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Traicionada a los sesenta, amada por un millonario

Traicionada a los sesenta, amada por un millonario

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amor en la madurez / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Anindita Kirana

A los sesenta años, Elena Rosales creía que ya lo había dado todo: treinta y siete años de matrimonio, una vida entera atendiendo a su pueblo como la única doctora, y un marido al que jamás dejó de servir. Hasta que un paquete que él le prohíbe abrir destapa lo que llevaba una década escondido: otra mujer, cartas de amor, y hasta una tumba comprada para dos.

Podría callar, como calló siempre. En cambio, por primera vez, decide dejar de obedecer.

Mientras reúne pruebas y aprende a decir "no" —a un esposo cobarde, a unos hijos que la ven como cajero automático, a un pueblo que solo sabe murmurar—, un accidente la cruza con Armando Balmori, uno de los hombres más ricos del país. Él no la deslumbra con lujos: la escucha, respeta sus límites y la mira como nadie la miró en toda su vida. Pero dejarse querer a esa edad da más miedo que la soledad, y la poderosa familia de Armando no piensa recibir con los brazos abiertos a una doctora de pueblo.

Entre juzgados, herencias, chismes de barrio y una segunda oportunidad que no pidió, Elena tendrá que decidir qué vale más: la paz de rendirse o el vértigo de, por fin, elegir su propia vida.

NovelToon tiene autorización de Anindita Kirana para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23 - Los parientes que llegan

La noticia sobre Armando Balmori llegó a la familia de Elena más rápido que la citación del tribunal.

Esa mañana, Elena acababa de revisar el inventario de medicinas cuando un carro pequeño se detuvo frente a la clínica. De él bajó su hermano mayor, Silvio, junto con su esposa, Rufina. Detrás de ellos, la hermana menor de Elena, Lidia, bajó cargando una bolsa de fruta.

Elena los miró desde la puerta de la clínica.

Hacía mucho que no venían todos juntos.

Por lo general, Silvio solo llamaba cuando necesitaba un certificado de salud para su nieto. Lidia venía cuando había una tanda cerca del pueblo y quería aprovechar para descansar. Rufina rara vez venía, porque siempre le parecía que la casa de Elena estaba demasiado cerca del olor a medicina.

Ese día llegaban con la cara llena de preocupación.

Elena sospechó de inmediato.

—Silvio. Rufina. Lidia. ¿Hay alguien enfermo?

Silvio soltó una risa fuerte.

—A la propia hermana la toman por paciente.

—Como llegan a la clínica.

Lidia levantó la bolsa de fruta.

—Oímos que no andabas muy bien de salud. Toma, fruta.

Elena recibió la bolsa. Traía manzanas, naranjas y uvas. No era fruta común de mercado. Seguro comprada en un supermercado de la ciudad.

—Gracias. Pasen.

Entraron a la sala de espera. Elena cerró la puerta a medias, pero sin echar llave. No quería que una conversación familiar se volviera un escenario, pero tampoco quería quedar atrapada.

Silvio se sentó con la respiración pesada. Rondaba los setenta, pero su modo de hablar seguía siendo el del hermano mayor que se cree con derecho a dar indicaciones. Rufina se sentó a su lado, con los ojos recorriendo la sala. Lidia enseguida miró el cuarto trasero de la clínica.

—¿De verdad duermes aquí?

—Por ahora.

Lidia dejó escapar un suspiro dramático.

—Dios mío, Ele. Tú, que eres doctora, tienes tres hijos, ¿y duermes en un cuarto tan chico?

Elena sirvió agua mineral en un vaso de plástico.

—Chico, pero alcanza.

Silvio carraspeó.

—La verdad, venimos a hablar por las buenas.

—¿Sobre Bernardo?

—Sobre ti.

Elena se sentó.

Rufina empezó con una voz suave y fingida.

—Ele, oímos que conoces a don Armando Balmori.

Elena la miró.

Directo al grano.

Bien.

—Lo conozco porque él me socorrió cuando me arrancaron el bolso.

Lidia se inclinó hacia adelante.

—Pero dicen que vino hasta aquí. Que incluso te consiguió una casa.

—¿Quién dice?

Lidia sonrió con incomodidad.

—La gente cuenta.

—La gente tiene mucho tiempo.

Silvio levantó la mano.

—No queremos juzgar. Al contrario, nos alegra que alguien bueno te ayude. Bernardo de verdad se pasó. A mí desde hace tiempo tampoco me caía bien.

Elena casi se ríe.

Silvio había sido el que más apoyó su matrimonio con Bernardo, porque la familia de Bernardo se consideraba de buen nombre. Cuando Elena quiso seguir trabajando en el hospital, Silvio también dijo que la esposa mejor cerca del marido.

Ahora resultaba que "desde hace tiempo no le caía bien".

—¿Y entonces? —preguntó Elena.

Silvio sonrió.

—Mira. El hijo de Lidia, Fabián, se acaba de recibir. Lleva un año buscando trabajo y no encuentra. Si de verdad don Armando tiene una empresa grande, quizá podrías recomendarlo...

—Silvio.

Silvio se detuvo.

Elena lo miró.

—Apenas lo conozco.

—Conocerlo también es un contacto. No hay que pedir algo grande. Solo pasar un currículum.

Lidia se apuró a agregar:

—Sí, Ele. Fabián es buen muchacho. En vez de andar en un trabajo cualquiera, si entra a una empresa grande su futuro está asegurado. Tú solo tienes que decir la palabra.

Elena miró a su hermana.

—Estoy en trámite de divorcio. Vivo en la clínica. Todavía tengo el brazo amoratado. ¿Y en lo que ustedes piensan es en el trabajo de Fabián?

Lidia se ofendió.

—¿Por qué hablas así? Nosotros también estamos preocupados por ti.

—Preocupados después de oír el nombre de Armando Balmori.

Rufina intervino:

—Elena, no seas tan sensible. La familia se ayuda entre sí. Si más adelante te acercas a un hombre grande, la familia también sale beneficiada. Es lo natural.

Elena dejó su vaso.

—Para mí no es natural.

Silvio frunció el ceño.

—Cambiaste.

—Esa frase anda muy de moda últimamente.

—Antes nunca fuiste tacaña.

Elena miró a su hermano.

Tacaña.

Esa palabra la solía usar la familia cuando una mujer empezaba a negarse a dar.

—Silvio, ayudé a pagar la escuela de un sobrino. Ayudé a pagar el hospital de mamá. Le presté dinero a Lidia que hasta hoy no me devuelve. Cuando mis hijos se casaron, jamás los molesté a ustedes. Si hoy me niego a pedirle trabajo a alguien que apenas conozco, eso no es ser tacaña. Es tener vergüenza.

Lidia se enrojeció.

—¿Me estás echando en cara?

—Sí.

La sala quedó en silencio.

La propia Elena se sorprendió de lo fácil que le salió esa palabra.

Antes, lo que más temía era que la acusaran de echar en cara. Una mujer buena debe dar y luego olvidar. Pero quien recibe muchas veces no olvida volver a pedir.

Silvio dijo con tono grave:

—Nosotros somos tu familia.

—Lo sé.

—No porque ahora se te acerque un rico vayas a sentir que no necesitas a tus hermanos.

Elena se rió por lo bajo.

—Silvio, cuando Bernardo me lastimó, ¿viniste antes de oír hablar de Armando?

Silvio calló.

Rufina intentó salvar la situación.

—Es que recién ahora nos enteramos bien.

—¿Sabían que me mudé a la clínica?

Lidia bajó la cabeza.

—Sabíamos.

—¿Pero recién vinieron después de oír lo de Armando?

No hubo respuesta.

Elena asintió.

—Suficiente.

Silvio pareció enojarse.

—¿Entonces no quieres ayudar a Fabián?

—No.

—¿Ni pasar un currículum?

—No.

—Si a don Armando de verdad le gustas, algo tan pequeño no es problema.

Elena lo miró con frialdad.

—Justamente porque quizá él me respeta, no lo voy a usar para pagar deudas de favores familiares.

Lidia se puso de pie.

—Ahora eres soberbia.

—Puede ser. O puede que recién ahora sepa decir que no.

Rufina tiró del brazo de Lidia, haciéndole señas de que no armara escándalo.

Silvio se levantó despacio.

—Recuerda, Ele. Los hombres ricos no siempre van en serio. Si un día te botan, ojalá no hayas lastimado ya a tu familia.

Elena también se puso de pie.

—No los rechazo por Armando. Los rechazo porque su pedido no es apropiado.

—¿A tu propia familia le dices que no es apropiado?

—Sí.

Silvio la miró largo rato y luego se dio vuelta para salir. Rufina lo siguió. Lidia se detuvo un momento en la puerta.

—Ele, de verdad necesito ayuda para Fabián.

Elena se ablandó un poco.

—Dile a Fabián que mande él mismo su solicitud a la empresa que quiera. Si necesita practicar la entrevista, puedo ayudarlo. Si necesita para imprimir los papeles, se lo doy. Pero no le voy a pedir nada a Armando.

Lidia pareció querer rebatir, pero al final se fue.

Cuando desaparecieron, doña Rita apareció en la puerta con cara de no saber dónde meterse.

—No quise escuchar.

Elena la miró.

Doña Rita levantó las manos enseguida.

—Solo un poquito. La parte de Fabián.

Elena resopló.

Doña Rita dejó un envoltorio de arroz sobre la mesa.

—La doctora no ha comido, ¿verdad?

—Doña Rita, todo el mundo ahora llega trayendo algo.

—Yo traigo arroz, no un pedido de trabajo.

Elena no pudo contener la risa.

Abrió el envoltorio de arroz después de que doña Rita se fue. Su aroma era cálido, sencillo, sin ninguna intención oculta.

Al caer la tarde, Armando le escribió.

Armando: El contrato de la casa ya está listo. Puede leerlo con calma. No hace falta que responda rápido.

Elena miró el mensaje un buen rato.

Sus dedos se movieron a responder.

Elena: Don Armando, mi familia empezó a pedir ayuda a través de mí.

La respuesta de Armando llegó a los pocos segundos.

Armando: Suponía que eso iba a pasar.

Elena: Entonces será mejor que mantengamos la distancia.

Esta vez Armando no respondió de inmediato.

Elena esperó con el pecho, no sabía por qué, pesado.

Al fin entró un mensaje.

Armando: Si es lo que usted necesita, lo respeto. Pero no se aleje por el error de otros.

Elena leyó esa frase muchas veces.

Quería creerla.

Pero ese día, después de ver la cara de su hermano y de su hermana, Elena comprendió una cosa: la relación con Armando no solo traía atención.

Traía una puerta.

Y en cuanto esa puerta se veía, muchas manos iban a intentar entrar.

Por la noche, Silvio le envió un mensaje largo.

No era una disculpa. Escribía que Elena se dejaba llevar demasiado por la emoción, que la familia debía apoyarse entre sí, que Fabián era casi como un hijo de Elena porque de chico venía seguido a jugar a su casa.

Elena leyó hasta el final.

Luego respondió corto:

Elena: Silvio, puedo ayudar a Fabián a preparar su solicitud. No voy a usar el nombre de don Armando.

Silvio respondió casi de inmediato.

Silvio: Ahora andas con cálculos.

Elena miró esa frase un buen rato. Antes se habría angustiado. Habría dado explicaciones, habría pedido que la entendieran, e incluso quizá al final habría cedido para que no la tacharan de haber cambiado.

Ahora solo dejó el teléfono.

Unos minutos después, Lidia llamó. Elena no contestó. No por odio, sino porque sabía que esa conversación solo iba a dar vueltas en el mismo lugar.

Preparó un té sin azúcar, se sentó en la terraza de la casa alquilada, todavía con pocos muebles, y escuchó pasar las motos.

Armando no volvió a escribir esa noche.

Quizá de verdad mantenía la distancia después de leer el mensaje de Elena.

Elena sintió alivio y decepción al mismo tiempo.

Los sentimientos humanos, al final, son un lío. Uno puede rechazar a alguien para cuidarse y luego sentir que lo pierde cuando esa persona respeta el rechazo.

Elena se rió de sí misma por lo bajo.

—Vieja tonta —murmuró.

Pero esta vez, esa palabra "tonta" no la dijo con odio.

Fue más bien como una mujer que recién aprendía a reconocer su propio corazón, y descubría que ese corazón todavía podía moverse.

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