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LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

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CAPÍTULO 8 — SETENTA Y OCHO MILLONES Y UNA ELECCIÓN IMPOSIBLE

La llamada se cortó con un chasquido seco que resonó en la sala como un disparo. Durante diez segundos nadie respiró. Solo se oía el reloj de la pared marcando los segundos, uno tras otro, imparable, como si ya estuviera contando regresivamente las setenta y dos horas que les quedaban. Sesenta millones de pesos. Tres días. Los niños como moneda de cambio.

Leonardo fue el primero en moverse. Cerró el puño con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, caminó hacia la puerta principal y la cerró con llave, luego pasó el cerrojo. Después fue por todas las ventanas de la planta baja, cerrándolas una por una, asegurando los pestillos, con la mandíbula apretada hasta que le temblaban los músculos de la mejilla. No gritó. No insultó. Eso daba más miedo que cualquier grito.

Doña Carmen bajó las escaleras de dos en dos, se había despertado con el alboroto, la bata de casa puesta, el pelo blanco despeinado. En cuanto vio las caras de ambos, no tuvo que preguntar nada.

—¿Ya vinieron por el dinero? —dijo, y su voz no temblaba ni un poco.

Elisa asintió, sentándose en el borde del sofá, con las manos entrelazadas tan fuerte que le dolían los dedos. Tenía la garganta cerrada, como si alguien le hubiera metido un puño ahí adentro. Había pensado que lo peor era que descubrieran su mentira. Había pensado que lo peor era que Leonardo la odiara, que la echara de la casa, que la llamara impostora. Pero esto era mil veces peor. Ahora todos corrían peligro por culpa de su hermana. Los niños. Doña Carmen. Leonardo. Incluso su madre enferma, a cientos de kilómetros de distancia.

—Vamos al despacho —dijo Leonardo finalmente, con la voz ronca y baja—. Ahora. Y cerramos con llave. Nadie se entera de nada. Ni los niños, ni la empleada, ni los vecinos. Mientras menos gente sepa, más seguros están ellos.

Caminaron los tres en silencio por el pasillo oscuro. Elisa sentía que cada paso le pesaba como plomo. Cuando entraron al despacho, Leonardo cerró la puerta, giró la llave dos veces y empujó el mueble pesado de libros contra ella, para que nadie pudiera entrar ni siquiera con una copia. Doña Carmen encendió la lámpara de la mesa, cuya luz amarilla y suave iluminó las tres caras tensas reflejadas en el cristal del escritorio.

Leonardo agarró un bloc de hojas blancas y un bolígrafo, dibujó una línea gruesa en el centro y escribió en la parte de arriba, con letra firme y grande: **72 HORAS. 60 MILLONES**. Luego miró a las dos mujeres, una por una.

—Vamos a hacer esto ordenadamente —dijo—. Primero: ¿cuánto tenemos disponible hoy mismo, en efectivo o en cosas que podamos vender en menos de veinticuatro horas? Segundo: ¿qué sabemos de ese hombre, de cómo se llama, dónde está? Tercero: ¿qué hacemos con Valeria? Porque ahora ya no es solo una molestia. Es cómplice de un secuestro anunciado. Y no la vamos a dejar seguir jugando con nosotros.

Empezaron por el dinero. Leonardo sacó su teléfono, entró a la aplicación del banco, y su cara se oscureció más todavía cuando vio los números.

—En mis cuentas corrientes tengo cuatro millones ochocientos mil —dijo, apuntando en el papel—. Tengo un depósito a plazo que vence el próximo mes, doce millones. Si lo cancelo antes me quitan la mitad de los intereses, pero me quedan unos diez con ochenta. Eso son casi quince millones entre los dos. Nada más.

—¿Y las joyas de Valeria? —preguntó Doña Carmen, frunciendo el ceño—. Tiene un collar de diamantes que le regalaste por el quinto aniversario, los aretes de esmeraldas, el reloj de oro… todo eso debe valer unos buenos millones.

Leonardo negó con la cabeza, amargado.

—Ya no están. Fui a la caja fuerte del banco la semana pasada para sacar unos papeles. Estaba vacía. Todo lo que valía algo se lo llevó ella. Incluso la medalla de oro de mi padre, que no valía mucho pero era lo único que me quedaba de él.

Elisa cerró los ojos. Por supuesto. Valeria lo había vendido todo. Había vaciado cada rincón, cada caja, cada cuenta, para alimentar su adicción al juego y su vida lujosa con ese hombre. Nada le había importado. Ni el recuerdo del suegro, ni el futuro de sus propios hijos.

—Yo tengo tres millones doscientos mil —dijo Elisa de repente, con la voz baja pero clara.

Ambos la miraron, sorprendidos.

—¿Tú? —preguntó Leonardo—. ¿De dónde…?

—Son los ahorros de toda mi vida —explicó ella, encogiéndose de hombros, como si no fuera nada, aunque por dentro sentía que le arrancaban un pedazo del corazón—. Trabajé doce años en la tienda de ropa, limpié casas los fines de semana, cosí uniformes por las noches. Todo lo que ganaba lo guardaba, uno a uno, para la operación de la rodilla de mi madre. Ella no puede caminar bien desde hace dos años, y la seguridad social no la opera hasta dentro de otro año y medio. Yo iba a pagarla por privado. Ahora… —hizo una pausa, tragó saliva—. Ahora los niños son más importantes.

Doña Carmen extendió la mano y le apretó la suya, con fuerza. Sus viejos ojos estaban húmedos.

—Eres más mujer que mi nuera en todo lo que ha vivido —dijo, con la voz rota—. Yo también pongo lo mío. Tengo ocho millones en la cuenta de jubilación, ahorrados desde que Leonardo era chico. Y el departamento chiquito que tengo en la costa, frente al mar. Lo puedo vender rápido, por menos de lo que vale, pero en dos días me dan veintidós millones seguro. Además tengo las joyas de mi madre: un broche de perlas, un anillo de compromiso, una cadena de oro. Eso suma unos tres millones más.

Leonardo apuntó todo en el papel, sumando rápido con la cabeza.

—Quince más tres más ocho más veintidós más tres —murmuró—. Cincuenta y un millones. Nos faltan nueve. Nueve millones en dos días y medio.

—Podemos pedirle a tus amigos —propuso Elisa—. Al socio de la oficina, al primo ingeniero… ellos tienen dinero. Se los devolvemos en cuanto vendamos todo.

Leonardo negó con la cabeza, desanimado.

—No puedo. Si les cuento la verdad —que mi mujer me robó, que tiene deudas con prestamistas, que amenazan con llevarse a mis hijos— me ven como un hombre débil, arruino mi reputación, mi trabajo, todo. Y si les miento, invento una emergencia, luego tendré que explicarles por qué necesité tanto dinero de golpe. No puedo arriesgarme. No con los niños de por medio.

El silencio volvió a caer sobre ellos, pesado y frío. Cincuenta y uno. Faltaban nueve. Nueve millones que no sabían de dónde sacar. Y el reloj seguía corriendo.

—Entonces hay que hablar con él —dijo Doña Carmen de golpe, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Con ese tal Ramiro, el que llamó. Vamos a verlo cara a cara. Le explicamos que Valeria nos robó a todos también, que no somos sus cómplices. Le ofrecemos los cincuenta y uno que tenemos ya, y le pedimos un plazo más para el resto. Un hombre de negocios como él prefiere cobrar algo ahora y el resto después, que arriesgarse a meterse en un lío de secuestro de niños que lo puede mandar a la cárcel veinte años.

—¿Y si no quiere negociar? —preguntó Elisa, temblando solo de pensarlo—. ¿Si nos ataca cuando vayamos?

—No irás tú —dijo Leonardo inmediatamente, mirándola a los ojos—. Yo voy solo.

—Ni lo sueñes —lo cortó Doña Carmen, dura como una roca—. Vas tú y ella. Dos son más que uno. Y además… —se giró hacia Elisa, con una chispa astuta en los ojos—. Eres igualita a Valeria. Cuando ese hombre te vea, va a dudar por unos segundos. No va a saber si eres tú o si es ella que volvió para pagarle. Esos segundos pueden salvarnos la vida.

Elisa se quedó pensándolo. Tenía razón. Su cara era la mejor arma que tenían. La misma cara que la había metido en todo este lío, podía ser la que la sacara. Asintió con fuerza.

—Voy —dijo—. Pero primero tenemos que saber dónde encontrarlo.

Fue entonces cuando recordaron la caja de secretos. La volvieron a sacar del cajón cerrado con llave, volcaron todo el contenido otra vez sobre el escritorio, pasando papel por papel, buscando cualquier pista. Al fondo, debajo de todas las facturas, encontraron una tarjeta de cartón negro, brillante, con una dirección en letras plateadas: **CLUB LA SOMBRA. CALLE 14 N° 237, ZAONAR**. Y al dorso, con la letra de Valeria: *Donde todo empieza y todo termina. No vengas sola*.

—Es un antro —dijo Leonardo, reconociendo el nombre al instante—. Lo conozco. De los más peligrosos de la ciudad. Ahí es donde ella lo conoció. Ahí es donde tenemos que ir.

***

Pasaron el resto de la noche y todo el día siguiente corriendo, mientras mantenían una falsa normalidad delante de los niños.

A las siete de la mañana fueron al banco: canceló su depósito, ella transfirió sus ahorros, Doña Carmen retiró todo lo suyo. A las once llamaron al corredor y pusieron el departamento a la venta con descuento. A las tres vendieron las joyas en el centro.

Mientras tanto, en la casa, todo seguía igual. Nadie notaba nada. Ni Lucas, ni Sofía, ni siquiera Mateo, que ahora caminaba más derecho y cada vez buscaba más la mano de Elisa.

Esa tarde, al volver del colegio, el niño se quedó a su lado y murmuró tan bajo que casi no lo oyó:

—Antes tú nunca querías estar con nosotros. Ahora eres la mejor mamá del mundo. No quiero que vuelvas a ser como antes. Nunca.

Elisa sintió un nudo en la garganta. Apretó su mano.

—No voy a cambiar nunca más. Te prometo. Nadie nos va a separar. Nadie.

En ese momento supo que no importaba lo que pasara. No iba a permitir que nadie le hiciera daño a esos tres niños. Eran lo único bueno que le había pasado en toda su vida.

Para cuando cayó la noche, ya tenían cuarenta y ocho millones. Faltaban doce. Pero Doña Carmen tenía razón: no podían esperar. Tenían que ir esa misma noche.

Se prepararon con cuidado. Leonardo se puso oscuro para pasar desapercibido. Ella eligió el vestido más parecido al de Valeria, se peinó igual, se puso el mismo labial. Al mirarse al espejo, por un segundo ella misma no supo quién era. Perfecta.

Doña Carmen se quedó en casa con los niños.

—Tengan cuidado —les dijo antes de que subieran al coche—. Esa clase de hombres le temen solo a dos cosas: a perder dinero y a que los descubran. Usen eso.

El camino a Zaonar fue silencioso. El club estaba al final de una calle sin salida, un edificio de ladrillo negro sin ventanas. Dos guardias grandes vigilaban la entrada. Leonardo aparcó a media cuadra. Le agarró la mano.

—En cuanto entremos, tú te quedas detrás de mí. Si algo sale mal, corres, subes al coche y vas a la policía. No te detengas por nada. Ni por mí. ¿Me oyes?

Ella negó con la cabeza, firme.

—No. Los dos entramos, los dos salimos. Sin excepciones.

Bajaron y caminaron hacia la puerta. Los guardias los detuvieron. Elisa dio un paso al frente, levantó la barbilla, imitando la arrogancia de su hermana.

—Dile a Ramiro que viene Valeria —dijo con voz firme—. Seguro que se acuerda de mí. Y de los sesenta millones que me debe.

Los hombres se miraron sorprendidos, hablaron por un interfono y abrieron la puerta.

El interior era oscuro, lleno de humo, olía a licor y perfume fuerte. Caminaron entre mesas de juego, todos los ojos clavados en ellos. Ella sentía el corazón a mil por hora, pero caminaba derecha, impasible.

Llegaron a la oficina del fondo. Leonardo empujó la puerta. Era una habitación sin ventanas, llena de botellas de licor. Detrás del escritorio, con los pies sobre la mesa, estaba Ramiro Salgado. Alto, delgado, tatuaje de serpiente en el cuello, vaso de whisky en la mano. Sonrió al verla.

—Valeria —dijo arrastrando las palabras—. Pensé que habías huido. ¿Y tu marido el aburrido?

—No soy Valeria —dijo ella, dando un paso al frente—. Soy su hermana gemela, Elisa. Ella me obligó a ocupar su lugar. Y venimos a hablar de la deuda.

Ramiro parpadeó. La sonrisa se le borró. Se sentó derecho.

—¿Su hermana gemela? Esa mujer no tiene límites. Me da igual quién eres. Alguien paga. Si no, van por los niños.

—Tenemos cuarenta y ocho millones ya —dijo Leonardo, poniendo una bolsa sobre la mesa—. Mañana a mediodía otros veintidós. Setenta en total. Te damos los cuarenta y ocho hoy, el resto mañana. Y te pedimos que te alejes para siempre de esa familia. Ni tú, ni nadie, se acerca a los niños nunca más.

Ramiro miró el dinero, luego a ellos. Se quedó callado unos segundos, disfrutando la tensión. Luego sonrió más frío que antes.

—Cincuenta y ocho —dijo de golpe.

—¿Qué? —preguntó Elisa.

—La deuda ya no es sesenta. Es setenta y ocho. Valeria me robó quince millones de mi caja fuerte antes de irse. Sesenta más quince, menos siete que pagó en joyas… son setenta y ocho. Mañana a las doce, aquí mismo, todo completo. Si falta un peso, voy por los niños. Y no seré amable.

Leonardo dio un paso hacia la mesa, furioso.

—¡Nosotros no le robamos nada! ¡Eso es culpa de ella!

—La vida no es justa —respondió Ramiro, y sacó un revólver, poniéndolo sobre el escritorio—. Puedo matarlos ahora mismo y cobrarme la casa entera mañana. Así que no me hablen de justicia. Mañana a las doce. Ni un minuto tarde.

Elisa miró el arma, pensó en los niños, en su madre. Luego recordó las palabras de Doña Carmen. Le habló con calma, sorprendiéndose a sí misma:

—Tienes razón. Mañana a las doce tendrás los setenta y ocho millones. Pero te advierto: si nos pasa algo a nosotros, o si le pasa un rasguño a un niño, hay un abogado y un periodista con una carpeta llena de todo lo tuyo. Facturas, nombres, amenazas. Todo sale publicado. Puedes matarnos. Pero pasas el resto de tu vida en la cárcel. ¿Vale la pena por ocho millones?

Ramiro se quedó quieto. La sonrisa desapareció. Sabía que no mentía.

—Mañana a las doce —repitió, guardando el arma—. Y si veo a Valeria, la mato sin preguntar. Lárguense.

Salieron casi corriendo. Respiraron hondo cuando llegaron al coche. Leonardo arrancó y solo a varias cuadras de distancia soltaron el aire retenido.

—Setenta y ocho millones —susurró ella, tapándose la cara—. Faltan treinta. No tenemos nada. Estamos perdidos.

Él no respondió de inmediato. Pensaba, mirando la carretera oscura. De repente frenó, apagó el motor y se giró hacia ella, con los ojos brillando de una idea.

—No estamos perdidos. Tenemos una baza que no hemos usado todavía.

—¿Qué baza? No tenemos más propiedades, no tenemos más joyas…

—Tenemos a Valeria —la cortó él—. Él dijo que la mata. Porque ella le robó quince millones. Si la encontramos y se la entregamos… él se queda con ella y nos perdona la deuda. Es nuestra única salida.

Ella se quedó helada. Entregar a su propia hermana a un hombre violento… Sabía que Valeria era mala, pero era su sangre.

—No puedo —susurró—. No puedo entregarla para que la maten.

Él le tocó la mejilla con suavidad.

—No vamos a dejar que la mate. Solo la usamos como moneda de cambio. Él prefiere cobrarle a quien realmente le debe. Es eso o que se lleve a los niños. ¿Qué eliges?

Ella cerró los ojos, las lágrimas resbalando. Sabía que tenía razón. No podía dudar ni un segundo.

—Está bien —dijo, secándose las lágrimas con rabia—. Vamos a buscarla. Mañana antes del mediodía.

***

Llegaron a la casa pasada la una de la madrugada. Doña Carmen los esperaba despierta. Se lo contaron todo. Setenta y ocho millones. Medio día. La única salida: encontrarla.

—Yo sé dónde está —dijo la anciana de golpe—. De niña, cuando tenía problemas, se escondía en el almacén abandonado de la estación, en el puerto. Nadie la encontraba ahí. Si sigue en la ciudad… seguro que está ahí.

Leonardo miró el reloj. Eran las dos y diez. Faltaban diez horas.

—Vamos ahora —dijo, poniéndose de pie—. No perdemos ni un minuto.

—Yo me quedo con los niños —dijo Doña Carmen—. Y si ella viene por aquí, la recibo con el rifle de caza de tu padre.

Salieron corriendo. El cielo estaba negro, empezaba a llover fino y frío. Iban en silencio hacia el puerto. De repente el celular de Elisa vibró. Un mensaje. Lo abrió con manos temblorosas.

Era una foto. La entrada del hospital donde estaba su madre. Valeria escondida detrás de un árbol, sonriendo a la cámara. El texto la heló hasta los huesos:

*Bonita carrera, hermanita. Al almacén del puerto, ¿verdad? Yo los espero. Pero recuerda: la enfermera de tu madre trabaja para mí. Si me tocan, ella muere. Tú eliges: tu madre o los niños. A medianoche decides. Uno u otro. Nadie gana contra mí. Nunca.*

El celular cayó sobre sus piernas. No podía respirar. Su hermana la había acorralado perfectamente. Si la entregaba, mataban a su madre. Si no, se llevaban a los niños. No había salida.

—¿Qué pasa? —preguntó Leonardo, alarmado.

Ella levantó la vista, con los ojos llenos de desesperación.

—No puedo elegir —susurró—. No puedo.

Él la agarró de los hombros, la miró a los ojos con firmeza.

—Entonces no elegimos. Nadie muere. Nadie se lleva a nadie. Vamos a ese almacén, la encontramos, y esta vez no jugamos según sus reglas. Jugamos según las nuestras. Juntos. No estás sola. Nunca más vas a estar sola.

Ella lo miró. En medio de toda esa oscuridad, ahí estaba él. El hombre que no era su marido, los niños que no eran sus hijos, la suegra que al principio la había odiado. Y eran lo único real que tenía. Lo único bueno.

Asintió, apretando los puños. El miedo se transformó en rabia fría.

—Vamos —dijo—. Vamos a terminar con esto. De una vez por todas.

El coche siguió avanzando bajo la llovizna. Y en la oscuridad, Valeria limpiaba un cuchillo pequeño y brillante. Todo salía mejor de lo que había planeado. Muy pronto, todo el problema desaparecería. Y ella recuperaría su vida.

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Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
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Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
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