La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
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Susurros y Verdades
Los susurros no tardaron en empezar. Siempre ocurría así. En un lugar como este, el silencio nunca era absoluto: solo parecía pulido, controlado, estirado sobre el mármol y el oro como algo mantenido con esmero. Pero por debajo, se agrietaba. Se fragmentaba en voces que circulaban donde no debían. Allí vivían los secretos y los rumores.
Incluso desde su rincón, apartada de las demás, Mila los oía. Flotaban por el salón, llevados por el calor de los hogares, deslizándose entre cortinas pesadas y rozando las columnas de piedra. Suaves. Medidos. Cuidadosamente ocultos tras manos sobre los labios. Pero no todo podía contenerse.
—Es el príncipe Khadir… ¿verdad? —el susurro temblaba, no de debilidad, sino de algo más afilado: curiosidad mezclada con miedo.
Mila no miró. No hacía falta. Reconocía ese tono: alguien nuevo que aún no había aprendido que la curiosidad aquí deja de ser inofensiva muy pronto.
—Es tan guapo como dicen…
—Calla. Habla más bajo —respondió otra voz, más firme—. Lo que tiene de belleza, lo tiene por duplicado de crueldad.
Las palabras no se perdieron. Se asentaron, se hundieron, se extendieron entre el grupo como ondas en agua tranquila.
—Brutal.
—Sanguinario.
—No da segundas oportunidades. Una traición… y estás muerto.
Mila permaneció inmóvil, la espalda recta, la mirada fija en un tapiz donde perros de caza perseguían a una presa que jamás podría escapar. Pero escuchaba. Cada palabra se quedaba. Ya había oído historias antes, pero aquí todas tenían consecuencias.
—Es verdad —confirmó otra voz, segura—. Ha ejecutado a sus propios sirvientes.
—¿Sirvientes?
—Espías. Plantados por sus propios hermanos.
—Los ahorcó en la puerta de sus aposentos… como advertencia. Y funcionó.
El silencio volvió a caer, más pesado. Los susurros continuaron, ahora más bajos, más apilados.
—El príncipe Khadir no es hijo de la primera esposa del rey… Es hijo de una concubina. Una que desapareció. Dicen que hubo un trato: que ella le daría un hijo y él la dejaría libre.
—¿Lo hizo?
—Eso se dice —respondió una risa fría y breve—. Y se dice que ella no era… normal. Cabello como oro fundido. Ojos rojos como sangre. Se decía que veía lo que nadie veía. Una fuerza… que no era humana.
La atmósfera del salón cambió, sutil pero real. La luz de las antorchas pareció debilitarse.
—El rey la encontró en el norte, más allá de las montañas. La capturó, la trajo encadenada, la mantuvo oculta hasta que dio a luz. Y luego la dejó ir.
—Una madre así… lo explica todo.
Mila no se movió, pero por dentro todo se tensó. Cada dato encajaba. Aquí la información era supervivencia.
—El rey lo valora más que a los otros. No es solo fuerza: puede empuñar una espada hecha para dos hombres. Es brillante. Rivaliza con el príncipe heredero en estrategia, lo iguala en diplomacia al tercero… y en guerra los supera a todos. Incluso al rey. Por eso es su favorito.
—¿Y crees que eso no tiene consecuencias? La reina. Sus hermanos. Las otras esposas del rey… ¿lo dejarán heredar?
—Lo han intentado todo —respondió una risa amarga—. Veneno en la comida, en el vino, en el baño. Puñales en los pasillos. Flechas en la oscuridad. Accidentes. Caballos que se desbocan. Escaleras que ceden. Ahogamientos. Y aun así… sigue vivo. Siempre.
—¿Y los que lo intentan?
—Ahorcados. En sus puertas. Siempre. No es que no quieran eliminarlo… es que no pueden. El príncipe Khadir es peligroso.
Otra voz intentó suavizarlo, sin éxito.
—Sin embargo… sus hermanos tienen harenes, mujeres de todas partes. Él… nada. Nadie. Elige con cuidado. Y las que nota… no duran.
—Qué desperdicio… o qué destino.
—No solo es peligroso con la espada… lo es con esa cara. ¿Quién no caería?
Mila tragó saliva. El frío se instaló en su pecho. Ella había sido una de esas elegidas. Vista. Elegida. Tomada. ¿La mantendría? ¿La usaría? ¿La descartaría? Ninguna opción era segura.
Sin poder evitarlo, miró. Y lo encontró al instante. Khadir. Sentado junto al rey. Más cerca que sus hermanos. No igual, pero tampoco inferior. Un lugar propio, poderoso. Una copa de oro en su mano, atrapando la luz del fuego en destellos rojizos. Hablaba con los nobles, sonreía… y todo a su alrededor parecía inclinarse hacia él. Como si ya le perteneciera.
Entonces se detuvo. La copa se detuvo. Y su mirada buscó la suya. Directa. Inmediata. Sin ocultarse. Y esa sonrisa. No para la corte. No para el rey. Para ella. Lenta. Deliberada. Desafiante. Pasó la lengua por el labio inferior, despacio, con intención. Un gesto pequeño que se perdía entre el murmullo del salón… pero no para ella. Nunca para ella. Un recordatorio. De la tienda. De la noche. De todo lo que habían vivido.
El cuerpo de Mila reaccionó antes de que pudiera impedirlo. Calor. Tensión. Los dedos se le clavaron en las palmas. Porque entendió: nada había cambiado. Seguía siendo el mismo hombre del fuego, del río, de aquella noche. Pero ahora… este era su mundo. Y aquí no era solo peligroso. Era intocable. Aquel gesto, a la vez íntimo y público, no era un recuerdo. Era una reclamación. Y una advertencia. Y esta vez… no habría distancia entre ellos.