Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
NovelToon tiene autorización de liligacaño para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Una Mirada Que Lo Cambió Todo
Llegamos al sitio del concierto y, apenas estacionamos, Mía llamó a su novio. A los pocos minutos él salió a recibirnos con una gran sonrisa y nos hizo pasar por una entrada privada. Gracias a sus contactos terminamos ubicados en la parte delantera, justo al lado derecho de la tarima.
El ambiente era increíble. Las luces iluminaban el escenario mientras varios artistas de música urbana animaban al público. En nuestra mesa estaban Cristian, tres amigos suyos y la novia de uno de ellos. Entre risas, tragos y buena música, la noche empezó a tomar vida.
El otro amigo que estaba soltero era Andrés. Yo lo conocía desde hacía años. Era de esas personas con las que siempre se podía contar y, aunque era hombre, muchas veces se comportaba como una amiga más. Lo adoraba.
—Vamos a bailar, Darli —me dijo tomándome de la mano.
Y así empezó todo.
Bailamos, cantamos, reímos y disfrutamos como si no existiera el mañana. El tiempo pasó tan rápido que cuando miré el reloj ya eran casi las doce de la noche.
De repente, las luces cambiaron.
—¡Con ustedes, Santiago Amaya! —anunció el presentador.
El lugar explotó en gritos.
Santiago apareció en el escenario entre aplausos y ovaciones. Vestía de negro, con una sonrisa segura y esa presencia que solo tienen las personas acostumbradas a estar frente a miles de personas.
Comenzó a cantar y todos lo acompañamos.
Yo conocía varias de sus canciones, así que canté cada palabra con emoción.
Fue durante la segunda canción cuando ocurrió algo inesperado.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Por un instante pensé que era casualidad, pero él siguió mirándome mientras cantaba. Yo, nerviosa, intenté concentrarme en la música.
Entonces me sonrió.
Y después me guiñó un ojo.
Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.
—¡Guau, Dar! —exclamó Andrés a mi lado—. Te guiñó el ojo.
—Ay, por favor, Andrés. Eso es normal. Ellos son artistas, se deben al público.
—Sí, claro. ¿Y entonces por qué estás roja?
—Porque hace calor.
Andrés soltó una carcajada.
—Claro, calor. El calor que tiene nombre y apellido.
—Ya basta.
Intenté ignorarlo, pero cada vez que levantaba la vista encontraba nuevamente la mirada de Santiago.
Era imposible no notarlo.
Durante otra canción volvió a buscarme entre el público y sonrió.
Yo también terminé sonriendo sin darme cuenta.
Cuando empezó a cantar "La Decisión", todos la interpretamos con el alma. La canción parecía escrita para quienes alguna vez habían amado y perdido.
En medio de la interpretación, Cristian le ofreció un trago desde abajo del escenario.
Santiago se inclinó para recibirlo, pero antes señaló directamente hacia mí.
—Que me lo dé ella.
Mis amigos comenzaron a silbar inmediatamente.
Yo sentí que quería desaparecer.
Cristian me pasó el vaso.
Respiré profundo y se lo extendí.
Nuestros dedos rozaron apenas unos segundos.
Él tomó el trago, bebió un poco y me devolvió el vaso con una sonrisa divertida antes de continuar el espectáculo.
—No me digan que eso fue normal también —dijo Mía.
—Claro que no fue normal —agregó Andrés.
—Ya déjenme tranquila.
Pero ni siquiera yo me creía mis propias palabras.
La noche siguió avanzando.
En una de las canciones Santiago tomó el micrófono y dijo:
—Esta va dedicada a esas mujeres hermosas que uno encuentra de repente y no puede dejar de admirar.
Mientras hablaba caminó hacia el lado donde yo estaba.
Después me señaló.
Mis amigos comenzaron a gritar y a molestarme.
Yo solo me reí y negué con la cabeza.
A esas alturas ya no sabía si sentirme halagada o intimidada.
Cuando terminó su presentación, otro cantante subió al escenario.
Nosotros aprovechamos para sentarnos un momento.
—Amiga, ese hombre no te quitó los ojos de encima —dijo Mía.
—Totalmente de acuerdo —añadió Andrés.
—Ustedes están exagerando.
—Nosotros vimos lo mismo que vio medio concierto.
Yo solo rodé los ojos.
En ese momento regresó Cristian.
—Muchachos, la fiesta sigue. Sergio nos invitó a su finca.
—¿Quién va? —preguntó Andrés.
—Todos. Además, Santiago y sus músicos también van.
Yo levanté una ceja.
—¿Y quién dijo que yo voy?
—Pues deberías ir —respondió Cristian con una sonrisa traviesa—. Santiago preguntó quién eras y me dijo que intentara convencerte.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
Mía y Andrés soltaron una carcajada.
—Ahora sí vas —dijo Mía.
—Ni loca me quedo sola aquí.
Al final terminé aceptando.
Una hora después llegamos a la finca de Sergio, ubicada a las afueras de Bucaramanga.
La música sonaba desde lejos y el ambiente seguía siendo festivo.
Saludamos a Sergio y entramos.
No pasó mucho tiempo antes de que Santiago se acercara a nosotros.
—¿No me van a presentar oficialmente? —preguntó.
Cristian comenzó a hacerlo uno por uno.
Cuando llegó mi turno, Santiago tomó mi mano con delicadeza.
—Mucho gusto, Darli.
Depositó un suave beso sobre mi palma.
—Mucho gusto —respondí intentando parecer tranquila.
—El gusto es mío, bella dama.
Y volvió a guiñarme un ojo.
Mi corazón parecía tener vida propia.
Más tarde sonó un vallenato y él me invitó a bailar.
Acepté.
Mientras nos movíamos al ritmo de la música comenzamos a conocernos mejor.
Hablamos de nuestros trabajos, de nuestras ciudades y de nuestras experiencias.
Descubrí que detrás del artista famoso existía un hombre sencillo, divertido y atento.
Él descubrió que yo era mucho más que una cosmetóloga apasionada por su trabajo.
Las horas pasaron entre conversaciones, sonrisas y bailes.
Cuando le conté que tenía treinta y dos años abrió los ojos con sorpresa.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque te ves mucho más joven.
—Gracias.
—No, en serio. Pensé que tenías veintisiete.
No pude evitar sonreír.
Poco a poco la conversación se volvió más cómoda.
Más cercana.
Más natural.
Y sin darme cuenta, terminé disfrutando de su compañía más de lo que esperaba.
A las cinco de la mañana la finca seguía llena de música.
Algunos invitados ya se habían ido a descansar.
Otros continuaban bailando.
Yo estaba sentada conversando con Santiago bajo la tenue luz de una lámpara cuando, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo diferente.
No era amor.
Ni siquiera ilusión.
Era simplemente curiosidad.
La curiosidad de querer seguir conociendo a alguien que había llegado de manera inesperada a una noche cualquiera.
Y aunque intenté convencerme de que no significaba nada, una pequeña voz dentro de mí me decía que aquella historia apenas estaba comenzando...