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La Reina Regresa

La Reina Regresa

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Autosuperación / Romance / Completas
Popularitas:7.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Traicionada, humillada y subestimada, Isabella dejó atrás un matrimonio tóxico para reconstruirse desde cero. Años después, regresa sin miedo y dispuesta a reclamar la fortuna millonaria de la abuela Genieve, dejando claro a quienes la despreciaron que la antigua Isabella ya no existe.
Una historia de renacimiento, poder y justicia donde las reglas del juego cambiaron para siempre y la venganza se sirve con elegancia.

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Capitulo 8

La aguja grande del reloj antiguo marcaba las once de la noche con un tictac rítmico, pesado y despiadado. En el comedor secundario de la mansión, el escenario parecía congelado en el tiempo: la mesa de caoba estaba vestida con un mantel de lino impecable, vajilla de porcelana bordeada en oro y un centro de flores importadas que empezaban a ceder bajo el calor sofocante del ambiente.

Las velas, que tres horas atrás iluminaban la estancia con una llama alta y prometedora, ahora eran solo pequeños muñones de cera derretida que amenazaban con apagarse sobre los candelabros de plata.

Isabella seguía allí, sentada en la cabecera de la mesa.

Lucía un vestido de seda en tono granate, de líneas elegantes y corte impecable, peinada con ondas suaves que le habían tomado casi dos horas frente al espejo. Su maquillaje, sutil pero perfeccionado al detalle, intentaba sostener una fachada de calma que por dentro se desmoronaba en mil pedazos. Frente a ella, las dos copas de cristal permanecían intactas. Los dos platos cubiertos con campanas de plata resguardaban una cena que ya se había enfriado por completo, perdiendo su aroma y transformándose en un monumento al desprecio.

Apenas a unos metros de allí, separada solo por una doble puerta de madera entreabierta, la sala de estar principal estaba completamente iluminada.

Las risas secas y el murmullo de las copas al brindar traspasaban la madera como dardos afilados. Lucrecia Vane y su esposo, Don Roberto, disfrutaban de sus tragos digestivos tras haber cenado opíparamente en el salón principal. Sabían perfectamente que Isabella llevaba horas esperando a Julián. Y no solo lo sabían: lo disfrutaban.

—Es realmente fascinante la persistencia de algunas personas —comentó Lucrecia en un tono lo suficientemente alto para que rebotara por las paredes de mármol y llegara directo a los oídos de Isabella—. Creer que una cena con velitas va a cambiar la naturaleza de un hombre de negocios. Qué ingenuidad tan entrañable.

El tintineo de un cubo de hielo contra el cristal del vaso de Don Roberto acompañó la respuesta.

—A las cosas hay que llamarlas por su nombre, Lucrecia —dijo el patriarca con una voz grave, impregnada de esa soberbia que caracterizaba a los Vane—. Julián tiene prioridades claras. Esta noche se celebraba el cierre de la fusión con el grupo inversor. Cualquier mujer con un mínimo de inteligencia sabría que la empresa está mil veces por encima de un capricho doméstico. Pero claro, pides peras al olmo.

—¡Oh, totalmente de acuerdo, querido! —se rió Lucrecia, dejando caer su taza sobre el plato con un chasquido deliberado—. Pero mírala... lleva allí sentada desde las ocho. Parece una estatua de cera. A veces me pregunto si no le dará un poco de vergüenza propia. Si yo me encontrara en una posición tan humillante, me iría a mi habitación a esconder la cabeza bajo la almohada, no me quedaría en exhibición para que el personal se burle.

Cada palabra resonaba en el pecho de Isabella como una quemadura de tercer grado. Las *horas que queman* no solo eran el tiempo perdido esperando a un esposo que no vendría; eran los minutos eternos soportando la burla abierta de sus suegros, el veneno disfrazado de comentario casual y la mirada condescendiente de los sirvientes que pasaban velozmente por el pasillo intentando no hacer contacto visual.

Isabella apretó las manos debajo de la mesa, hundiéndose las uñas en la palma hasta sentir dolor. Un dolor real, físico, que la mantuviera anclada para no romper a llorar frente a ellos.

De pronto, el sonido de unos pasos firmes en el vestíbulo principal cortó el murmullo de la sala.

Julián cruzó la arcada de la entrada, quitándose el saco del traje y arrojándolo sin cuidado sobre el perchero de diseño. Olía a whisky caro, a cigarro de cortejo ejecutivo y a una noche larga de celebración. Cuando sus ojos se topardos con la luz tenue del comedor y vio a Isabella aún sentada allí, su rostro no mostró remordimiento. Solo molestia.

Entró al comedor con la soltura de quien se sabe dueño e impune de todo.

—¿Todavía estás aquí? —preguntó Julián, mirando la mesa decorada con una mezcla de aburrimiento y cansancio—. Te dije esta mañana que no sabía a qué hora me desocuparía.

—Eran tres años, Julián —respondió Isabella. Su voz no tembló, aunque por dentro sintió cómo el último hilo de esperanza se quebraba con un chasquido definitivo—. Me dijiste que intentarías llegar a las ocho. Te esperé. La cena está helada.

Julián soltó un bufido sarcástico y se pasó la mano por el cabello.

—Por favor, Isabella, no me vengas con un drama teatral a las once de la noche. Tuve una cena de negocios crucial para el futuro de la firma. ¿De verdad esperabas que dejara plantados a inversionistas internacionales solo para venir a comer carne fría bajo la luz de un par de velas? Crece un poco.

Desde el salón contiguo, la voz de Lucrecia se elevó, dulce y manipuladora:

—No pierdas el tiempo explicándole, Julián hijo. Hay personas que no comprenden lo que significa la responsabilidad ni el peso de un apellido. Déjala con sus fantasías.

Julián miró hacia el salón, dedicándole una sonrisa de complicidad a su madre, y luego volvió a fijar la vista en Isabella.

—¿Ves? Hasta mi madre lo entiende —agregó él, encogiéndose de hombros—. Estás haciendo un problema de la nada. Si quieres comer, come. Si quieres apagar las velas e irte a dormir, hazlo. Pero no me hagas sentir culpable por trabajar y asegurar el estilo de vida que disfrutas en esta casa.

Estilo de vida. La jaula de oro. La condena gris.

Isabella miró a Julián. Realmente lo miró. Buscó en sus ojos azules al chico atento que solía hacerla reír en la universidad, al hombre que le había prometido protegerla del mundo entero el día que le puso el anillo en el dedo. Pero no quedaba nada de él. Solo quedaba un cascarón vacío, moldeado a imagen y semejanza de la crueldad de su madre y la arrogancia de su padre.

Y entonces, en lugar del dolor punzante que la había acompañado durante meses, un frío absoluto y tranquilizador se apoderó de ella.

Isabella se puso de pie despacio. La seda granate de su vestido cayó con elegancia perfecta alrededor de su figura. Se erguía recta, con la cabeza en alto, mirándolos desde una altura moral que ninguno de ellos alcanzaría jamás.

Tomó la copa de agua que tenía a su derecha y, con una calma espeluznante, vertió el contenido directamente sobre la primera vela. El fuego chisporroteó antes de morir en una densa columna de humo blanco. Hizo lo mismo con la segunda.

El comedor quedó sumido en la penumbra.

—Tienes razón, Julián —dijo Isabella, y su voz resonó con una claridad que hizo que las risas en la sala contigua se apagaran de golpe—. No debes sentirte culpable. La culpa es de quien insiste en sembrar flores en una tierra que ya está muerta.

Julián frunció el ceño, descolocado por la frialdad en su mirada.

—¿De qué estás hablando?

—Hablo de que las horas que pasé esperando en esta mesa no fueron en vano —continuó ella, rodeando la mesa con pasos lentos pero decididos—. Me sirvieron para entender que este lugar no es mi hogar, que ustedes no son mi familia y que tú no eres, ni serás nunca, el hombre que merezco a mi lado.

Caminó hacia el pasillo, pasando justo por el arco que conectaba con la sala donde Lucrecia y Don Roberto la observaban con la boca entreabierta, tomados por sorpresa ante la repentina dignidad de la chica a la que llevaban años pisoteando.

Isabella se detuvo un segundo frente a Lucrecia. La miró directamente a los ojos, sin sombra de miedo ni sumisión.

—Disfruten de su vino —dijo Isabella con una sonrisa serena pero helada—. El espectáculo de humillaciones ha llegado a su fin.

Sin esperar respuesta, subió la escalinata de mármol. Cada paso sonaba fuerte, firme y seguro. Las horas de espera y desprecio habían terminado de moldear su carácter. La chica frágil que vestía de gris se había quemado en esas tres horas de soledad; la mujer que estaba a punto de tomar el control de su vida acababa de despertar.

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MANATE
💯🤗
Claudia Kassar
Ella sigue casada o se divorció y no lo sabemos
Claudia Kassar
No entiendo ella no se había ido 🥴 q paso dos cenas de aniversario q locura
Soledad Muñoz Vazquez
de verdad hay mujeres q se dejan humillar de esa manera ha mi no me da ninguna lastima si no sabe tener dignidad ni orgullo no vale como persona
Soledad Muñoz Vazquez
de verdad hay mujeres q se dejan humillar de esa manera ha mi no me da ninguna lastima si no sabe tener dignidad ni orgullo no vale como persona
karencitha
que hace isabella hay no se había hijo de la casa y además que hace preparando cenas al marido si sabe que la eej pintado qué estúpida
maricela Farfan
6 capítulos con lo mismo
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