Quien diría que una beca en Alemania solo para estudiar tomaría un rumbo distinto al imaginado..
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EP 3: -Bennett
Pasaron dos semanas.
Dos semanas en las que mi vida por fin se sintió un poco estable.
Mi rutina era siempre la misma. Me despertaba a las cinco y media, caminaba bajo la lluvia hasta Noir Coffee, abría con Maros a las siete y a las siete y media llegaba Sasha con su suéter amarillo, su cabello azul y dos cafés para llevar.
—Uno para ti, sin azúcar, como le gusta a la gente amargada — me decía todos los días.
Trabajar con Sasha hizo que todo fuera más fácil. Los días eran rutinarios, pero no aburridos. Ya me sabía de memoria los pedidos de los clientes regulares. La mesa tres, un profesor de la universidad, siempre pedía un expreso doble sin azúcar. La mesa cinco, dos estudiantes de arquitectura, siempre pedían un latte grande para compartir y se quedaban cinco horas. La mesa uno era mi favorita porque siempre dejaba propina.
Maros ya no me miraba con desconfianza. Ahora me dejaba sola en la barra cuando tenía que ir al mercado. Incluso me empezó a pagar un poco más porque llegaba temprano y nunca me quejaba.
Por primera vez desde que llegué a Hamburgo, sentí que pertenecía a un lugar. Tenía un trabajo, tenía una amiga y tenía una pequeña rutina que era solo mía.
Hasta esa tarde.
Era jueves. Casi las cuatro de la tarde. La hora más tranquila en Noir Coffee. La mayoría de los estudiantes ya se habían ido a clases y solo quedaban tres mesas ocupadas. Sasha y yo estábamos en la barra, limpiando tazas y hablando de qué íbamos a cenar.
—Si Maros nos deja salir temprano, podemos ir por papas fritas — dijo Sasha.
—Yo solo quiero dormir — le respondí.
Y en ese momento sonó la campanita de la puerta.
No fue un sonido fuerte, pero las dos volteamos a ver. El aire frío de la calle entró de golpe.
Un chico entró.
Era alto. Muy alto. Pálido, de esos que parece que nunca les da el sol. Tenía el cabello castaño, un poco largo y desordenado por la lluvia, y llevaba un abrigo negro largo que le llegaba hasta las rodillas. Se veía caro. Todo en él se veía caro. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Verdes. Un verde muy claro, casi gris.
Parecía tener mi misma edad, veinticinco años, quizás un poco más. Pero no se veía como los demás chicos de veinticinco años que venían a la cafetería con mochilas y audífonos. Él se veía... diferente. Más serio. Más grande.
No dijo hola. No se quitó el abrigo. No miró el menú.
Solo caminó hasta la mesa del fondo, la mesa seis, la que estaba en la esquina más oscura, y se sentó. Se sentó derecho, con las manos sobre la mesa, y se quedó mirando hacia la barra.
Esperando.
Lo miré confundida. Llevaba dos semanas trabajando ahí y sabía que todos los clientes nuevos se acercaban a la barra a ordenar.
— ¿No va a ordenar? — le susurré a Sasha.
Sasha se puso tensa en cuanto lo vio. Su sonrisa desapareció por completo. Se puso pálida.
—Ay no — dijo en voz muy baja.
—¿Qué pasa?
—Ese es Isaac.
—¿Isaac?
—Isaac Bennett — me dijo, casi sin mover los labios, sin dejar de mirar hacia la mesa seis—. No lo mires tanto.
Me acerqué más a ella.
—¿Quién es?
Sasha dejó el trapo y me jaló hacia la parte de atrás de la barra, donde no nos podía escuchar.
—Maeve, escúchame bien. Ese chico es un cliente recurrente. Viene casi todos los días a las cuatro. Es hijo de los Bennett.
—¿Los Bennett?
—Su familia es dueña de casi toda la ciudad — me explicó Sasha rápidamente—. Literalmente. Dueños de edificios, de hoteles, de restaurantes, de la mitad de la universidad. Su padre es el dueño de este local también. De todo este edificio. De toda esta calle.
La miré sin entender.
—¿Y qué hace aquí?
—Esperar a que le lleven su café. Siempre pide lo mismo y siempre espera a que se lo lleven a la mesa. Nunca ordena en la barra. Nunca habla con nadie. Solo se sienta y espera.
—¿Y qué café quiere?
—No lo sé. Bueno, sí lo sé, pero no es un café del menú. Maros me enseñó cómo se hace. Es un americano, pero con agua a ochenta grados exactos, no a noventa. Sin azúcar, sin nada. Si no está a la temperatura exacta, lo devuelve.
Vi a Isaac desde la barra. Seguía sentado, inmóvil, mirándonos. No, mirándome a mí. Sus ojos verdes estaban fijos en mí. No parpadeaba. No se movía.
Sentí un escalofrío.
— ¿Por qué me mira así? — pregunté.
—Porque eres nueva — dijo Sasha, poniéndose nerviosa—. Y porque no le has llevado su café. Le molesta esperar. Es una persona muy, muy seria, Maeve. Si no le das lo que quiere, se enoja. Y si se enoja, puede mandar a cerrar el café. Ya lo ha hecho antes con otros locales. Maros le tiene pánico.
—¿Cerrar el café? ¿Por un café?
—Su familia puede hacerlo. Por favor, no le hables mucho. Solo llévale el café y no lo mires a los ojos.
Sasha se movió rápido. Fue a la máquina, puso agua a calentar y miró el termómetro como si su vida dependiera de eso. Ochenta grados exactos. Sirvió el café negro en una taza blanca pequeña, sin plato, sin servilleta. Así era como le gustaba.
Me quitó la taza de las manos antes de que yo pudiera tomarla.
—No — me dijo—. Hoy lo llevo yo. Tú solo mira y aprende. Mañana te tocará a ti.
Sasha caminó hasta la mesa seis con la taza temblando un poco. Isaac no le dijo gracias. No la miró. Tomó la taza, le dio un sorbo y siguió mirando hacia la barra.
Hacia mí.
Sasha regresó pálida.
—Ya está — dijo—. Ahora se va a quedar una hora mirando por la ventana y luego se va.
Pero no se quedó mirando por la ventana. Se quedó mirándome.
Cada vez que yo llevaba un plato, cada vez que limpiaba una mesa, sentía sus ojos verdes siguiéndome por todo el local. No era una mirada coqueta. Era una mirada intensa, fija, que me hacía sentir incómoda y al mismo tiempo no podía dejar de notar.
A las cinco en punto, dejó la taza vacía en la mesa, dejó un billete de cincuenta euros debajo y se levantó. Cincuenta euros por un café que costaba tres.
Caminó hacia la puerta sin decir una palabra. Cuando pasó a mi lado, se detuvo un segundo.
Olía a perfume caro y a lluvia.
Me miró de arriba abajo.
—Así que tú eres la nueva — dijo. Su voz era baja y tranquila.
No supe qué responder.
Se fue. La campanita sonó y la puerta se cerró.
Sasha soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Ves lo que te digo? Es aterrador.
Pero yo me quedé mirando la puerta por donde se había ido, con el corazón latiendo muy rápido.
No sabía si era miedo.
Lo que no sabía era que Isaac Bennett no era solo un cliente recurrente