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Lazos De Hierro Y Terciopelo

Lazos De Hierro Y Terciopelo

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:897
Nilai: 5
nombre de autor: luisanyelis

trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas

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Capítulo 12: El Invierno del Descontento

El trayecto de regreso a la mansión después de la gala fue un ejercicio de silencio absoluto y opresivo. Dentro del Bentley blindado, el aire parecía haber sido succionado. Elena permanecía pegada a la portezuela, mirando el reflejo de las luces de la ciudad pasar como fantasmas sobre el cristal. Sentía el peso del collar “Corazón de Acero” como una soga física. A su lado, Ethan no se movía, pero su presencia llenaba el habitáculo con una energía eléctrica y peligrosa. Sus manos, con los nudillos aún calientes por la sangre de Christian, descansaban sobre sus muslos con una calma que a Elena le resultaba más aterradora que sus gritos.

Al llegar a la Mansión Norte, Ethan no esperó a que los escoltas abrieran su puerta. Salió y, con un gesto seco, ordenó a la servidumbre que se retirara a sus cuartos. No quería testigos para lo que vendría.

—Sube a la suite, Elena —dijo él, su voz era un hilo de acero que cortaba la penumbra del vestíbulo.

Elena subió las escaleras de mármol, sintiendo que cada paso la alejaba más de la realidad y la hundía en el mundo distorsionado de su esposo. Al entrar en el dormitorio, se arrancó el collar de diamantes negros, tirándolo sobre la cómoda sin importarle si se rompía. Se giró cuando escuchó el clic de la cerradura electrónica. Ethan acababa de cerrar la habitación desde dentro.

—¡Me mentiste! —estalló ella, su voz quebrándose por la mezcla de rabia y dolor—. ¡Toda nuestra boda, el alivio que sentí cuando “salvaste” a mi padre… todo fue una farsa! ¡Tú le pusiste la trampa, Ethan! ¡Tú sabías que él caería porque tú mismo cavaste el foso!

Ethan se quitó la corbata de seda y la dejó caer al suelo. Caminó hacia ella con una lentitud depredadora, acortando la distancia hasta que Elena sintió el calor que emanaba de su cuerpo.

—Tu padre era una debilidad, Elena —respondió él, con una frialdad que la heló—. Era un hombre que usaba tu nombre para tapar sus deudas de juego y sus malas inversiones. Tarde o temprano, los Vane o cualquier otro rival lo habrían destruido y, en el proceso, te habrían arrastrado a ti al fango. Yo no creé su codicia, solo le di una salida que terminaba en mis manos.

—¡Me compraste! —gritó ella, golpeando el pecho de él con sus puños—. ¡No me salvaste, me compraste como una de tus malditas empresas!

Ethan atrapó sus muñecas con un solo movimiento, inmovilizándola. Sus ojos verdes centellearon con una intensidad maníaca.

—¡Te aseguré! —rugió él, su voz resonando en las paredes—. Te saqué de un barco que se hundía y te puse en un trono. ¿Qué importa el método si el resultado es que estás aquí, conmigo, a salvo de todo?

—No estoy a salvo —susurró ella, las lágrimas rodando por sus mejillas—. Estoy atrapada con un monstruo que no sabe distinguir entre amor y propiedad.

La palabra “monstruo” pareció disparar algo en Ethan. La tomó de la cintura y la lanzó sobre la cama, cubriendo su cuerpo con el suyo antes de que ella pudiera reaccionar. Su posesividad alcanzó un nivel febril. La besó con una furia castigadora, sus manos recorriendo su piel con una urgencia que no buscaba consuelo, sino sumisión.

—Si soy un monstruo, soy el monstruo que tú creaste con cada una de tus miradas desde que teníamos diez años —siseó él contra sus labios—. Y ahora que sé que lo sabes todo, ya no tengo que fingir, Elena. No hay más máscaras. Eres mía, por derecho de conquista. Y no permitiré que vuelvas a ver a tu padre, ni a Christian, ni a nadie que te ponga ideas de libertad en la cabeza.

Esa noche, el sexo no fue una celebración, fue una reafirmación del dominio de Ethan. La reclamó una y otra vez, con una intensidad que dejó a Elena exhausta y vacía, dándose cuenta de que su esposo no solo controlaba su mundo exterior, sino que estaba decidido a colonizar cada gramo de su voluntad.

Pasaron tres días en los que Elena fue una prisionera de lujo. Ethan había revocado su acceso a internet, su teléfono personal fue reemplazado por uno que solo tenía tres números (el de él, el de Leo y el de la seguridad de la mansión), y los tutores universitarios fueron despedidos.

—Estudiarás aquí, conmigo, bajo mi supervisión —le había dicho Ethan antes de irse a la oficina esa mañana—. El mundo exterior es demasiado ruidoso para ti ahora.

Sin embargo, Ethan había subestimado la desesperación de una mujer que se siente traicionada. Elena sabía que Leo, a pesar de su lealtad inquebrantable a los Steelwood, sentía una extraña debilidad por ella; una mezcla de respeto y una sombra de lástima que ella planeaba explotar.

Cerca del mediodía, Elena bajó a la biblioteca. Leo estaba apostado en la puerta, como siempre.

—Leo —dijo ella, su voz suave y cargada de una vulnerabilidad que sabía que lo desarmaría—. Necesito ver a mi padre. Ethan dice que está bien, pero no le creo. Si realmente lo ama como a un amigo, como dice, déjame llamarlo. Solo un minuto.

—Señora Steelwood… el señor Ethan fue muy claro —respondió Leo, evitando mirarla a los ojos.

—Mi padre está muriendo por dentro, Leo. Ethan le quitó todo. Si tienes un rastro de humanidad, déjame usar tu teléfono. Ethan nunca lo sabrá. Estás conmigo todo el día, ¿quién se lo diría?

Leo dudó. Miró hacia las cámaras de seguridad del pasillo. Elena sabía que había puntos ciegos que Ethan aún no había corregido. Ella lo llevó hacia un rincón de la biblioteca oculto por las estanterías de roble.

—Solo un minuto, Leo. Por favor.

El jefe de seguridad, tras un suspiro pesado, le entregó su terminal encriptada. Elena marcó el número privado de la residencia de retiro de su padre. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que se le saldría del pecho.

—¿Papá? —susurró cuando alguien contestó.

—¿Elena? ¡Oh, Dios mío, Elena! —la voz de Marcus sonaba quebrada, senil casi—. Tienes que tener cuidado. Ethan… él tiene gente aquí. No puedo hablar mucho. Me ha hecho firmar cosas, Elena. Cosas que no entiendo. Dice que es para protegerte, pero tengo miedo.

—Papá, escúchame. Christian Vane dice que Ethan provocó el fraude. ¿Es verdad?

Hubo un silencio aterrador al otro lado de la línea.

—Él… él me dio los documentos, Elena. Me dijo que eran inversiones seguras. Yo confié en él como en un hijo. Él no salvó la empresa, él la devoró desde adentro. Huye, Elena. Huye antes de que sea tarde.

La llamada se cortó de repente. Elena le devolvió el teléfono a Leo, cuyas manos temblaban ligeramente. Ella estaba pálida, con la mirada perdida. La confirmación de su propio padre era el clavo final en el ataúd de su confianza.

Esa tarde, Ethan regresó antes de lo previsto. Traía un ramo de rosas blancas, como si las flores pudieran borrar la podredumbre de sus actos. Entró en el salón principal y encontró a Elena sentada frente al piano, tocando una melodía menor, lenta y fúnebre.

—Te he traído algo —dijo él, acercándose y dejando las flores sobre el piano. Intentó besarla, pero ella giró la cara.

Ethan frunció el ceño. Su paciencia, siempre escasa, empezó a evaporarse.

—Sigues con eso, Elena. Te he dado todo. He unificado los imperios. Eres la mujer más poderosa del continente. ¿Cuándo vas a dejar de actuar como una mártir?

Elena dejó de tocar y lo miró. Sus ojos ya no tenían rastro de miedo, solo una resolución gélida.

—Hablé con mi padre hoy, Ethan.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía sentir físicamente. El rostro de Ethan se transformó. La calidez fingida desapareció, dejando paso a una máscara de furia gótica. Se giró hacia la puerta, donde Leo estaba apostado.

—¡Leo! —rugió Ethan.

El jefe de seguridad entró, con la cabeza baja. Sabía lo que venía.

—¿Le diste tu teléfono? —preguntó Ethan, su voz era un susurro letal.

—Señor… ella solo quería…

Ethan no lo dejó terminar. En un arrebato de violencia, tomó el jarrón de cristal con las rosas y lo lanzó contra la pared, estallando en mil pedazos. Se acercó a Leo y, con una rapidez sobrehumana, le propinó un golpe en el estómago que lo dejó de rodillas.

—¡Fuera de mi vista! —gritó Ethan—. Estás despedido. Si vuelves a acercarte a mi propiedad, te haré desaparecer.

Leo salió cojeando, dejando a la pareja sola en medio del caos de cristales rotos y flores marchitas. Ethan se giró hacia Elena. Su respiración era errática, sus ojos estaban completamente negros por la dilatación de sus pupilas.

—¿Así que quieres jugar a las conspiraciones, Elena? —dijo él, caminando hacia ella. Ella retrocedió, pero él la atrapó contra el piano, sus manos golpeando las teclas y provocando una disonancia aterradora—. ¿Quieres contactar con el mundo exterior a mis espaldas?

—¡Es mi padre! —gritó ella—. ¡Y tú lo destruiste!

—¡Yo lo mantuve vivo! —respondió él, tomándola de los brazos con una fuerza que le dejaría marcas permanentes—. ¡Y ahora, por tu culpa, he tenido que despedir al único hombre en el que confiaba para protegerte! ¿Sabes lo que eso significa, Elena? Significa que a partir de ahora, yo seré tu sombra. Yo seré tu escolta. No irás al baño sin que yo esté en la puerta. No dormirás sin que yo esté a tu lado.

Él la levantó en vilo, cargándola sobre su hombro mientras ella gritaba y forcejeaba. La llevó hacia la suite y la lanzó sobre la alfombra.

—Has roto la poca libertad que te quedaba —dijo él, empezando a quitarse el cinturón—. Si quieres saber lo que es estar realmente atrapada, te lo voy a mostrar. A partir de mañana, la Mansión Norte estará en cierre total. Nadie entra, nadie sale. Seremos solo nosotros dos. Hasta que aprendas que tu padre, Christian y el resto del mundo ya no existen para ti.

Elena lo miró desde el suelo, rodeada por el lujo de su prisión. Comprendió que su pequeño acto de rebelión había sellado su destino. Ethan no iba a dejarla ir nunca. Su amor se había convertido en una patología, una obsesión que preferiría verla muerta antes que lejos de su control. El invierno del descontento apenas comenzaba, y en esa mansión aislada del mundo, la oscuridad de los Steelwood se disponía a devorarlo todo.

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Mirna Lobo
que triste que un niño de su edad tenga que hacerse el fuerte por lo riguroso de su educación 😞
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