EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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El lugar que dejó vacío
Nicolás
La primera vez que vi una fotografía de Isabella en la universidad, me quedé mirándola más tiempo del necesario.
Estaba sentada en el césped junto a otras chicas, con el cabello suelto, una sonrisa enorme y un vaso de café en la mano. Alguien había escrito debajo de la foto: Primer semestre superado. ¡Sobrevivimos!
No parecía la misma chica que se había marchado de casa tres meses después de su cumpleaños.
Aunque, pensándolo bien, no tenía derecho a sorprenderme.
Habían pasado casi cuatro meses desde aquella noche.
Cuatro meses desde que la había visto llorar por primera vez por mi culpa.
Y todavía no había conseguido hablar con ella.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Bruno, dejándose caer a mi lado en el sofá.
Bloqueé el teléfono.
—Nada.
—Claro. Y yo soy sacerdote.
Le lancé un cojín, pero él se limitó a reírse.
—¿Es Isabella?
No contesté.
Bruno silbó.
—Vaya. ¿Todavía sigues con eso?
—No sigo con nada.
—Entonces, ¿por qué llevas meses preguntándole a Mateo cómo está su hermana?
Lo miré con fastidio.
—Porque es mi amiga.
—Era tu amiga, Nicolás. Ahora ni siquiera te contesta los mensajes.
Aquello me molestó más de lo que debería.
Me levanté para buscar algo de beber, fingiendo que la conversación me aburría.
—Ya se le pasará.
Bruno no respondió inmediatamente.
—¿Y si no?
Abrí la nevera y saqué una botella de agua.
—¿Qué quieres que haga? Ya le pedí disculpas.
—No creo que una disculpa arregle todo.
Cerré la nevera con más fuerza de la necesaria.
—¿Sabes qué? No tengo ganas de hablar de esto.
Bruno levantó las manos y cambió de tema.
Yo agradecí el silencio.
Porque, aunque no quisiera reconocerlo, había una pregunta que empezaba a molestarme.
¿Y si Isabella no regresaba a ser la misma conmigo?
La familia Varela tampoco volvió a ser la misma.
Mateo y yo continuábamos compartiendo el mismo grupo de amigos. Nos encontrábamos en cumpleaños, partidos de fútbol y algunas salidas nocturnas. Nos saludábamos, conversábamos y hasta nos reíamos de ciertas bromas.
Desde fuera, probablemente parecía que nuestra amistad seguía intacta.
Pero yo conocía la diferencia.
Antes podía entrar en su casa sin avisar. Su madre me guardaba comida cuando llegaba tarde y su padre me preguntaba por mis estudios y mi trabajo. Isabella solía aparecer detrás de mí, inventando cualquier excusa para quedarse cerca.
Ahora, la puerta de aquella casa parecía haberse cerrado definitivamente.
No recibía invitaciones.
No había almuerzos familiares ni tardes de fútbol en el jardín.
Y, si alguna vez necesitaba hablar con Mateo sobre algo importante, terminábamos reuniéndonos en otro lugar.
Una tarde, después de un partido, me atreví a preguntarle:
—¿Todavía estás enfadado conmigo?
Mateo estaba guardando sus cosas en el bolso deportivo.
—¿Tú qué crees?
Suspiré.
—Han pasado meses, Mati.
—Lo sé. El calendario funciona perfectamente.
—No puedes seguir castigándome para siempre.
Él se incorporó y me miró con una expresión que no le había visto antes.
—No te estoy castigando, Nicolás. Simplemente ya no confío en ti como antes.
Aquello fue peor de lo que esperaba.
—¿Por una estupidez que pasó una noche?
Mateo dejó de moverse.
—¿Una estupidez?
Me di cuenta demasiado tarde de mi error.
—No quise decirlo así.
—Mi hermana pasó años enamorada de ti. Tú lo sabías. Le prometiste algo que para ella significaba muchísimo y terminaste humillándola en su propio cumpleaños. Después me dijiste que era una broma.
Se acercó un paso.
—No te pido que te enamores de ella. Nunca te pedí eso. Pero esperaba que, después de tantos años siendo mi mejor amigo, al menos tuvieras un poco de cuidado con sus sentimientos.
No supe qué responder.
Mateo recogió el bolso.
—Podemos seguir compartiendo amigos. No voy a pedirles que elijan entre nosotros. Pero no esperes que vuelva a confiar en ti como antes.
Se marchó sin despedirse.
Y yo me quedé allí, sintiendo que acababa de perder algo que había dado por seguro durante toda mi vida.
Mi vida, entretanto, siguió adelante.
Terminé mis estudios, conseguí un buen trabajo y continué saliendo con mujeres.
No me faltaban invitaciones, ni números de teléfono, ni noches que terminaban con promesas que ninguno de los dos pretendía cumplir.
Era la vida que siempre había querido.
Sin compromisos.
Sin explicaciones.
Sin tener que preocuparme por nadie más de lo necesario.
Al menos, eso me repetía.
Porque había empezado a notar algo irritante: cada vez que regresaba a casa después de una noche divertida, terminaba pensando en Isabella.
No de una manera romántica.
Eso habría sido absurdo.
Simplemente recordaba sus comentarios, su risa, la costumbre que tenía de sentarse en el brazo del sofá para contarme cualquier tontería que hubiera ocurrido en su día.
Recordaba cómo me miraba.
Y me molestaba no saber si todavía lo hacía.
Una noche, mientras cenábamos en casa de mis padres, mi madre mencionó su nombre.
—Isabella me llamó ayer.
Levanté la cabeza inmediatamente.
Mi madre lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—Está muy contenta en la universidad. Me habló de una amiga suya, Camila. Dice que es encantadora, aunque no consigue que se calle ni cinco minutos.
Mi padre soltó una carcajada.
—Entonces debe de ser la responsable de que nuestra pequeña haya aprendido a hablar por los codos.
Sonreí sin querer.
—¿Camila? ¿Es su compañera de habitación?
Mi madre me observó con demasiada atención.
—Sí. Una chica muy simpática. Isabella dice que la convenció para ir a una fiesta y que terminaron regresando a las cuatro de la mañana.
Parpadeé.
—¿Isabella?
—La misma —respondió mi padre, divertido—. Parece que está descubriendo el mundo.
Mi madre dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Está feliz, Nicolás. Mucho más de lo que estaba antes de marcharse.
No supe por qué aquella frase me produjo una sensación extraña.
Debería haberme alegrado.
Isabella estaba bien. Estaba estudiando, haciendo amigos y construyendo su futuro.
Era exactamente lo que todos queríamos.
Entonces, ¿por qué sentía que me estaba perdiendo algo?
—Me alegro por ella —murmuré.
Mi madre asintió, aunque su mirada permaneció sobre mí.
—Yo también. Se lo merece.
No añadió nada más.
Pero entendí lo que no estaba diciendo.
Isabella había conseguido ser feliz sin mí.
Y, por primera vez, aquello dejó de parecerme una situación temporal.
A los veintiséis años, Nicolás Varela tenía prácticamente todo lo que había deseado.
Un buen trabajo, amigos, dinero para disfrutar de sus caprichos y la libertad de hacer lo que quisiera sin rendirle cuentas a nadie.
Sin embargo, había algo que no podía recuperar con dinero, disculpas ni llamadas sin respuesta.
La confianza de su mejor amigo.
Y el lugar que alguna vez había ocupado en la vida de Isabella.
Una noche, después de una cena con el grupo, Mateo recibió una llamada y se apartó para contestar.
Yo estaba sentado junto a Bruno cuando escuché su risa.
—¡Isa, por favor! —exclamó Mateo—. ¿Qué hiciste ahora?
Me giré instintivamente.
Mateo hablaba con su hermana.
Y estaba riéndose de una manera que no le escuchaba desde hacía meses.
—No, no pienso ayudarte a ocultárselo a mamá. Tú te metiste en ese problema, tú lo resuelves.
Hubo una pausa.
Después sonrió.
—Yo también te extraño, pequeña.
Sentí algo extraño en el pecho.
No era exactamente tristeza.
Era la conciencia de que ellos seguían compartiendo una vida de la que yo ya no formaba parte.
Mateo colgó y regresó a la mesa.
—¿Todo bien? —preguntó Bruno.
—Sí. Mi hermana casi incendia la cocina de la residencia intentando preparar una torta.
Las carcajadas estallaron alrededor de la mesa.
Yo también sonreí, aunque me quedé pensando en aquella voz que no había escuchado en meses.
Quise preguntarle si Isabella había mencionado mi nombre.
Quise saber si todavía me recordaba.
Pero no lo hice.
Porque empezaba a comprender que, si necesitaba preguntar por ella a través de otras personas, era porque ya no tenía el derecho de saberlo todo.
Y aquella noche, por primera vez, me pregunté si cuando Isabella regresara todavía quedaría algo de la chica que me había esperado durante tantos años.
No sabía que la respuesta sería mucho más dolorosa de lo que imaginaba.
Porque ella regresaría.
Pero no para buscarme.