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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10 — Un regalo envenenado

La abuela ocupa el lugar de honor en el salón principal, rodeada de sus hijos, nietos y un ejército de aduladores que compiten por su atención. La luz de las arañas de cristal rebota en las joyas de las invitadas, en los vestidos de seda y en las copas de champán que los meseros reparten con sonrisas ensayadas. Todo brilla. Todo es falso.

Yo camino entre las mesas con la espalda recta y el mentón levantado, aunque por dentro cuento los minutos. El vestido que llevo es sencillo, de corte recto, color marfil. No es de marca. No me importa. Las miradas de las invitadas me recorren de arriba abajo, evaluándome, descartándome. Susurran entre ellas con esas bocas que sonríen mientras destripan reputaciones.

—¿Esa es la Solares adoptada?

—Pobrecita, mira cómo viste.

Las ignoro. Tengo cosas más importantes que hacer.

Camila ya se me adelantó. Ha interrumpido el brindis y ahora está de pie junto a la abuela, con esa sonrisa ensayada que le sale tan bien y un estuche de joyería de terciopelo rojo en la mano.

—Abuelita, le traje un regalo muy especial —dice con voz almibarada, inclinándose para que la abuela pueda escucharla por encima del murmullo—. Son unas pulseras de esmeraldas, trabajadas a mano. Me costó muchísimo encontrarlas. Pero usted se merece lo mejor.

Las invitadas murmuran. Alguien susurra «esmeraldas auténticas» y el rumor se expande como una onda en el agua. Dos mujeres con collares de diamantes se acercan para ver mejor.

La abuela abre la caja con dedos expertos. Saca las pulseras y las examina contra la luz, girándolas despacio. Las piedras centellan con un brillo verdoso que, para un ojo no entrenado, resulta convincente.

Yo me quedo atrás, observando. Con los brazos cruzados y la expresión más inocente que soy capaz de fabricar.

Porque esas pulseras no son las que yo compré en la subasta. Son las réplicas baratas que adquirí en la tienda de imitaciones del centro de Puerto del Sol.

La trampa funcionó exactamente como la diseñé.

Camila las robó de mi bolso esta tarde, convencida de que estaba quedándose con lo valioso. Yo la vi hacerlo. Desde la puerta del cuarto de al lado, con la respiración contenida y los labios apretados para no sonreír. Le dejé creer lo que quiso creer. Antes de salir de la casa, cambié la caja: puse las pulseras baratas dentro del estuche elegante y guardé las auténticas donde ella jamás buscaría.

La avaricia de Camila es tan predecible como el amanecer. Y tan útil.

La abuela sonríe, satisfecha con la presentación. Las pulseras falsas brillan lo suficiente para pasar una inspección superficial bajo la luz de las arañas.

—Qué bonitas, Camila. Muy considerado de tu parte.

—Es lo menos que merece usted, abuelita —responde Camila, y lanza una mirada de soslayo en mi dirección.

Su expresión dice: gané.

Espero tres segundos. Dejo que saboree su victoria. Luego camino hacia la abuela con paso tranquilo, sin apuro, como quien tiene todo el tiempo del mundo.

—Abuela, yo también le traje algo.

Saco de mi bolso un estuche rectangular de cuero repujado, con pequeños herrajes de plata en las esquinas. Lo abro con cuidado y lo acerco con una sonrisa cortés.

Dentro, recostado sobre terciopelo negro, descansa un manuscrito botánico del siglo XVIII. La encuadernación de cuero conserva un escudo casi borrado y las láminas interiores muestran plantas medicinales pintadas a mano. Debajo del volumen, una tarjeta con caligrafía elaborada.

La caligrafía de Diego Estrada.

—Es una primera edición del herbario de Esteban Salvatierra —digo con voz clara, lo suficientemente alta para que las mesas cercanas me escuchen—. Me tomó tiempo encontrarla, pero sé cuánto le interesa la historia de la medicina, abuela. Espero que la disfrute.

La abuela toma la caja con sumo cuidado. Sus ojos se agrandan. Recorre la cubierta sin tocar las páginas. Luego la examina con esos dedos viejos que han sostenido esmeraldas auténticas, cerámica colonial y documentos con firmas de gobernadores.

—Dios mío, el herbario de Salvatierra. ¿Dónde lo encontraste, hija?

—Tengo mis contactos —respondo, permitiéndome una sonrisa mínima, apenas una curvatura en la comisura de los labios.

Las invitadas se acercan, abandonando sus conversaciones previas. Una mujer con collar de perlas y guantes de encaje comenta en voz baja que un ejemplar así puede valer más que un departamento en el centro de Puerto del Sol. Otra dice que ni en las subastas internacionales aparecen primeras ediciones completas con facilidad. Una tercera calcula cifras en voz alta y el número que menciona provoca un coro de exclamaciones ahogadas.

La abuela deja las pulseras de Camila sobre la mesa sin mirarlas dos veces. Las réplicas baratas yacen abandonadas sobre el mantel bordado, inertes, olvidadas.

—Valentina, hija, esto es demasiado. No debiste molestarte.

—Para usted, nada es demasiado, abuela.

Camila palidece. La sonrisa se congela en su cara como cera derretida que se enfría de golpe. Mira las pulseras abandonadas sobre la mesa, luego me mira a mí. Puedo ver el momento exacto en que su cerebro empieza a hacer cálculos. Ella robó lo que creía valioso de mi bolso. Lo que presentó como suyo eran las pulseras baratas. Pero no puede decir nada. Si protesta, admite que robó mi regalo. Si exige una explicación, se delata. Si calla, pierde.

Calla.

Del otro lado del salón, Diego me observa. Su mandíbula está tensa, los músculos del cuello marcados bajo el cuello de su camisa. Sus ojos van del manuscrito a mis manos, y luego a la tarjeta que asoma bajo el terciopelo, con su propia caligrafía inconfundible.

Acaba de reconocerlo.

Ese manuscrito estaba en su cajón privado, en su estudio, dentro de una caja fuerte cuya combinación él creía que nadie más conocía. Lo compró para usarlo como obsequio familiar y reforzar su posición como heredero indiscutible de los Estrada.

Y yo se lo quité. De su propia caja fuerte, con la combinación que memoricé en mi vida anterior porque fui yo quien la programó.

Diego se abre paso entre los invitados con pasos rígidos, contenidos. Se acerca a Camila y le susurra algo al oído. Ella abre mucho los ojos. Él la toma del codo y la lleva hacia un rincón del salón.

Yo me retiro a una esquina, tomo una copa de vino blanco de la bandeja de un mesero que pasa, y bebo un sorbo lento. La satisfacción es silenciosa, contenida, como la de un ajedrecista que ve caer la torre enemiga sin mover un músculo de la cara. No necesité gritar. No necesité golpear. Usé la codicia de Camila como un arma contra ella misma.

En mi vida anterior, Camila robó las pulseras auténticas y las presentó como suyas ante la abuela. Quedé humillada con un regalo barato que provocó las burlas de todas las invitadas. La abuela me regañó frente a todo el mundo. Esa humillación me persiguió durante meses.

Esta vez, le dejé robar basura. Y ella la presentó con gran ceremonia.

Las invitadas siguen felicitando a la abuela por el manuscrito. Nadie nota la tensión subterránea. Nadie ve a Camila morderse el labio inferior hasta dejarlo blanco. Nadie percibe los puños apretados de Diego dentro de los bolsillos de su pantalón de diseñador.

Excepto yo.

Me termino la copa y dejo el cristal vacío sobre una bandeja. La fiesta continúa. La música de un cuarteto de cuerdas llena el salón con melodías que nadie escucha de verdad. Los meseros reparten el tercer plato. Las conversaciones suben de volumen a medida que el alcohol hace su trabajo.

Media hora después, la abuela se retira a descansar escoltada por dos enfermeras. Los invitados empiezan a dispersarse en pequeños grupos que gravitan hacia las terrazas y los jardines. Busco mi abrigo en el guardarropa y camino hacia la salida lateral, la que da al estacionamiento por un callejón empedrado.

Antes de llegar a la puerta, una mano me sujeta el codo. Los dedos aprietan con más fuerza de la necesaria.

Diego.

Su rostro está compuesto, pero los músculos de su cuello delatan la furia contenida. La sonrisa practicada ha desaparecido. Habla en voz baja, apenas un susurro que las invitadas cercanas no pueden escuchar.

—¿De dónde sacaste ese manuscrito?

Lo miro de frente. No parpadeo.

—De tu cajón de los secretos, cariño.

Diego aprieta los dientes. Una vena le late en la sien izquierda.

—Valentina, escúchame. No sé a qué estás jugando, pero esto tiene consecuencias. Ese manuscrito era para mi familia. ¿Tienes idea de lo que...?

—Esto —lo interrumpo con una voz tan baja que solo él puede oírme— es exactamente lo que te mereces. Cada cosa que me robaron, la voy a recuperar. Pieza por pieza. Y tú no vas a poder hacer nada para impedirlo.

Le sostengo la mirada tres segundos más. Luego me suelto de su mano con un movimiento seco y camino hacia el estacionamiento sin voltear.

El aire de la noche es frío. Huele a jazmín y a tierra mojada después de una lluvia reciente. Mis tacones resuenan contra el empedrado del callejón lateral que conecta la residencia con el estacionamiento trasero. Las farolas aquí son escasas, dos de cada tres están apagadas, y las sombras de los muros altos se extienden sobre el suelo como charcos de tinta.

Saco el teléfono. La pantalla está negra. Sin batería.

Acelero el paso. El callejón es estrecho, flanqueado por los muros de la residencia a un lado y una barda de piedra cubierta de enredaderas al otro. Mis propios pasos son el único sonido. El cuarteto de cuerdas se escucha cada vez más lejos.

Entonces, las sombras se mueven.

Algo me golpea en la espalda con una fuerza que me arranca el aliento. El impacto me lanza hacia adelante. Mis rodillas chocan contra el empedrado y el dolor sube por mis piernas como una descarga eléctrica.

Antes de que pueda gritar, una tela oscura me cubre la cabeza. Huele a gasolina y a humedad.

Y los golpes empiezan a caer.

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