Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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CAPÍTULO 21 El primer miedo
El miedo no siempre llega con un grito.
No siempre aparece acompañado de una amenaza.
A veces llega en silencio.
En una mirada.
En un gesto inesperado.
En un instante en el que una persona que creías conocer hace algo que jamás imaginaste.
Y entonces, aunque intentes convencerte de lo contrario, algo dentro de ti cambia.
Porque después de ese momento ya no vuelves a sentir exactamente la misma seguridad.
Durante los primeros meses con Alexander, Victoria había pensado que conocía perfectamente su carácter.
Sabía que era sensible.
Que podía ser intenso.
Que sentía las cosas profundamente.
Pero también creía que era un hombre incapaz de hacer daño.
Nunca lo había visto perder el control.
Nunca lo había escuchado levantar la voz.
Nunca había presenciado una reacción agresiva.
Por eso, cuando ocurrió aquella noche, su mente tardó varios segundos en comprender lo que estaba viendo.
Era viernes por la noche.
Victoria y Alexander habían planeado una cena tranquila en casa.
Ella había tenido una semana complicada.
Exámenes.
Reuniones universitarias.
Actividades pendientes.
Estaba cansada.
Pero quería verlo.
Porque después de tantas semanas intentando equilibrar todo, sentía que necesitaban un momento tranquilo juntos.
Prepararon la cena.
Conversaron.
Rieron.
Durante unas horas todo parecía volver a ser como antes.
Como aquellos primeros meses.
Como aquella época en la que Alexander parecía ser el hombre perfecto que había llegado para cambiar su vida.
Después de cenar, Victoria recibió un mensaje.
Era de una compañera de la universidad.
Un asunto relacionado con un proyecto académico.
Nada importante.
Nada personal.
Simplemente una consulta.
Victoria respondió rápidamente.
—¿Quién es? —preguntó Alexander.
Ella levantó la mirada.
—Una compañera de la universidad.
—¿Hombre?
La pregunta la sorprendió.
—Sí.
Es un compañero del proyecto.
Alexander dejó el vaso sobre la mesa.
El sonido fue más fuerte de lo necesario.
—¿Y por qué te escribe a esta hora?
Victoria frunció el ceño.
Miró el reloj.
Eran las nueve de la noche.
—Porque estamos trabajando en el proyecto.
Alexander sonrió ligeramente.
Pero no era una sonrisa de tranquilidad.
—Claro.
Victoria sintió incomodidad.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Solo me parece curioso.
—¿Qué cosa?
—Que siempre tienes tiempo para responderle a otras personas.
Ella respiró profundamente.
—Alexander, no es nada.
Él se levantó de la silla.
—Nunca dije que fuera algo.
Pero tú siempre haces que parezca que yo exagero.
Victoria se quedó en silencio.
Aquella frase le resultó familiar.
Porque era una frase que había escuchado muchas veces en los últimos meses.
—No estoy diciendo eso —respondió ella con calma.
—Entonces dime qué estoy sintiendo.
Victoria lo miró confundida.
—No entiendo.
—Exacto.
Ese es el problema.
Nunca entiendes cómo me haces sentir.
La conversación empezó a cambiar de tono.
No porque ella quisiera discutir.
Sino porque por primera vez estaba cansada de tener que explicar cada cosa.
—Alexander, estoy intentando hablar contigo.
—No.
Estás intentando justificarte.
La frase la lastimó.
—Eso no es justo.
Él la miró.
Y durante unos segundos permaneció completamente callado.
Después tomó el vaso que estaba sobre la mesa.
Victoria pensó que iba a beber agua.
Pero no fue así.
Con un movimiento brusco, Alexander lanzó el vaso contra la pared.
El sonido del cristal rompiéndose llenó la habitación.
Victoria se quedó inmóvil.
Completamente paralizada.
No por el objeto roto.
Sino por la expresión de su rostro.
Durante un instante vio algo que nunca había visto antes.
Rabia.
Una rabia contenida.
Una emoción que parecía no poder controlar.
El silencio posterior fue insoportable.
Alexander respiraba con dificultad.
Miró los pedazos de vidrio en el suelo.
Como si recién estuviera comprendiendo lo que había hecho.
Victoria no dijo nada.
No podía.
Su cuerpo estaba reaccionando antes que sus pensamientos.
Después de unos segundos, Alexander pasó la mano por su rostro.
—Dios mío...
Su voz cambió completamente.
—Victoria...
Ella retrocedió ligeramente.
Ese pequeño movimiento no pasó desapercibido para él.
Y pareció destruirlo.
—No.
No me mires así.
Ella seguía en silencio.
Alexander se llevó las manos a la cabeza.
—Yo no quería hacer eso.
Nunca haría nada contra ti.
Victoria finalmente pudo hablar.
Su voz salió baja.
—Me asustaste.
Aquellas palabras parecieron golpearlo.
—Lo sé.
Lo sé.
Perdóname.
Alexander se sentó en el suelo.
Algo que Victoria nunca había visto.
El hombre seguro.
El hombre que parecía tener siempre el control.
Ahora parecía destruido.
—No sé qué me pasó.
Dijo esas palabras casi llorando.
—He estado bajo mucha presión.
Victoria permaneció de pie.
Una parte de ella quería acercarse.
La otra parte seguía recordando el sonido del vidrio rompiéndose.
—Alexander...
—Por favor.
No pienses que soy esa clase de persona.
No soy como otros hombres.
Nunca te lastimaría.
Victoria lo miró.
Y ahí apareció la contradicción que la confundió.
Porque él no la había golpeado.
No la había insultado.
No le había dicho una amenaza.
Solo había perdido el control.
Y una parte de ella pensó:
"Fue solo un momento."
Esa noche terminó con Alexander abrazándola.
Pidiéndole perdón.
Prometiendo que jamás volvería a pasar.
—Te amo demasiado.
—No quiero perderte.
—No sé qué haría si algún día te vas.
Victoria escuchaba aquellas palabras con una mezcla de tristeza y ternura.
Porque todavía amaba al hombre que había conocido.
Todavía quería creer que aquello era un error.
Un momento de debilidad.
Nada más.
Al día siguiente, Alexander llegó con flores.
No eran unas flores cualquiera.
Eran las favoritas de Victoria.
Además llevaba una carta escrita a mano.
Ella la abrió.
"Victoria:
Ayer cometí un error. No hay excusa para mi reacción. Me duele haber visto miedo en tus ojos. Tú eres la persona que más amo en este mundo y jamás quiero ser alguien que te haga daño. Voy a trabajar en mí porque mereces la mejor versión de mí."
Victoria leyó la carta varias veces.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Porque quería creerle.
Porque necesitaba creerle.
Cuando Valeria la llamó esa tarde, Victoria no contó todo.
Solo dijo:
—Tuvimos una pequeña discusión.
Su madre notó algo.
—¿Una discusión?
—Sí.
Nada grave.
Valeria guardó silencio.
—Victoria.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
La joven miró las flores que Alexander había enviado.
—Sí, mamá.
Solo fue un mal momento.
Valeria sintió una inquietud.
Pero no quiso presionarla.
—Recuerda algo, hija.
Una persona puede equivocarse.
Pero lo importante es qué hace después de equivocarse.
Victoria asintió.
Aunque en ese momento todavía no sabía que algunas personas no cambian porque se arrepienten.
Algunas personas se arrepienten porque temen perder aquello que controlan.
Los días siguientes Alexander volvió a ser perfecto.
Más cariñoso.
Más atento.
Más romántico.
Parecía incluso más enamorado que antes.
Le escribía constantemente.
Le decía cuánto la amaba.
Le recordaba lo importante que era para él.
Y Victoria comenzó a convencerse de que realmente había sido solo un error.
Un momento aislado.
Pero hubo algo que cambió.
Ahora, cuando Alexander se molestaba ligeramente, Victoria lo notaba.
Ahora observaba sus manos.
Su tono de voz.
Sus gestos.
Ahora pensaba:
"Espero que no vuelva a pasar."
Y esa frase era una señal que todavía no comprendía.
Porque cuando alguien empieza a medir sus palabras para evitar una reacción del otro...
Ya existe miedo.
Una noche, mientras estaba acostada, Victoria recordó una conversación con su madre.
Aquella tarde en la fundación.
Aquella historia de mujeres que habían llegado diciendo:
"Al principio solo golpeó una puerta."
"Al principio solo rompió cosas."
"Al principio solo perdió el control una vez."
Victoria cerró los ojos.
Intentó alejar esos pensamientos.
Porque Alexander no era así.
No podía serlo.
Él la amaba.
Al día siguiente, Alexander volvió a pedirle perdón.
—Gracias por no rendirte conmigo.
Victoria sonrió débilmente.
—Te amo.
Él la abrazó.
—Yo más.
Pero mientras permanecían abrazados, Victoria sintió algo extraño.
Por primera vez desde que lo conoció...
Una parte de ella no se sentía completamente segura.
Esa noche no pudo dormir.
Escuchaba nuevamente el sonido del vidrio rompiéndose.
Una y otra vez.
Y aunque intentaba convencerse de que nada había pasado...
Su cuerpo parecía recordar algo que su mente quería negar.
El primer miedo había llegado.
Y aunque todavía era pequeño...
Aunque todavía intentaba ocultarlo...
Ya estaba ahí.
Esperando.
Porque la violencia rara vez comienza con el golpe más fuerte.
A veces comienza con una puerta cerrada demasiado fuerte.
Con un objeto lanzado contra la pared.
Con una mirada que provoca silencio.
Con una persona que después dice:
"Perdóname, nunca volverá a pasar."
Y la víctima, porque ama, quiere creer.