la caja.
—No estoy triste.
Pero todos sabían que era mentira.
Durante el almuerzo, Elena contó historias de Mariana.
Historias bonitas.
Historias graciosas.
Cómo Mariana bailaba mientras cocinaba.
Cómo se equivocaba leyendo recetas.
Cómo cantaba canciones inventando letras.
Todos reían.
Incluso Emma.
Pero después ocurrió algo.
Elena dijo:
—Sabes, Emma, te pareces mucho a tu mamá.
La niña dejó de comer.
Fue algo pequeño.
Pero Lucía lo notó.
Tomás también.
—¿En qué? —preguntó Emma.
Elena sonrió.
—En muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Eres muy terca.
Todos rieron.
Excepto Emma.
—Mamá era mejor que yo.
El ambiente cambió.
Elena quedó sorprendida.
—No.
—Sí.
Emma bajó la mirada.
—Ella sabía hacer todo.
—Emma...
—Yo solo causo problemas.
Elena se acercó.
—No digas eso.
Pero la niña ya estaba levantándose.
—Necesito ir afuera.
Emma salió al jardín.
Pelé la siguió.
Como siempre.
Ella se sentó bajo el árbol.
—Todos creen que soy como mamá.
Miró al gallo.
—Pero no lo soy.
Pelé permaneció junto a ella.
—Ella era buena.
Suspiró.
—Yo solo hago líos.
El gallo inclinó la cabeza.
Emma lo miró.
—Tú también haces líos.
Pelé pareció orgulloso.
—Pero tú eres diferente.
El gallo dio un pequeño movimiento.
Como si estuviera de acuerdo.
Emma sonrió.
—Gracias por no esperar que sea perfecta.
Esa tarde ocurrió el desastre.
Porque una casa tranquila durante demasiadas horas era algo sospechoso.
Y Pelé no soportaba el aburrimiento.
El problema comenzó cuando Elena abrió la caja que había traído.
Dentro había objetos de Mariana.
Fotos.
Cartas.
Pequeños recuerdos.
Y un collar.
Emma estaba mirando todo cuando Pelé apareció.
El gallo vio algo brillante.
El collar.
Y como cualquier gallo curioso...
Decidió investigar.
Un segundo después:
El collar desapareció.
—¿Pelé?
Todos miraron.
El gallo salió caminando rápidamente.
Demasiado rápidamente.
Emma abrió los ojos.
—¡Pelé!
Comenzó una persecución por toda la casa.
Tomás detrás.
Lucía detrás de Tomás.
Emma adelante.
Las gallinas corriendo sin saber por qué.
Max ladrando emocionado.
Los gatos observando como si fuera una película.
—¡Devuelve eso! —gritó Emma.
Pelé llegó al patio.
Y se escondió.
Todos se quedaron quietos.
—Pelé...
El gallo no salió.
Emma comenzó a preocuparse.
Porque sabía algo.
Pelé podía ser travieso.
Pero nunca hacía algo para lastimar.
Se acercó lentamente.
—¿Qué pasa?
El gallo salió.
Y el collar estaba intacto.
Emma suspiró aliviada.
Pero entonces descubrió algo.
Pelé no había robado el collar.
Lo había encontrado.
Había algo debajo de una tabla del patio.
Una pequeña caja escondida.
Tomás levantó la tabla.
Debajo había una vieja caja de madera.
Elena quedó sorprendida.
—Yo no sabía que estaba ahí.
Emma la abrió.
Dentro había más recuerdos.
Pero uno llamó su atención.
Un dibujo.
Uno que ella había hecho cuando tenía cinco años.
Era una familia.
Tres personas.
Tomás.
Mariana.
Emma.
Abajo había una frase escrita por Mariana:
"Mi familia no es perfecta, pero es mi lugar favorito."
Emma pasó los dedos sobre la frase.
Y algo dentro de ella cambió.
Porque entendió algo.
Su familia no había desaparecido.
Había cambiado.
Esa noche, después de que Elena se fue, Emma se acercó a Lucía.
—Hoy entendí algo.
Lucía sonrió.
—¿Qué?
—Que extrañar a mamá no significa que tengo que estar triste siempre.
Lucía asintió.
—Eso es importante.
Emma miró hacia el patio.
Pelé estaba allí.
—Y también entendí algo sobre Pelé.
—¿Qué?
—Que aunque cause problemas...
Hizo una pausa.
—A veces ayuda.
Lucía sonrió.
—Creo que él estaría orgulloso de escuchar eso.
Pero mientras todos comenzaban a creer que las cosas iban mejorando, Emma todavía tenía un gran miedo.
Un miedo que no había contado.
Un miedo que guardaba desde hacía meses.
El miedo de que alguien pudiera ocupar el lugar de su mamá.
Y pronto ese miedo tendría nombre.
Porque una nueva persona estaba a punto de entrar en sus vidas.
Una persona que cambiaría completamente la rutina de la casa.
Y que pondría a prueba todo lo que Emma había aprendido.