Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 10
Cap 10 — Distancia profesional
El Licenciado Montero no contestó el teléfono.
No era la primera vez. Ni la segunda.
Valentina había llamado tres veces en los últimos cuatro días —siempre por asuntos del caso, siempre en horario de oficina, siempre con una excusa perfectamente legítima—, y las tres veces había caído a buzón de voz.
Los correos, en cambio, los respondía. Pero de una forma que dolía más que el silencio.
Señora Solano: Adjunto el reporte actualizado del perito contable. La audiencia de seguimiento se programa para el 15 del presente mes. Quedo a sus órdenes. Lic. S. Montero.
Ni un «Valentina». Ni un punto fuera de lugar. Ni un solo indicio de que dos semanas atrás ese hombre se había dormido en su cama con el brazo rodeándole la cintura.
Era como si la noche nunca hubiera existido.
Como si Valentina hubiera soñado el peso de su brazo, el olor de su colonia en las sábanas, la forma en que había dicho su nombre en la oscuridad.
A veces, a las tres de la mañana, Valentina se preguntaba si realmente lo había soñado.
Luego se tocaba los labios y sabía que no.
En el piso dieciséis de Montero & Asociados, la asistente de recepción —una chica llamada Fernanda que llevaba tres años en el bufete y se consideraba experta en el humor del jefe— le sirvió café a su compañera Lucía con expresión de quien va a compartir inteligencia militar clasificada.
—Te lo digo, algo le pasó.
—¿Al Licenciado?
—¿A quién más? Lleva dos semanas insoportable. Ayer le devolvió un informe a Gómez porque la grapa estaba torcida. ¿La grapa, Lucía? ¿Desde cuándo le importan las grapas?
—A lo mejor tuvo un mal día.
—¿Dos semanas de mal día? No. Esto es otra cosa. —Fernanda bajó la voz—. Yo creo que es por una mujer.
—El Licenciado Montero no tiene mujeres.
—Exacto. Por eso está así. Porque tiene una y no sabe qué hacer con ella.
Lucía se rio.
Fernanda le lanzó una mirada de exasperación.
—Ríete, pero el viernes lo vi mirando el celular durante cuarenta segundos sin hacer nada. Cuarenta segundos. El Licenciado Montero. Mirando un celular. Sin leer, sin escribir, sin hablar. Solo mirando.
—A lo mejor estaba pensando en un caso.
—Nadie mira un celular así por un caso. Esa es cara de alguien que quiere escribir un mensaje y no se atreve.
Lucía iba a responderle algo, pero la puerta del despacho principal se abrió y las dos se callaron al instante. Como ratones que escuchan al gato.
Sebastián salió con un expediente bajo el brazo y la mandíbula tan apretada que parecía esculpida en piedra. Llevaba el mismo traje gris de siempre, impecable, pero las ojeras eran nuevas.
Pasó frente a las dos sin mirarlas.
—Fernanda, cancela la reunión de las tres. Lucía, necesito el expediente Reyes en mi escritorio en cinco minutos.
Las dos se enderezaron como soldados. Sebastián desapareció por el pasillo.
Fernanda le dio un codazo a Lucía.
—¿Ves?
Valentina llegó al bufete a las once de la mañana del martes con el estómago hecho nudo.
Se había dicho a sí misma que venía por el caso. Que necesitaba hablar con Sebastián sobre los estados de cuenta que había conseguido del banco —Martín había estado transfiriendo dinero a la cuenta de Gladys hasta una semana antes de la audiencia, lo cual demostraba que el ocultamiento de bienes era premeditado y continuo—.
Eso era cierto. Era una razón perfectamente válida para estar ahí.
Lo que no era tan válido era la hora que había pasado eligiendo qué ponerse.
Ni las tres veces que se había cambiado de blusa frente al espejo mientras Doña Carmen la miraba desde la puerta de la habitación con una ceja levantada y una pregunta que tuvo la sabiduría de no hacer.
Se había puesto una blusa blanca, la mejor que tenía, y unos pantalones oscuros que le quedaban bien. Se había lavado el pelo y se lo había dejado suelto, porque... porque sí. Porque hacía calor. Porque quería.
Fernanda la recibió con una sonrisa cómplice que Valentina decidió no analizar.
—Señora Solano, pase a la sala tres. El Licenciado la espera.
La sala tres. La misma sala donde se habían conocido.
Valentina caminó por el pasillo intentando no pensar en la primera vez que lo había recorrido, con la bolsa del hospital en el hombro y el mundo rompiéndose a su alrededor.
Abrió la puerta.
Sebastián estaba de pie junto a la ventana, con la espalda hacia ella, leyendo un documento. La luz de la mañana le daba de costado y le iluminaba el perfil: la línea de la nariz, la mandíbula, las pestañas.
Valentina tragó saliva.
Él se volvió.
—Señora Solano. Siéntese, por favor.
Señora Solano.
Valentina se sentó. Sacó la carpeta con los estados de cuenta y la puso sobre la mesa.
—Encontré más transferencias. Desde enero hasta la semana antes de la audiencia. Todas a la cuenta de Gladys.
Sebastián tomó la carpeta sin mirarla. Es decir, sin mirar a Valentina.
Abrió la carpeta, revisó los documentos, hizo anotaciones en su libreta con el mismo bolígrafo de siempre. Cada movimiento era eficiente, mecánico, desprovisto de cualquier cosa que pudiera confundirse con emoción.
Pero sus dedos.
Valentina lo notó porque era contadora. Porque los números y los detalles eran su lenguaje.
Los dedos de Sebastián contaban una historia diferente a la de su cara.
Cuando tomó la carpeta, sus dedos rozaron los de ella. Fue un contacto de medio segundo —la punta de su índice contra el dorso de la mano de Valentina— y él retiró la mano tan rápido que nadie más lo habría notado.
Pero ella lo notó.
Y él sabía que ella lo había notado, porque desvió la mirada hacia la ventana durante un instante antes de volver al documento.
—Las transferencias son consistentes con el patrón de ocultamiento que ya documentamos —dijo, con la voz perfectamente plana—. Las incorporo al expediente. ¿Algo más?
Sí, quiso decir Valentina. Quiero saber por qué no me contestas el teléfono. Quiero saber si piensas en esa noche tanto como yo. Quiero saber si cuando dijiste que era tu primera vez lo decías en serio, y si lo decías en serio, quiero saber cómo es posible que alguien como tú haya esperado treinta y tantos años y la primera persona con la que...
—No —dijo—. Nada más.
Sebastián cerró la carpeta.
—La audiencia de seguimiento es el viernes quince. La espero aquí a las ocho. Traiga identificación y los originales de estos estados de cuenta.
—Está bien.
Silencio.
El tipo de silencio que no es vacío sino lleno —lleno de todo lo que ninguno de los dos está diciendo, de la presencia del otro en la habitación, de la memoria compartida de una noche que según el acuerdo no ocurrió—.
Valentina se puso de pie. Recogió su bolsa. Caminó hacia la puerta.
—Valentina.
Se detuvo. El corazón le dio un salto tan fuerte que lo sintió en la garganta.
Se volvió.
Sebastián estaba de pie junto a la mesa, con la carpeta en la mano y una expresión que era la misma de siempre —seria, profesional, hermética— excepto por los ojos.
Los ojos decían otra cosa. Los ojos decían algo que él probablemente no quería que dijeran.
Abrió la boca. La cerró.
Valentina vio el esfuerzo que le costaba, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de una pared de concreto para salir.
—Los rasguños —dijo al fin—. ¿Sanaron?
Valentina se tocó la mejilla izquierda, donde Gladys la había arañado. Las marcas ya casi no se veían.
—Sí. Ya casi no se notan.
Sebastián asintió una vez. Luego volvió a sentarse, abrió otro expediente y no la miró más.
Valentina salió de la sala, cruzó el pasillo, pasó frente a Fernanda —que le dirigió una mirada que era medio sonrisa, medio interrogatorio— y no respiró hasta que estuvo dentro del elevador con las puertas cerradas.
Se apoyó contra la pared.
Le había preguntado por los rasguños.
En medio de la distancia profesional, de los correos fríos, de las llamadas sin contestar, le había preguntado si estaba bien.
Borrón y cuenta nueva, le había dicho ella.
Qué mentira tan estúpida.
que le consiguió ese trabajo?