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Ni de rodillas te perdono

Ni de rodillas te perdono

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Venganza de la protagonista / Venganza de la Esposa / Juego de roles / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: Lágrimas de Sirena

Esto lo até después, con retazos que me contaron y con lo poco que Max, meses más tarde, llegó a admitir. Pero cuenta ahora, porque explica lo que pasó esa misma semana, algo que yo sí viví con mis propios ojos.

Esa semana, en una exposición privada de joyería a la que asistió por negocios —un contacto que buscaba financiamiento para una colección, nada que a él normalmente le interesara—, Max se quedó detenido frente a una vitrina con un collar de piedras azules, luminosas, talladas para atrapar la luz como si guardaran agua adentro.

—"Lágrimas de Sirena" —le dijo el joyero, notando su interés—. Pieza única. ¿Se la lleva para su prometida?

Max no contestó de inmediato. Se quedó mirando el azul de las piedras, y sin que él mismo pudiera explicárselo, la imagen que le vino a la cabeza no fue la de Bianca, con quien llevaba meses de compromiso arrastrado, sino la mía, temblando contra una columna la noche de la gala, sin una sola lágrima cayéndole por la cara.

—Me la llevo —dijo, sin más explicación, y pagó de impulso, guardando el estuche en el bolsillo interior del saco como quien guarda algo que no sabe todavía si se atreverá a usar.

El joyero, con la profesionalidad de quien ha visto a muchos hombres ricos comprar joyas por razones que ni ellos mismos entienden, no preguntó más. Envolvió la pieza con cuidado, y Max salió de esa exposición con un peso nuevo en el bolsillo, distinto a cualquier compra que hubiera hecho antes: no era un objeto para presumir, ni un regalo calculado para cerrar un trato. Era, aunque él todavía se negara a nombrarlo así, un gesto que no tenía ninguna lógica de negocios detrás.

—————

Esa misma semana, en un evento social distinto —una cena de beneficencia donde acepté ir solo porque el licenciado Ortega insistió en que mi presencia consolidaba la imagen de Grupo Linares—, don Lázaro Beltrán me encontró sola cerca del bar.

Lo conocía de las cenas de mi abuelo, un empresario de manos siempre demasiado cerca y un aliento que delataba las copas de más; incluso de niña recordaba a mi abuelo interponiéndose entre él y cualquier mujer joven del servicio, sin necesidad de dar explicaciones. Me arrinconó contra la pared junto a una columna decorativa, sujetándome del brazo con esa insistencia grosera que ya había aprendido a reconocer en hombres como él.

—Renata, preciosa, tanto tiempo —dijo, acercándose más de lo necesario—. Ahora que ya no tienes ese prometido tan fiero cuidándote, deberíamos ponernos al día tú y yo, ¿no crees?

Miré alrededor, buscando alguna salida, algún rostro que pudiera ayudarme, pero el salón entero estaba ocupado en su propia conversación, ciego a la escena como suele estarlo la gente de dinero cuando el que abusa es uno de los suyos.

—Suélteme, don Lázaro.

—No seas así —insistió, apretando más el agarre—. Una mujer sola en tu situación necesita amigos poderosos que...

—Dijo que la suelte.

La voz de Max cortó el aire antes de que yo pudiera reaccionar. Llegaba tarde al evento, y cruzó el salón sin decir nada más, tomando a don Lázaro del cuello de la camisa con una fuerza que lo levantó casi de puntas.

—Si vuelves a acercarte a ella, te juro que ningún trato tuyo con Grupo Bracamonte vuelve a firmarse jamás —dijo, con esa voz baja que ya reconocía como la más peligrosa de todas—. Y me voy a asegurar de que nadie más en esta ciudad quiera hacer negocios contigo tampoco.

—Y-yo no sabía que ustedes seguían... —tartamudeó don Lázaro, buscando alguna excusa que sonara razonable—. Pensé que ya no había nada entre...

—No hay nada entre nosotros —lo cortó Max, sin soltarlo todavía—. Y aun así, vuelves a tocarla y te arrepientes el resto de tu vida. ¿Quedó claro?

Don Lázaro, pálido, asintió repetidas veces, se disculpó atropelladamente y desapareció entre la gente sin mirar atrás, dejando su copa a medio terminar sobre una mesa cercana.

Me quedé ahí, todavía temblando por el susto, apoyada contra la columna, sintiendo el corazón latirme demasiado rápido para algo que ya había terminado. Max se acomodó el saco, respirando todavía agitado, y por un segundo pareció tan sorprendido de su propia reacción como yo.

—¿Estás bien? —preguntó, y esta vez la pregunta le salió más fácil que en la gala, como si la práctica empezara a soltarle la lengua.

—Sí. Gracias —dije, con una frialdad que no lograba esconder del todo mi sorpresa.

—No lo hice por ti —contestó, cortante, apartando la mirada de golpe, como arrepentido de haber preguntado—. Odio a los tipos como él. Eso es todo.

—Claro —dije, sin creerle una sola palabra, pero sin la energía de discutírselo—. Como sea. Gracias, de todos modos.

Julián se acercó unos minutos después, alertado por alguien que le contó del incidente, y me encontró todavía respirando hondo junto a la columna.

—¿Estás bien? Me dijeron que don Lázaro...

—Max llegó antes —dije, y algo en mi propia voz, al decirlo, me sonó raro, como si esa frase ya se hubiera vuelto costumbre—. Otra vez.

Julián no dijo nada, pero algo le cruzó la cara: no celos exactamente, sino una especie de reconocimiento silencioso, como si empezara a notar, igual que yo, el patrón que se estaba formando sin que ninguno de los dos lo hubiera pedido.

Se alejó antes de que yo pudiera responderle nada más, dejándome con la misma pregunta sin resolver que llevaba cargando desde la gala: por qué, si tanto insistía en que no le importaba, seguía apareciendo justo cuando alguien intentaba hacerme daño.

—————

Esa noche, solo en su auto, de vuelta a casa, Max sacó el estuche del bolsillo del saco y lo miró largo rato bajo la luz del tablero.

Abrió la tapa. Las piedras azules brillaron débilmente en la oscuridad del auto, y por un momento pareció que iba a guardarlo, decidido, para dármelo al día siguiente, con cualquier excusa que se le ocurriera a tiempo. Se imaginó, quizás, entregándomelo sin explicación, viendo qué cara ponía yo al recibirlo. Pero la imagen se rompió sola: se imaginó también mi desconfianza, la pregunta obligada de por qué, después de todo lo que me había hecho, un collar debía cambiar algo.

Cerró la tapa de golpe, como quien se arrepiente a mitad de un gesto que todavía no entiende del todo, y guardó el estuche en la guantera, entre papeles del auto y un par de guantes viejos, sin decidirse.

No me lo dio esa noche. Ni la siguiente. El collar se quedó ahí, esperando, guardado como una promesa que ni siquiera su dueño sabía todavía si tenía el valor de cumplir.

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Guylaine Sevillano
no me gustó q perdonará a Max...
no va con el nombre d la novela
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