Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 24
...Valentina...
El siguiente sábado, necesitábamos comprar cosas para el departamento.
—Se acabó el aceite, la sal y el detergente —dijo Martín, revisando la despensa con la seriedad de un auditor revisando una declaración fiscal—. Y necesitamos otra sartén. La grande tiene el antiadherente dañado.
—Vamos juntos —propuse.
Él me miró. Y algo en su expresión —una suavidad tan breve que casi la pierdo— me dijo que esa era exactamente la respuesta que esperaba.
Salimos a las diez. El mercado del barrio era un lugar caótico y maravilloso: puestos de frutas con montañas de mangos y piñas, señoras gritando precios, niños corriendo entre los pasillos, el olor a pan recién hecho mezclándose con el de las flores.
Martín caminaba entre los puestos con la concentración de un investigador en un archivo histórico. Apretaba los aguacates para verificar la madurez. Inspeccionaba los tomates uno por uno. Negociaba el precio del cilantro con una seriedad que dejaba a las vendedoras entre intimidadas y encantadas.
—Profesor, es cilantro. Cuesta tres pesos.
—Sí, pero este manojo tiene hojas amarillas. El cilantro fresco tiene el tallo firme y el color uniforme. Este vale dos pesos, máximo.
La vendedora lo miró con una mezcla de respeto y perplejidad, y le cobró dos pesos.
Caminamos hacia la zona de utensilios de cocina. La calle estaba llena de gente: familias comprando, parejas paseando, grupos de amigos entrando y saliendo de las tiendas. El ruido era constante, envolvente, como una marea.
Y entonces, en la intersección más concurrida, donde tres calles confluían en una pequeña plaza, una ola de gente nos empujó en direcciones opuestas.
Lo perdí de vista dos segundos.
Su mano encontró la mía.
Sin aviso. Sin pedir permiso. Sin mirarme siquiera. Su mano tomó la mía con la firmeza de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y lo ha pensado durante mucho tiempo.
Sus dedos eran largos, cálidos, firmes. Se cerraron alrededor de los míos con una presión que no era excesiva ni insuficiente. Era exacta. Como todo lo que él hacía.
Me congelé.
Mi mano se quedó inerte dentro de la suya. Como un pez fuera del agua. Como un cerebro que acaba de sufrir un cortocircuito y necesita reiniciarse.
Él no me soltó.
Caminamos así. Entre la multitud. Con nuestras manos unidas y mi corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo a través de mis dedos.
Pasó un minuto. Dos. Cinco. Diez.
Diez minutos de caminar tomados de la mano por una calle llena de gente. Diez minutos en los que mi cerebro procesó cada sensación con una claridad abrumadora: la textura de su piel, el calor de su palma, la forma en que su pulgar descansaba sobre mi nudillo sin moverse, inmóvil, pero presente.
En el minuto diez, hice algo que me sorprendió a mí misma.
Entrelacé mis dedos con los suyos.
Fue un movimiento pequeño. Un ajuste mínimo. Pero él lo sintió. Lo sé porque su mano se apretó ligeramente —una fracción de presión, apenas perceptible— y su paso se detuvo una milésima de segundo antes de continuar.
—Llevo esperando esto mucho tiempo —murmuró.
No me miró al decirlo. Seguía caminando, con la vista al frente, con la espalda recta y ese porte de profesor que no abandonaba ni en un mercado lleno de mangos. Pero su voz temblaba. Apenas. Como la cuerda de un instrumento que alguien acaba de rozar.
No respondí. No podía. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de un mango.
Compramos la sartén. Compramos el aceite, la sal, el detergente. Compramos frutas y verduras y un pan de canela que olía como la botica de mi abuelo. Todo con una sola mano, porque la otra seguía ocupada.
Porque ninguno de los dos la soltó.
De vuelta en el 302, él cocinó. Yo lo observé desde la barra. Su espalda, su delantal, sus manos cortando verduras con esa precisión que siempre me hipnotizaba. Pero hoy era diferente. Hoy, esas manos habían sostenido las mías. Y cada movimiento del cuchillo, cada giro de la sartén, me recordaba la presión de sus dedos entre los míos.
Me invadió una ternura tan enorme que me dolió.
No era admiración. No era el crush de la universidad. No era la fascinación de la alumna por el profesor brillante.
Era algo más profundo, más sólido, más real. Era ver a un hombre cocinar en su cocina, con su delantal manchado de salsa, y sentir que ese era exactamente el lugar donde quería estar por el resto de mi vida.
Esa tarde, Mariana me llamó. Le conté lo de las manos.
—Diez minutos —dijo—. ¿Diez minutos tomados de la mano en un mercado lleno de gente?
—Sí.
—Valentina, ¿me estás diciendo que el Profesor Herrera, el hombre que analiza la cinematografía de los besos, el hombre que guarda ligas de pelo durante años, el hombre que no cambia el tono de voz por nada, te tomó de la mano en público y dijo «llevo esperando esto mucho tiempo»?
—Sí.
Silencio.
—Vale. —Su voz se puso seria—. Ese hombre te va a pedir que seas su novia. Y cuando lo haga, quiero que me llames. No al día siguiente. No en una hora. En el acto.
—Mari…
—En. El. Acto.
Me reí. Pero por dentro, el corazón me temblaba.
Porque tenía razón. Algo estaba cambiando. Algo estaba acercándose a un punto sin retorno. Como un río que llega al borde de la cascada: sabes que va a caer, solo no sabes cuándo.
Esa noche, lavando los platos uno al lado del otro —él lavaba, yo secaba, nuestra rutina de siempre—, miré su mano. La misma mano que había sostenido la mía durante diez minutos en un mercado lleno de gente.
Él siguió lavando. Yo seguí secando.
Pero cuando su mano me pasó el último plato, sus dedos rozaron los míos. Un roce accidental. O quizá no.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, profesor.
Y la sonrisa que llevé a la cama esa noche no me la quitó nadie.
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