Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 2
Capítulo 2. Alguien más
—¿Qué dijiste?
Mientras Sofía salía de la casa, Diego recibía en su oficina el informe de su asistente, Nicolás Medina, sobre lo ocurrido en el concierto de Valeria.
—¿Estás diciendo que Sofía no contrató a esos dos hombres?
Si era inocente, ¿por qué no se había defendido?
Nicolás midió sus palabras.
—Por ahora, no encontramos ningún vínculo directo entre ellos y su esposa.
—¡Pues sigue buscando! No pudo ser nadie más.
Valeria siempre había sido dulce y amable. Acababa de regresar; no llevaba ni tres meses en el país. ¿Quién podría querer hacerle daño?
Tenía que haber sido Sofía, consumida por los celos.
Diego no podía haberse equivocado.
Cerró la computadora con fastidio.
—¿Y Alejandro Montenegro? ¿Todavía no responde?
El Grupo Montenegro era uno de sus clientes más importantes. Acababan de acordar un proyecto, pero, ahora que se acercaba su puesta en marcha, Alejandro había dejado de contestar.
—Antes lo llevaba su esposa —explicó Nicolás—. Desde que usted ordenó cambiar al responsable, hace dos días, el señor Montenegro no ha respondido a nuestros mensajes.
Otra vez Sofía.
Diego siempre había considerado su trabajo una serie de llamadas y trámites que cualquiera podía hacer. Al fin y al cabo, era la muchacha de San Jacinto de la Sierra. ¿Cómo iba a depender de ella un acuerdo de esa importancia?
—Insiste. ¡No voy a perder el proyecto solo porque ella ya no esté!
La puerta se abrió y Valeria entró con una sonrisa.
—Diego, te traigo buenas noticias.
Nicolás salió para dejarlos solos. Diego atrajo a Valeria hacia él, algo más tranquilo.
—¿Qué noticias?
—Sé que te preocupa el proyecto con los Montenegro. Hace unos días, mi madrina me contó que Alejandro busca a Brisa, la especialista, para que atienda a su abuelo. Yo la conozco. Puedes acompañarme cuando vaya a verla y aprovechar para hablar con él del proyecto.
El rostro de Diego se iluminó. Le dio un beso junto a la comisura de los labios.
—Qué suerte tengo de tenerte.
* * *
Sofía apenas había terminado de instalarse en su nuevo alojamiento cuando recibió un mensaje.
«Jefa, me enteré del divorcio. Los Montenegro ofrecen cien millones de pesos para encontrar a Brisa. ¿Aceptamos?».
«Por ahora no me interesa».
«¡No lo rechaces todavía! Hace un mes prometiste un favor al jefe de los Montenegro para que ese imbécil consiguiera el proyecto. Esta es tu oportunidad de cumplir».
Sofía se quedó mirando la pantalla.
Durante el último año, el Grupo Ferrer había atravesado una transformación decisiva. Para ayudar a Diego, ella había recurrido a sus contactos como Brisa y conseguido que los Montenegro aceptaran colaborar con su empresa. Incluso se había comprometido a supervisar personalmente el proyecto.
Pero la relación había terminado antes de que el trabajo comenzara.
El proyecto ya no era asunto suyo. La promesa, en cambio, seguía en pie.
«Acepto».
En otro lugar, un joven de rostro atractivo y expresión reservada recibió la confirmación.
Brisa había aceptado el encargo.
Una chispa de alegría le iluminó los ojos. Tanto esfuerzo para localizar a aquella especialista misteriosa por fin había dado resultado.
Pasó el pulgar sobre el borde del celular y sonrió para sí.
—Volveremos a vernos. ¿Con qué vas a sorprenderme esta vez?
* * *
El día de la cita, Sofía se detuvo ante un semáforo camino a la casa de los Montenegro. A su lado pasó un Bentley negro.
Al mirar por la ventanilla, vio un rostro cubierto por una máscara.
Se le cortó la respiración.
El diseño era idéntico al de la máscara que había encontrado después del accidente, tres años atrás.
En cuanto el semáforo cambió a verde, siguió al Bentley. Intentó ponerse a su altura varias veces para hablar con el conductor, pero él aceleró, decidido a perderla.
Sofía no se quedó atrás.
Los dos autos avanzaban entre el tránsito. Ninguno conseguía imponerse al otro. Ella necesitaba saber qué había pasado aquella noche y empezaba a perder la paciencia.
Cada vez que creía haber encontrado un espacio para ponerse a su lado, el Bentley cambiaba de posición y volvía a escaparse. Sofía no perdió de vista sus luces traseras. Podía seguirle el ritmo, pero no conseguía obligarlo a detenerse.
Entrecerró los ojos. Si lo dejaba ir, tal vez perdiera la única oportunidad de preguntarle por aquel accidente.
Pisó el acelerador, redujo la marcha y tomó una curva derrapando. Casi había conseguido cerrarle el paso cuando varios vehículos se interpusieron entre los dos.
El Bentley se alejó.
En medio de la maniobra, una máscara cayó de su interior y quedó en la calle.
Sofía se detuvo y bajó a recogerla.
No había duda: era igual a la que había guardado durante tres años.
La miró de cerca, incapaz de encontrar una diferencia que le permitiera descartar lo que estaba pensando. Aquella certeza le produjo una inquietud mucho mayor que la persecución.
Una posibilidad le atravesó la mente.
¿Y si quien le había salvado la vida no había sido Diego?