Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 2
Los ojos de Damián se posaron en ella. La recorrió de pies a cabeza con una lentitud deliberada, sin una sola pincelada de sorpresa en el rostro. Su mirada no albergaba calidez ni nostalgia; era la inspección fría de un comprador evaluando una mercancía defectuosa.
—Buenas noches —la voz de Damián resonó grave, profunda, inundando cada rincón del comedor—. Lamento la demora, padre. Los negocios en Manhattan requieren mano firme hasta el último minuto.
—No hay nada que disculpar, hijo —respondió Augusto.
Guillermo se puso en pie de inmediato, extendiendo la mano con servilidad. Aunque lo reconoció, quiso creer que él pasado había quedado atrás.
—Un honor tenerte en mi casa, Damián. Te presento a mi única hija, Camil.
Damián no aceptó la mano de Guillermo de inmediato. Dedicó dos segundos eternos a mirar la mano tendida del viejo antes de estrecharla con un apretón breve e impersonal. Luego, se giró hacia Camil.
—Señorita Fontán —dijo él, inclinando apenas la cabeza. Un matiz sarcástico impregnó su tono—. Es un placer... reencontrarnos.
Camil intentó articular una respuesta, pero la voz se le atascó en los labios. Verlo allí, convertido en el hombre más poderoso de la ciudad, aplastó cualquier atisbo de fortaleza que le quedaba. Tenía los mismos ojos oscuros, pero la luz tibia que solía ver en ellos había sido reemplazada por una armadura de acero inquebrantable.
Durante la cena, Damián ofreció un desempeño magistral. Manejó la conversación con los dos hombres mayores con una elocuencia absoluta. Habló de rutas de transporte marítimo, de reestructuración de deudas y de la absorción inminente del Grupo Fontán Internacional con la frialdad de quien mueve piezas en un tablero de ajedrez.
Para Guillermo Fontán, Damián era el salvador. Para Augusto, el orgullo de su dinastía.
Pero para Camil, cada frase de Damián llevaba una daga oculta.
—El Grupo Fontán tiene una tradición respetable en bienes raíces —comentó Damián, cortando la carne con precisión impecable—, aunque carece por completo de visión de futuro. Han vivido confiados en su apellido, creyendo que el estatus dura para siempre. Es un error común en la aristocracia de esta ciudad: olvidar que los que no tienen nada a veces aprenden a construir imperios, mientras los que lo tienen todo terminan mendigando en la mesa correcta.
Guillermo rió con cierto nerviosismo, tomando de su copa.
—Una perspectiva tajante, Damián, pero desbordante de verdad. Por eso confiamos en que tu gestión nos devuelva la estabilidad.
—Por supuesto, Guillermo —respondió Damián, dirigiendo su mirada penetrante hacia Camil—. Me gusta asegurarme de que cada inversión pague su precio justo. Especialmente las que involucran activos tan... delicados.
Camil apretó las manos debajo de la mesa hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Sabía que las palabras de Damián estaban diseñadas exclusivamente para descuartizar su orgullo frente a su propio padre.
Cuando sirvieron el postre, la presión en el comedor se volvió insoportable para ella.
—Con su permiso —dijo Camil poniéndose de pie con torpeza—, necesito tomar un poco de aire.
Sin esperar la aprobación de nadie, caminó a pasos rápidos hacia las puertas de cristal que daban al gran balcón del piso principal, que ofrecía una vista fría y panorámica de los rascacielos iluminados de Nueva York.
El viento de la noche le azotó la cara, helándole las mejillas. Camil apoyó las manos en la barandilla de hierro forjado y cerró los ojos, intentando detener el temblor de su cuerpo. Les tomó solo unos minutos a sus recuerdos regresar en ráfagas violentas: la biblioteca, las promesas entre susurros, y la noche en que le rompió el corazón en mil pedazos.
—Pensé que las damas de tu clase sabían aguantar en una cena.
La voz de Damián apareció a su espalda, tan firme y helada como la brisa del East River.
Camil se giró despacio. Damián estaba apoyado contra el marco de la puerta del balcón, con una mano en el bolsillo de su pantalón y una copa de coñac en la otra. La luz de la luna acentuaba las líneas duras de su rostro.
—Damián... —musitó ella, perdiendo la armadura por un segundo.
—Señor Rothschild para ti —la corrigió él de inmediato, dando dos pasos lentos hacia ella. Su presencia llenó todo el espacio, acorralándola contra la barandilla—. No recuerdo haberme dado el lujo de permitirte tanta confianza.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Camil en un susurro desesperado, con los ojos brillando por las lágrimas contenidas—. ¿Cómo llegaste hasta los Rothschild? ¿Por qué aceptaste este compromiso?
Damián dibujó una sonrisa carente de todo calor. Apoyó la copa en una pequeña mesa lateral y se acercó a ella hasta que solo unos centímetros de aire helado los separaron. Camil pudo oler su loción: madera, ámbar y un toque de tabaco noble. Nada del perfume barato que usaba en la universidad.
—Acepté porque puedo —contestó él, inclinándose ligeramente para hablar directamente a su oído—. Y porque cuando tu padre vino arrastrándose a mi oficina a ofrecer a su valiosa hija como garantía de pago, supe que el destino tenía un sentido del humor extraordinario.
—Tú no eres así —dijo ella, buscando desesperadamente en sus ojos un vestigio del chico que amó—. Sé que estás enojado por lo que pasó en el pasado, pero...
Damián la tomó del mentón con los dedos de hierro. El agarre fue un poco fuerte sin llegar a doler. Su mirada se volvió negra, cargada de una rabia antigua que hizo que a Camil se le cortara el aliento.
—No te atrevas a hablar del pasado —le advirtió él, con la voz reducida a un murmullo peligroso—. No me busques ahí, Camil, porque el muchacho idiota al que humillaste, al que tiraste a la basura, murió la noche que lo echaste de tu vida.
—Damián, tú no entiendes...
—Entiendo todo con absoluta claridad —la interrumpió él, soltándola con desdén—. En aquel entonces me viste como una piedra en tu camino. Hoy, soy el dueño de la casa donde vives, del auto en el que te transportas y del apellido con el que vas a salvar a tu padre de la cárcel.
Camil dio un paso atrás, sintiendo cómo el frío de la barandilla le atravesaba la tela del vestido.
—Si me odias tanto, ¿por qué te casarás conmigo? Podrías simplemente habernos dejado hundir.
Damián la miró desde su altura, disfrutando visiblemente de la palidez de su rostro.
—Porque ver a tu familia en la bancarrota habría sido demasiado rápido, demasiado fácil —dijo él, acomodándose los puños de la camisa con una elegancia escalofriante—. Prefiero tenerte cerca. Quiero que firmes el contrato, quiero que lleves mi anillo y quiero verte perder ese orgullo miserable día tras día. Acepté este trato por una sola razón, Camil: para cobrarme cada lágrima que me hiciste derramar cuando no era nadie. Y te prometo que voy a disfrutar cada segundo de tu caída.
✨Amores míossss. Aquí vamos con otra historiaaaa.
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