Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 22: Días de Lluvia, Noches de Fuego
La lluvia se instaló sobre la ciudad durante días, gris y persistente, igual que la tensión que flotaba en el aire. Las amenazas no cesaron del todo: llamadas silenciosas, coches que aparecían y desaparecían, miradas que se clavaban en ellos donde quiera que fueran. Gabriel endureció las medidas de seguridad, pero también su carácter: cada vez más silencioso, cada vez más protector, como si quisiera encerrarla en una fortaleza de cristal para que nada la rozara.
Renata comprendía su miedo, pero empezaba a ahogarse en él.
—No soy una muñeca de porcelana, Gabriel —le dijo una tarde, mientras él revisaba las cerraduras por tercera vez en la noche—. No se rompe solo con mirarme. Si me encierras, me matas igual que si alguien me hiciera daño afuera. ¿No lo ves?
Gabriel se detuvo de golpe, la espalda tensa como una cuerda a punto de romperse. Giró lentamente hacia ella, con ojos oscuros y cansados, profundas ojeras bajo la mirada que no quería admitir derrota.
—Solo intento mantenerte viva.
—¿Viva o escondida? —le replicó ella firme, acercándose un paso—. Te quiero a mi lado, no vigilándome la espalda como si el mundo entero quisiera devorarme. Confía en mí. En nosotro.
Él cerró los ojos y soltó el aire entre los dientes, dejando caer los hombros, toda esa coraza de acero desmoronándose en un instante.
—Es difícil —confesó con voz ronca—. Cuando la lluvia suena así… me transporta a aquella noche. Al miedo de perder algo irremplazable otra vez. No sé soportarlo si te pierdo a ti, Renata. No sobreviviría.
El dolor en sus palabras la partió por la mitad. Se acercó y le tomó el rostro entre las manos, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Estoy aquí. Tocándote. Respirando contigo. No soy un recuerdo, Gabriel. Soy real. Y estoy a tu lado pase lo que pase. Pero no me apartes de ti. Úneme más.
Gabriel la atrajo contra sí con un gruñido ahogado, abrazándola con tanta fuerza que dolía, un dolor hermoso de pertenencia absoluta. La lluvia golpeaba los cristales con furia, pero dentro la chimenea ardía viva y dorada.
—Enséñame a ser solo tuyo esta noche —le suplicó contra su boca—. Olvida el imperio, olvida el peligro, olvida el pasado. Solo tú y yo. Ahora. Siempre.
Renata no respondió con palabras. Lo llevó hacia la alfombra frente al fuego y lo amó despacio, con el sonido de la lluvia como música de fondo. Cada roce era una promesa, cada beso un recordatorio, cada gemido un juramento: aquí estoy, no te voy a ninguna parte. Gabriel respondía con la misma intensidad, devolviéndole cada caricia multiplicada, perdiéndose en su cuerpo como si fuera el único refugio real sobre la tierra. Esa noche no hubo amos ni sumisas, solo dos almas desesperadas por fundirse en una para que el dolor no pudiera entrar entre sus grietas.
Al amanecer, la lluvia amainó. Despertaron entrelazados, piel con piel, sudor seco y calor compartido. Gabriel la miraba como si la estuviera viendo por primera vez, con una luz nueva en la mirada.
—Tienes razón —le dijo acariciándole el cabello revuelto sobre la almohada—. No puedo protegerte de todo. Pero puedo pelear contigo contra todo. Y eso haré. De ahora en adelante. Siempre de la mano.
Renata sonrió y le besó la palma de la mano que reposaba en su mejilla.
—Así me gusta. Juntos. Llueva o truene.
Gabriel la estrechó contra sí y miró hacia la ventana, donde el sol empezaba a rasgar las nubes grises. La tormenta no había terminado, lo sabía. Pero mientras estuvieran así, abrazados, el resto era solo ruido de fondo. Y el amor… el amor era el hogar al que siempre volvían.