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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:249
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2. Una verdad imposible de creer

La patada tomó a Lucía desprevenida y la derribó. Se llevó las manos al vientre por instinto. Antes de que pudiera explicar nada, Ernesto volvió a golpearla, esta vez con una bofetada brutal en la cabeza.

—¡Maldita perra! ¡Valeria intentó matarse por una basura como tú! ¡La que debería estar muerta eres tú!

Ernesto escupía cada palabra entre dientes. El odio que sentía por ella era absoluto.

—Papá, basta. Adrián y yo no estábamos destinados a estar juntos. No culpo a Lucía —llegó desde la habitación la voz llorosa de Valeria.

Lucía tenía sangre en la boca y un zumbido doloroso dentro de la cabeza. A duras penas levantó los ojos. Valeria estaba recostada contra el pecho de Adrián, con lágrimas en los ojos.

Él la abrazaba mientras ella sollozaba. La miraba con una ternura infinita, como si solo quisiera protegerla.

Era una escena llena de cariño. A Lucía, en cambio, le destrozaba el corazón.

Si aquella noche no hubiera ocurrido, Valeria sería ahora la esposa de Adrián. No ella, una huérfana que vivía de la caridad ajena.

Aunque no había provocado lo de aquella noche con Adrián, en ese momento la culpa le pesaba tanto que apenas podía soportarla.

—¿Todavía defiendes a esta perra, Valeria? ¡Si no hubiera preparado esa trampa, tú serías la señora Beltrán! ¡No habrías sufrido por separarte de Adrián hasta intentar quitarte la vida! ¡Y todavía hablas por ella! ¡Eres demasiado buena! —protestó Ernesto, indignado por su hija.

—No sigas, papá. —Valeria suspiró y miró a Lucía como si la hubiera herido profundamente—. Si estabas enamorada de Adrián, me lo hubieras dicho. Yo me habría hecho a un lado. ¿Por qué tuviste que hacer algo así para conseguirlo? Me decepcionaste muchísimo.

—Valeria, yo no fui quien…

—¡Todavía te atreves a negarlo! —Ernesto estalló de furia—. ¡Maldita perra, encima te pones a discutir! ¡Está bien, voy a matarte a golpes!

Agarró un banco de la habitación y lo alzó. Lucía se encogió de golpe y se cubrió el bajo vientre con ambas manos.

—¿Por qué no te largas? ¿Quieres que te maten aquí? —intervino Adrián con frialdad.

Ernesto se detuvo en seco, con el banco aún en las manos.

Temblando de pies a cabeza, Lucía se levantó del suelo, aterrada.

De reojo vio cómo Adrián seguía abrazando a Valeria con ternura. Le dolía el cuerpo y le dolía todo por dentro.

Por el bebé que llevaba en el vientre, no le quedó más remedio que largarse.

Bajó la cabeza y se cubrió la cara hinchada. Salió cojeando ante un grupo de curiosos que la señalaban y comentaban el espectáculo.

Al llegar a la entrada, descubrió que no tenía el celular. Tuvo que volver.

Las puertas del ascensor se abrieron justo cuando se acercaba. Para su sorpresa, Adrián salió de él.

Con su figura alta y su rostro de facciones perfectas, siempre destacaba entre la multitud.

Lo que Lucía no entendía era por qué se iba tan pronto. ¿No debería quedarse más tiempo con Valeria?

No se atrevió a darle más vueltas. Entró al ascensor con la cabeza gacha.

Se acercó en silencio a la habitación de Valeria, como una ladrona con miedo de que la descubrieran. El celular estaba allí, junto a la pared, al lado de la puerta.

Solo pensaba recogerlo e irse, pero al agacharse oyó una risa de Valeria. Sonaba fuerte, llena de energía.

—¡Ja! ¡Qué gusto me dio ver cómo golpeaban a esa pueblerina de cuarta hasta que ya no pudo ni levantar la cabeza!

¿Pueblerina de cuarta?

A Lucía le costó creerlo. ¿Estaba hablando de ella?

—Si yo no me hubiera equivocado de habitación aquella noche, la que habría dormido con Adrián sería yo. ¡Esa pueblerina de cuarta no se habría llevado el premio! ¡Me da asco pensar que Adrián se acostó con ella!

A Lucía se le fue el color del rostro. Se quedó rígida y hasta respirar le costó trabajo.

La verdad empezaba a tomar forma en su cabeza, pero se negaba a creerla.

Lucía no lograba creer que aquella mujer que escupía insultos y la llamaba puta fuera Valeria.

Desde el primer día en casa de los Suárez, Lucía la había visto como una joven de buena familia, elegante, amable y dulce. Pero ahora…

—¡Me hierve la sangre! ¡Lo había preparado todo! Le puse la droga en la bebida a Adrián y cité a los periodistas para la mañana siguiente. Tenían que encontrarnos juntos en el hotel para que ese viejo de los Beltrán aceptara nuestra boda. ¡Y al final leí mal el número de habitación, terminé acostándome con un maldito don nadie y la puta de Lucía se quedó con Adrián!

Así que esa era la verdad. Esa era la verdadera cara de la hermana que, un momento antes, había fingido defenderla.

Lucía se estremeció. De pronto, todo le pareció tan absurdo como triste.

Aquella era la mujer dulce y bondadosa que Adrián adoraba.

La señorita delicada y de modales impecables que todos admiraban.

La hermana a la que ella siempre había respetado.

—¡Tú también eres una tonta! ¿Cómo se te ocurre entrar en la habitación equivocada? —le reprochó Teresa.

—¡Porque yo también tomé un poco para animar la noche! ¡No sabía que esa porquería pegaba tan fuerte! —Valeria empezaba a perder la paciencia—. ¿Y ahora qué hacemos? ¡No soporto un minuto más a esa puta ocupando mi lugar como señora Beltrán! ¡Adrián es mío!

—Eso es fácil. Ya viste cómo se preocupó por ti. Pídeselo y se divorcia de esa mocosa en el acto —afirmó Ernesto, seguro de sí mismo.

Teresa también sonreía, satisfecha. —Tu padre tiene razón. El abuelo lo obligó a casarse con esa puta, pero él te ama a ti. Solo tienes que abrir la boca, hija. El lugar de señora Beltrán será tuyo.

Valeria soltó una risa despectiva. —¿Quién se cree esa perra para competir conmigo? Si su médula no hubiera sido compatible con la mía, jamás habría puesto un pie en esta casa. ¿Saben el asco que me da tener que llamarla hermana?

Al oírla, a Lucía se le nubló la vista. Un frío intenso le subió desde los pies.

Los Suárez no la habían adoptado por bondad. Lo habían hecho porque Valeria necesitaba su médula ósea.

Durante cinco años se habían llamado hermanas. Todo había sido una farsa.

A sus espaldas, ni siquiera la consideraban una persona. Para ellos solo era una puta callejera.

Lucía soltó una risa sin humor.

Qué ironía tan cruel.

Se le revolvió el estómago. Aquella verdad era tan repugnante que se sintió mal de pies a cabeza.

—¡Qué fastidio! Monté todo este numerito del intento de suicidio para que Adrián se enfureciera y se divorciara de esa perra de una vez. ¡Pero antes de que pudiera pedírselo, se fue por una reunión urgente! —se quejó Valeria.

También el intento de suicidio era mentira. Solo había sido una actuación para Adrián, una forma de empujarlo a divorciarse de Lucía cuanto antes.

A Lucía le pareció ridículo. ¿Cómo podía un hombre tan inteligente como él haberse enamorado de una mujer así?

—No te desesperes, hija. Más tarde lo llamo y le digo que esa perra vino a buscarte pleito, te alteró tanto que perdiste el control y volviste a intentar matarte. ¡Ya verás cómo entonces acepta divorciarse de inmediato!

Lucía oyó el nuevo plan de Teresa. Valeria pareció encantada.

—¡Mamá, eres un genio! ¡Eso haremos!

En ese instante se hizo pedazos el último resto de cariño que Lucía sentía por aquella supuesta familia.

Soltó una risa suave. Ya no tenía por qué contenerse. Empujó la puerta y entró. —Pues yo también estoy segura de algo: mientras yo viva, tú no vas a ser la señora Beltrán, Valeria.

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