Mientras el Imperio celebra el fin de la tiranía, los gemelos Ethan y Caleb enfrentan los hilos del destino de la Diosa Luna. Ethan, el estratega frío y calculador de la estirpe real, ve su mundo caer cuando el lazo de pareja destinada estalla ante una hermosa loba que huye sin dejar rastro. Al investigarla, descubre que es la rebelde e indómita hija del Beta de otra manada. Ella rechaza el lazo de sangre, obligando al príncipe a cazar a su propia hembra en un salvaje choque de voluntades.Por otro lado, Caleb, el Beta definitivo entregado a la disciplina militar, encuentra a su mate: una guerrera implacable y Beta de otra manada. El lazo abrasador los arrastra a un dilema desgarrador. ¿En qué territorio vivirán? Deberán elegir entre la lealtad a sus manadas de origen o sacrificar sus deberes por amor.Entre huidas, pasiones calientes y dilemas que queman las venas, los gemelos lucharán por sellar sus relaciones. El destino final se debate entre el deber y la sangre.
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CAPITULO 10. FALSAS TREGUAS
NARRADO POR CALEB
El sonido seco y rítmico de nuestros cuerpos chocando contra las losas de piedra rompía la quietud de la tarde en la pista de entrenamiento de Blood Moon. Kendra avanzó hacia mí con una agilidad cegadora, vistiendo unos pantalones de deporte oscuros y una camiseta ajustada que realzaba su esbelta figura. No estábamos usando armas; era un combate cuerpo a cuerpo puro, una danza de reflejos donde su fuerte entrenamiento ponia a prueba toda mi disciplina de Beta definitivo. Esquivé su finta lateral, atrapando sus muñecas con una suavidad infinita que contrastaba con mi robusto físico, atrayendo su espalda contra mi pecho en un abrazo protector en mitad de la pista.
La fragancia embriagadora a menta fresca, lluvia y cuero que desprendía su piel pálida me golpeó las fosas nasales, provocando que Ares, mi enorme lobo pardo, soltara un rugido de absoluta satisfacción en mi conciencia.
—Tienes los reflejos listos, Kendra —le hablé en un susurro ronco directo a su oído, sintiendo la descarga eléctrica de nuestro lazo de pareja destinada quemarme las venas de forma instantánea.
Kendra se giró sobre mi eje, jadeando sutilmente, y sus ojos fijos se clavaron en los míos con una devoción pacífica que me devolvió el sosiego. Su loba, Aura, titilaba en sus pupilas con un chispazo de un deseo caliente que me nubló la razón.
—Tengo que estar lista, Caleb —me respondió en un hilo de voz trémula, entrelazando sus dedos con los míos—. Mañana a primera hora mi hermano Valen emprende el regreso con la delegación de Silver Shield. Los permisos que nos otorgaron para abrir las aduanas nos permitirán viajar por la frontera secundaria para visitarnos, pero tener que coordinar nuestros clanes a distancia va a ser un muro desgarrador. Siento que Ares y Aura ya están protestando por tener que separarse, y apenas estamos empezando a diseñar nuestro mañana.
Me incliné despacio, sellando su queja con un beso hambriento, lento y profundo que evaporó la agónica melancolía del patio. Sabía que tener que dividir mis semanas entre la manada central y su territorio de origen nos obligaría a lidiar con un constante choque de deberes territoriales en el futuro, pero al estrechar su cuerpo caliente contra el mío bajo el sol de la tarde, me juré que no habría distancia geográfica capaz de debilitar el escudo de nuestra unión.
NARRADO POR VANYA
A cientos de kilómetros de las comodidades del sur, el todoterreno negro de Ethan cruzaba una vez más las empalizadas de madera de la manada Wild Crest. Desde el porche de mi habitación, lo observé descender del vehículo portando un pequeño cofre de madera rúnica y unos manuscritos antiguos sobre botánica que mi padre Garrett le había sugerido. Ethan caminaba hacia mí con pasos lentos y seguros, vistiendo su abrigo oscuro, reflejando en su semblante cerebral una tranquilidad y una paciencia infinita que denotaban que se sentía plenamente confiado.
Al plantarse frente a mí, me dedicó una sonrisa de lado, dulce y calculadora, entregándome las semillas de flores de azahar con una delicadeza extrema.
—He traído lo que me pediste, Vanya —su voz profunda y ronca resonó en mi mente a través de la telepatía, enviándome ráfagas de una calidez que intentaba derretir mi invierno—. No hay prisa. Cumpliré mi promesa y respetaré tu espacio el tiempo que tu alma exija. Sé que tu orgullo indómito está cediendo, paso a paso, ante la constancia de mi devoción.
Le sostuve la mirada con total firmeza, esbozando un sutil asentimiento de cabeza y aceptando el cofre con una timidez fingida que alimentaba su ilusión.
—Gracias por el detalle, Ethan —le respondí en un susurro, permitiendo que sus dedos rozaran los míos por un milisegundo, desatando esa descarga que él interpretaba como una victoria sobre mi resistencia. Ethan se marchó horas después, convencido de que su estrategia de persistencia silenciosa estaba ganando terreno y que mi rebeldía impulsiva se estaba apaciguando ante las leyes de su lógica.
Sin embargo, en cuanto las puertas de mi alcoba se cerraron y me quedé en la absoluta soledad de mi habitación, la cruda y agónica realidad de mis pensamientos estalló en mitad de la penumbra. Me dejé caer de espaldas sobre las sábanas, apretando los puños contra mi pecho mientras las lágrimas de pura frustración resbalaban por mis mejillas pálidas. No estaba cediendo. La realidad era todo lo contrario a la hermosa mentira que le estaba haciendo creer a Ethan. A pesar de estar juntos en estas breves visitas, a pesar de la suavidad infinita de su trato y de la madurez que me demostraba, en mí no nacían los sentimientos que tendrían que nacer ante un lazo sagrado.
Mi loba, Freya, guardaba un silencio sepulcral en mis canales energéticos, apagada, herida en mitad de un invierno perpetuo que me asfixiaba el espíritu. No conseguía aceptar el vínculo de pareja destinada; la idea de convertirme en la Luna de su trono me seguía pareciendo una opresión destructiva que me trituraba la libertad. Estaba atrapada en una farsa agobiante, fingiendo una tregua que solo retrasaba la inminente tempestad. Sentía que el desespero me carcomía la cordura y, mientras contemplaba el resplandor de la Luna a través del cristal, una certeza gélida se instaló en mis sienes: no aguantaría mucho más tiempo sosteniendo esta máscara, y el estallido definitivo que rompería el corazón del Alfa estaba a un mes de destruir para siempre la paz de nuestro imperio.