Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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Sombras En La Biblioteca
La biblioteca del Instituto Oakhaven era un refugio de silencio y penumbra, situada en el ala este del edificio principal, donde las grandes ventanas de cristales opacos apenas dejaban pasar la luz grisácea de la tarde. Las estanterías de madera oscura, repletas de enciclopedias polvorientas y volúmenes clásicos que rara vez eran consultados por los estudiantes, ofrecían un laberinto perfecto de pasillos solitarios y apartados del bullicio general. Era el lugar ideal para pasar desapercibido, un santuario de quietud donde Onyx solía refugiarse durante los periodos libres para simular las rutinas de estudio que el clan consideraba indispensables para mantener la fachada de normalidad.
Esa tarde, sin embargo, la quietud del lugar se vio sutilmente alterada. Onyx se encontraba sentado frente a una mesa de roble al fondo de la sala, con un libro abierto de matemáticas avanzadas frente a sus ojos. Las páginas permanecían inmóviles bajo sus dedos pálidos; no estaba leyendo una sola línea. Su mente seguía procesando el intercambio matutino con Lyra, analizando cada matiz de su voz, la frecuencia exacta de su respiración y la fragilidad magnética de su presencia.
Un leve crujido en la madera del suelo, amortiguado por las alfombras gastadas del pasillo central, anunció la llegada de alguien. Onyx no necesitó levantar la vista ni recurrir a la visión directa; sus sentidos agudizados identificaron al instante el rastro inconfundible de vainilla y papel nuevo que antecedía cada movimiento de Lyra. El sonido de sus pasos se acercaba con un ritmo vacilante, como si dudara de cada decisión que la llevaba hacia el fondo de la biblioteca.
Lyra apareció al final de la estantería, sosteniendo entre sus manos una gruesa antología de literatura clásica. Al descubrir que la mesa del rincón no estaba vacía y que Onyx la observaba con una fijeza imperturbable, se detuvo en seco, con un gesto de sorpresa cruzando sus expresiones.
—No sabía que solías venir a este rincón —dijo Lyra con una sonrisa tímida, rompiendo el silencio solemne de la sala mientras se acercaba lentamente, manteniendo una distancia prudente—. La mayoría de los chicos prefiere el comedor o el área de recreo exterior, incluso cuando llueve.
—El ruido del comedor suele ser innecesariamente estridente para mí —respondió Onyx con voz pausada, cerrando el libro de matemáticas con un movimiento lento y medido, prestando absoluta atención a cada uno de sus gestos—. Prefiero los espacios donde es posible concentrarse sin distracciones constantes.
Lyra dejó el libro sobre la mesa vecina y tomó asiento en la silla opuesta, cruzando las manos sobre la superficie de madera con una mezcla de curiosidad y cautela. Sus ojos oscuros examinaron el rostro de Onyx con una intensidad que recordaba al escrutinio de un depredador, aunque con la pureza y la inocencia inconfundibles de la juventud humana.
—Eres una persona muy enigmática, Onyx Draconis —comentó ella, pronunciando su apellido con un ligero matiz de asombro—. Desde que tú y tu familia llegaron al pueblo, no ha dejado de hablarse de ustedes en las mesas del almuerzo. Nadie sabe realmente de dónde vienen, por qué eligieron una mansión abandonada en la colina, o cómo es que parecen inmunes al frío perpetuo de Oakhaven.
Onyx mantuvo la expresión neutral, aunque por dentro una corriente de fría precaución recorrió su estructura interna. Sabía perfectamente que el anonimato del clan era su mejor defensa, pero la franqueza desarmante de Lyra desarticulaba cualquier protocolo de evasión que hubiera ensayado durante siglos.
—Los rumores en los pueblos pequeños suelen crecer desproporcionadamente cuando se enfrentan a lo desconocido —respondió Onyx con voz firme, manteniendo la mirada fija en los ojos de la muchacha—. La verdad suele ser mucho más aburrida de lo que la imaginación popular prefiere inventar. Simplemente somos una familia que busca un lugar tranquilo donde pasar desapercibida y continuar con nuestras vidas lejos del ruido de las grandes ciudades.
—¿Tranquilo? —preguntó Lyra con una ceja arqueada, soltando una suave risa incrédula—. Oakhaven es cualquier cosa menos tranquilo, a menos que consideres que la llovizna constante y los bosques llenos de leyendas locales sobre animales salvajes sean el pináculo de la paz.
—Para alguien que ha visto suficientes lugares a lo largo del tiempo, la monotonía de este pueblo tiene su propio valor estratégico —replicó Onyx, eligiendo cuidadosamente cada palabra para evitar cualquier desliz peligroso.
Durante los siguientes minutos, la conversación fluyó con una naturalidad inesperada. Hablaron de libros, de autores clásicos cuyas obras Onyx recordaba haber leído en el momento de su publicación original siglos atrás, y de la extraña belleza melancólica que caracterizaba los paisajes del norte. Para Onyx, cada palabra compartida era una caminata por la cuerda floja, un equilibrio precario entre la necesidad absoluta de proteger el secreto milenario de su especie y la fascinación irresistible que sentía hacia aquella muchacha cuya existencia era tan efímera como la llama de una vela frente a la tormenta.
Cuando la campana de la tarde volvió a sonar anunciando el cierre de la jornada escolar, Lyra se puso de pie con un suspiro de ligero arrepentimiento, recogiendo sus pertenencias.
—Ha sido... una conversación muy interesante, Onyx —dijo ella, dedicándole una última mirada llena de preguntas no formuladas—. Espero que no sea la última vez que coincidiéramos en este rincón silencioso.
—No lo será, Lyra —respondió Onyx con una certeza absoluta que resonó en las paredes de la biblioteca—. Tenlo por seguro.
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