La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 16
A la mañana siguiente, Valeria estaba terminando de organizar los medicamentos de Damián cuando Nicolás apareció en la puerta de la habitación.
—Necesito hablar contigo.
Ella levantó la cabeza. El tono del hombre le hizo dejar a un lado la pequeña caja que tenía entre las manos.
—¿Pasó algo?
—Eso estoy intentando averiguar.
Nicolás miró hacia el interior de la habitación. Damián se encontraba junto a la ventana abierta, con su bastón apoyado contra la pared y una taza de café entre las manos.
—¿Es sobre mi marido? —preguntó Valeria.
—Sí.
La expresión de ella cambió.
Desde la visita de la tarde anterior, había intentado convencerse de que su esposo no volvería a molestarla. Había sido bastante claro al decirle que quería el divorcio, y Damián le había asegurado que nadie volvería a entrar en la propiedad para intimidarla.
Sin embargo, sabía que su marido no era una persona que aceptara fácilmente perder el control.
—¿Qué hizo ahora?
—Todavía no ha hecho nada nuevo que podamos confirmar. Pero hay algunas cosas de su comportamiento que no me gustan.
—Nicolás —intervino Damián desde la ventana—. Si vas a hablar de ella, hazlo sin rodeos.
El hombre se acercó unos pasos.
—He averiguado que su esposo tiene deudas que no aparecen en sus declaraciones habituales. También hay movimientos de dinero que no encajan con sus ingresos.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—¿Deudas? ¿De qué cantidad estamos hablando?
—Aún no tengo una cifra definitiva.
Ella se sentó lentamente en el borde de la cama.
Durante su matrimonio, había creído que los problemas económicos se debían a que su esposo no ganaba lo suficiente. Por eso había reducido sus propios gastos, había dejado de comprarse ropa y había aceptado trabajos ocasionales para ayudar con las cuentas.
Él siempre le decía que estaban pasando por una mala temporada.
Y ella le había creído.
—¿En qué se gastaba el dinero? —preguntó.
—Eso es lo que estamos investigando.
Valeria se frotó las manos.
—Yo pensaba que apenas llegábamos a fin de mes.
Damián dejó la taza sobre una mesa auxiliar.
—¿Él te pedía dinero?
—A veces. Decía que tenía que pagar cosas del trabajo o resolver algún problema con el banco. Yo le daba lo que podía.
—¿Cuánto?
—No lo sé exactamente. Nunca llevaba la cuenta porque creía que estábamos construyendo una vida juntos.
La última frase salió más baja de lo que pretendía.
Nicolás intercambió una mirada con Damián, pero ninguno hizo comentarios sobre su matrimonio. Valeria agradeció que no intentaran consolarla con palabras vacías.
—Hay otra cosa —continuó Nicolás—. Después de que abandonaste tu departamento, tu esposo hizo varias llamadas. Todavía no sabemos a quién contactó en todas ellas.
—¿Creen que está planeando algo?
—Creo que sería imprudente asumir que se quedará tranquilo —respondió Nicolás—. Pero no voy a acusarlo de algo que todavía no puedo demostrar.
Valeria asintió.
—Gracias por decírmelo.
Nicolás se disponía a marcharse cuando ella volvió a hablar.
—Si descubres algo, quiero saberlo. Aunque sea malo.
—¿Estás segura?
—Es mi vida. Ya he pasado demasiado tiempo sin saber qué estaba ocurriendo delante de mis narices.
Damián escuchó aquellas palabras en silencio.
Cuando Nicolás salió, Valeria permaneció sentada unos instantes, mirando la alfombra.
—Puedes preguntarme lo que quieras —dijo Damián.
Ella alzó el rostro.
—¿Qué?
—Llevas varios minutos callada. Si quieres saber algo sobre la investigación, pregunta.
Valeria lo observó. No parecía molesto por su silencio ni dispuesto a decidir por ella lo que debía hacer.
—¿Por qué te estás involucrando tanto?
Damián apoyó una mano en el bastón.
—Porque ese hombre vino a mi casa a intimidarte.
—Eso explica que lo echaras. No explica por qué estás investigando sus cuentas.
—Quiero saber si representa un peligro para esta familia.
Era una respuesta razonable.
También era una respuesta incompleta.
Valeria no insistió. Había aprendido que Damián tenía sus propios secretos y que no conseguiría nada presionándolo para que revelara cada uno de ellos.
—Está bien —dijo—. Pero si descubren algo que me afecte directamente, quiero participar en las decisiones.
Damián inclinó ligeramente la cabeza.
—De acuerdo.
Ella pareció sorprendida.
—¿Así de fácil?
—¿Preferías que discutiera contigo?
—No. Solo me estoy acostumbrando a que alguien me escuche.
La frase lo dejó inmóvil.
Valeria se levantó para recoger los medicamentos, sin darse cuenta de que acababa de decir algo que él recordaría durante el resto del día.
Al mediodía, Damián recibió una llamada de su abogado.
Esteban Ferrer había revisado los primeros documentos relacionados con el divorcio y necesitaba confirmar algunos detalles antes de preparar la solicitud formal. Damián escuchó las explicaciones con paciencia hasta que el abogado mencionó que el esposo de Valeria podría intentar retrasar el procedimiento.
—Entonces que lo intente —respondió Damián—. Quiero que ella tenga representación legal independiente y que nadie firme nada en su nombre sin su autorización.
—Por supuesto. Pero debo advertirte que, si aparecen irregularidades económicas durante el matrimonio, será necesario revisarlas con cuidado.
—Hazlo.
Cuando terminó la llamada, Damián permaneció sentado en su escritorio.
No le gustaba depender de otros para obtener información. Desde que había perdido la vista, había aprendido a reconocer los sonidos de cada habitación, a memorizar distancias y a identificar cuándo alguien se acercaba por la manera de caminar.
También había aprendido algo menos agradable: las personas solían confundir su ceguera con debilidad.
Su propio padre no lo hacía. Los hombres de la casa tampoco se atrevían.
Pero fuera de aquellas paredes, había quienes estaban convencidos de que ya no podía ser una amenaza.
Damián pasó los dedos por el borde del escritorio.
Su matrimonio no le interesaba. Tampoco tenía intención de convertirse en el salvador de Valeria. Ella era una mujer adulta y había dejado claro que quería recuperar el control de su vida.
Sin embargo, no podía ignorar la posibilidad de que aquel hombre intentara perjudicarla otra vez.
Y no iba a esperar a que sucediera para averiguar de qué era capaz.
—Nicolás —llamó.
Su hombre de confianza apareció poco después.
—Señor.
—Quiero que averigües con quién se reúne el marido de Valeria y de dónde proceden sus deudas. Sin acercarte a él ni provocar una confrontación.
—Entendido.
—Y una cosa más. No quiero que Valeria se entere de cada movimiento que hacemos. Solo de aquello que pueda afectarla.
Nicolás guardó silencio un instante.
—¿No cree que debería saberlo todo?
—Ella pidió participar en las decisiones que le conciernen. Voy a respetarlo.
La respuesta sorprendió a Nicolás más de lo que dejó ver.
Damián no era conocido por negociar sus órdenes. Mucho menos por modificar su manera de actuar a petición de alguien que acababa de llegar a la casa.
—Como usted diga.
Cuando Nicolás se marchó, Damián extendió la mano hacia el bastón.
Tenía una cita con el médico esa tarde. No le entusiasmaba salir, pero tampoco quería seguir encerrado en aquella habitación mientras todos los demás decidían qué podía hacer y qué no.
Se puso de pie y recorrió el camino hasta la puerta.
No necesitó llamar a Valeria para que lo acompañara.
Esta vez, quería intentarlo solo.
Valeria estaba en el pasillo cuando escuchó el golpe del bastón contra el suelo.
Se volvió y vio a Damián avanzando desde su habitación, despacio, con una mano rozando la pared.
—¿Vas a algún sitio?
Él se detuvo al reconocer su voz.
—Al consultorio del médico. Nicolás está preparando el automóvil.
—¿Quieres que te acompañe?
Damián estuvo a punto de aceptar. La respuesta le salió con tanta facilidad que tuvo que contenerla.
—No es necesario.
Valeria asintió.
—Está bien. Si necesitas algo, estaré abajo.
No hubo reproches ni intentos de convencerlo. Ella simplemente siguió su camino.
Damián reanudó la marcha.
Había esperado que insistiera, quizá que le recordara que todavía necesitaba ayuda para algunas cosas. En cambio, Valeria había respetado su decisión sin tratarlo como si fuera incapaz.
Cuando llegó a la escalera, se detuvo un instante.
—Valeria.
Ella se volvió.
—¿Sí?
—Puedes venir, si todavía quieres.
La mujer sonrió ligeramente.
—Claro.
Se acercó y le ofreció el brazo, pero no lo sujetó hasta que él aceptó el gesto.
Bajaron juntos.
Para Damián, aquel trayecto no significaba una gran victoria. Seguía sin poder ver y todavía había lugares de la casa que evitaba recorrer sin ayuda. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que cada paso fuera una demostración de todo lo que había perdido.
Y Valeria, caminando a su lado, tampoco intentó convertirlo en algo extraordinario.
Simplemente lo acompañó.
Ninguno de los dos sabía que, mientras ellos abandonaban la mansión para acudir a la consulta, Nicolás acababa de recibir una fotografía enviada por uno de sus contactos.
En ella aparecía el esposo de Valeria, sentado en una cafetería.
Frente a él había un hombre al que Nicolás reconoció de inmediato.
No pertenecía al círculo habitual de aquel marido ni parecía tener relación con sus negocios.
Era un prestamista conocido por trabajar con personas que necesitaban dinero con urgencia y no hacían demasiadas preguntas.
Nicolás amplió la imagen.
Después leyó el mensaje que acompañaba la fotografía.
«Tu hombre está buscando dinero. Y no parece que le importe demasiado cómo conseguirlo».