Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Emma Viceroy 3
El comandante de la academia no recibió a Emma con entusiasmo.
La recibió con una carcajada.
No una carcajada breve, educada o disimulada detrás de una tos.
Fue una carcajada auténtica, de esas que obligan a un hombre a apoyarse sobre el escritorio mientras intenta recuperar el aliento.
—¿Quieres convertirte en oficial?
—Sí, comandante.
—¿Y tu padre está de acuerdo?
—Mi padre está dispuesto a permitirme intentarlo.
—¿Intentarlo?
—No ha prometido que lo conseguiré.
El comandante volvió a reírse.
Emma mantuvo la espalda recta.
No era la primera vez que alguien se burlaba de ella, y sospechaba que tampoco sería la última. Lo que sí podía decidir era cuánto tiempo estaba dispuesta a desperdiciar escuchando aquellas risas.
—Señor, si ha terminado, me gustaría conocer los requisitos de admisión.
El comandante dejó de reír.
—¿Perdón?
—Los requisitos. Pruebas físicas, conocimientos de estrategia, manejo de armas, historia militar. Imagino que existe una lista.
El hombre la estudió con una mezcla de curiosidad e incredulidad.
—¿Crees que puedes superar las pruebas?
—No lo creo, comandante. He venido a superarlas.
Aquella respuesta le arrancó una sonrisa burlona.
—Muy bien, señorita Viceroy. Tendrá su oportunidad. Pero no habrá concesiones por su apellido ni por su condición de mujer.
Emma inclinó la cabeza.
—Eso espero.
El comandante arqueó una ceja.
—¿Eso espera?
—Naturalmente. Si me admitieran por ser hija de Lord Viceroy, tendría que pasar el resto de mi carrera preguntándome si merezco mi uniforme. Prefiero ganármelo.
Por primera vez, el comandante no encontró una respuesta inmediata.
Emma superó las pruebas de admisión.
No con la mejor puntuación de su promoción, pero sí con una calificación suficientemente alta para ingresar.
Y entonces comenzó la verdadera batalla.
Los primeros meses fueron una sucesión de dificultades que no aparecían en ningún manual militar.
Si Emma cometía un error, escuchaba que las mujeres no estaban hechas para el ejército.
Si un cadete varón cometía exactamente el mismo error, el instructor le explicaba cómo corregirlo.
Si Emma ganaba un combate, algunos aseguraban que su contrincante había sido demasiado amable.
Si perdía, aunque fuera por una diferencia mínima, todos parecían encontrar la confirmación de sus prejuicios.
Cuando conseguía una buena puntuación en estrategia, escuchaba que seguramente había memorizado los ejercicios.
Cuando proponía una táctica novedosa, algún compañero repetía sus palabras unos minutos después y recibía las felicitaciones del instructor.
Al principio, Emma intentó defenderse de cada comentario.
Después comprendió que, si respondía a todas las provocaciones, terminaría dedicando más tiempo a discutir que a entrenar.
Así que cambió de estrategia.
Dejó que hablaran.
Y se dedicó a trabajar.
Mientras otros cadetes descansaban después de una jornada de entrenamiento, Emma revisaba mapas y estudiaba campañas militares. Cuando sus compañeros practicaban con espadas, ella entrenaba hasta que sus brazos temblaban. Cuando las lluvias convertían los caminos en barro, Emma recorría aquellos senderos con su equipo completo, aprendiendo a mantener el equilibrio y calcular cuánto tiempo podía avanzar una unidad bajo condiciones adversas.
No porque creyera que debía ser perfecta.
Sino porque sabía que sus errores serían juzgados con una severidad que muchos de sus compañeros jamás experimentarían.
Una mañana, después de una marcha particularmente agotadora, un cadete llamado Richard se dejó caer sobre un banco y la observó con una sonrisa torcida.
—Debes de estar deseando abandonar.
Emma bebió agua.
—¿Por qué?
—Porque esto no es lugar para una dama.
—Tienes razón.
Richard pareció sorprendido.
—¿Qué?
—No es lugar para una dama que espera que los demás le lleven el equipaje, le preparen el camino y le resuelvan los problemas. Por suerte, yo no tengo esa costumbre.
Un par de cadetes soltaron una risa.
Richard enrojeció.
—No pretendía decir eso.
—Entonces deberías practicar la expresión de tus ideas. En una batalla, una orden mal formulada puede costar vidas.
Emma se levantó, recogió su equipo y continuó caminando.
[Qué agotador. Todavía no he terminado de desayunar y ya he tenido que educar a un hombre adulto.]
Aquella tarde, Richard perdió una prueba de orientación porque había ignorado las indicaciones del instructor.
Emma terminó entre los primeros.
No se lo recordó.
No hacía falta.