Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
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CAPITULO 10. CONFESIONES ENTRE COPAS
El viaje de vuelta se le hizo a Samanta infinitamente más largo que el de ida. Sin Samuel en el asiento de al lado dando la lata, el avión se sentía extrañamente silencioso y vacío. Aterrizó en su ciudad a última hora de la tarde, recogió su equipaje y bajó al garaje del aeropuerto para subirse a su Lamborghini lila. Al encender el motor V10 y escuchar su rugido salvaje, sintió una pequeña descarga de adrenalina, pero la sensación de soledad no tardó en regresar mientras conducía hacia el centro.
Su lujoso ático la recibió exactamente igual que lo había dejado: impecable, minimalista y en un silencio sepulcral. Dejó las maletas en el recibidor, se descalzó y se preparó un té, sentándose en el sofá a mirar los ventanales. La burbuja paradisíaca de las islas se había roto por completo. Volvía a ser la CEO de Kawaii World.
Al día siguiente, Samanta se sumergió de cabeza en el trabajo para obligarse a sacar a Samuel de su cabeza. Revisó los informes de ventas, aprobó los nuevos diseños de las agendas de peluche y organizó las reuniones de producción de la semana. Sin embargo, cada vez que se tomaba un café por la mañana o miraba de reojo la pantalla de su tablet, el recuerdo de sus ojos claros y de su risa jovial la asaltaba sin previo aviso. Cumpliendo lo pactado, no hubo mensajes ni llamadas. La distancia y sus ajetreadas vidas laborales eran una barrera insalvable, y ambos habían decidido ser adultos realistas.
El viernes por la noche, tras una semana intensa de papeleo, Samanta acudió a la cita que tenía pendiente. Había quedado con Vanesa y Rosa en el mismo reservado del restaurante de moda donde celebraron su cumpleaños hacía quince días.
—¡Por fin llega la viajera! —exclamó Rosa en cuanto vio entrar a Samanta, levantándose de inmediato para darle un abrazo enorme que casi la deja sin respiración.
—Madre mía, Sam, ¡vienes con un bronceado espectacular! —aportó Vanesa, besándola en las mejillas y examinándola de arriba abajo con una sonrisa de oreja a oreja—. Se nota que el hotel con spa te ha sentado de maravilla. Tienes otra cara, estás radiante.
Samanta se sentó a la mesa, se quitó la chaqueta y soltó una carcajada limpia.
—No sabéis cuánto os tengo que agradecer ese regalo, chicas. De verdad que lo necesitaba. Ha sido... un viaje que no voy a olvidar en la vida, en todos los sentidos.
—Huy, esa sonrisita me la conozco yo —dijo Rosa, entornando los ojos con astucia mientras el camarero les servía tres copas de vino blanco—. Cuenta, cuenta. ¿Qué ha pasado en esas islas paradisíacas? ¿Has desconectado de la empresa?
Samanta le dio un sorbo a su copa, respiró hondo y miró a sus dos mejores amigas a los ojos. Sabía que no podía ocultarles nada; eran su pilar fundamental y las que habían financiado aquella aventura.
—He desconectado tanto que creo que no he mirado el correo de la fábrica ni una sola vez —confesó Samanta, haciendo que sus amigas dieran un pequeño grito de triunfo—. Pero el viaje no empezó precisamente como un camino de rosas. ¿Os acordáis de que os dije que me había tocado un tío pesadísimo e insoportable en el asiento de al lado en el avión?
—Sí, el que dijiste que todo lo que tenía de guapo lo tenía de molesto —recordó Vanesa, inclinándose sobre la mesa con intriga.
—Pues bien... resulta que cuando llegué al hotel, hubo un error informático masivo con las agencias de viajes. El hotel estaba al cien por cien de su capacidad por la temporada alta y no quedaban habitaciones libres en toda la isla. El apartamento de lujo que me reservasteis... lo habían duplicado. Me tocó compartirlo los quince días enteros con él.
Rosa casi se atraganta con el vino, abriendo los ojos de par en par.
—¿¡Qué!? ¿¡Compartir el apartamento con el pesado del avión!? —exclamó en un susurro sonoro—. Samanta, tú que no soportas que nadie toque tus cosas ni invada tu espacio... Te daría un ataque de nervios en el acto.
—Casi me muero en la recepción, no os lo voy a negar —admitió Samanta, sonriendo con nostalgia—. Tuvimos una bronca monumental. Él se llama Samuel, tiene treinta y cinco años y también es CEO de su propia empresa en otra ciudad. Al principio pusimos normas muy estrictas: él en el sofá cama del salón y yo en el dormitorio, el armario dividido y prioridad en el baño. Yo estaba convencida de que me iba a amargar las vacaciones.
—¿Y qué pasó luego? Porque esa cara no es de haber tenido un viaje amargo —apuntó Vanesa con una sonrisa pícara.
—Que me equivoqué por completo con él —suspiró Samanta, apoyando los codos en la mesa y dejando salir toda la verdad—. Detrás de ese humor alegre, jovial y de sus ganas de vacilarme constantemente, descubrí a un hombre increíble. El paquete de excursiones que me comprasteis resultó ser el mismo que contrató él por su cuenta, así que coincidíamos en todo por obligación: en el catamarán, haciendo snorkel, en las cenas de gala... Al final, el roce hace el cariño. Empezamos con un tonteo diario de miradas, caricias en la piscina y besos robados que me volvía loca. Samuel fue supermaduro, me respetó muchísimo y fue ganándose mi confianza día a día. Cocina como los ángeles, tiene una conversación brillante y me ha hecho reír como nadie en estos dos últimos años.
—¿Y llegasteis a más? ¡No nos dejes así, Samanta! —suplicó Rosa, dando palmaditas en la mesa de la emoción.
Samanta sintió que las mejillas se le encendían un poco, recordando la intensidad de su última noche en la isla.
—Nos regalamos la última noche entera para los dos —confesó en voz baja, con los ojos brillantes—. Tuvimos una cena romántica, salimos a bailar y el calor del Caribe nos llevó a compartir una noche de pasión absoluta en el apartamento. Fue... espectacular. La noche más tórrida y mágica de mi vida.
Vanesa y Rosa se miraron entre sí, visiblemente emocionadas y felices por su amiga. Ver a la fría y controladora CEO de Kawaii World hablando de un hombre con esa vulnerabilidad y esa luz en los ojos era algo inusitado.
—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó Vanesa con suavidad—. ¿Os vais a volver a ver? ¿Tenéis planes de larga distancia?
La sonrisa de Samanta se desvaneció sutilmente, recuperando su habitual expresión pragmática y realista, aunque teñida de una ligera melancolía.
—No, chicas. Nos hemos despedido en el aeropuerto como los dos adultos que somos. Su vuelo iba a una ciudad lejana y el mío venía directo aquí. Con nuestras ajetreadas vidas laborales, mantener una relación seria a tanta distancia es imposible y frustrante. Ninguno de los dos tiene tiempo y ambos tenemos imperios que dirigir. Preferimos cortar por lo sano en la terminal, darnos un último beso y guardar ese recuerdo precioso intacto en el corazón, sin dramas. Ha sido una aventura maravillosa de quince días y ahí se va a quedar. Cada uno ha vuelto a su rutina como si nada hubiera pasado.
Rosa suspiró, un poco apenada, pero le tomó la mano sobre la mesa de forma cariñosa.
—Bueno, da pena porque suena a hombre de película, pero tienes razón. Es una decisión muy madura por parte de los dos. Al menos has disfrutado, has roto la rutina y te llevas un recuerdo precioso para tus treinta años.
—Exacto —asintió Samanta, alzando su copa de vino con determinación—. Brindemos por las mejores vacaciones de mi vida y por mantener los recuerdos donde deben estar.
Las tres amigas brindaron, haciendo chocar sus copas entre risas, y la cena continuó de lo más animada, hablando sobre los nuevos proyectos de la empresa de papelería. Samanta se sentía aliviada tras haber confesado todo a sus amigas; sentía que al contarlo, cerraba oficialmente ese capítulo de su vida y ponía las cosas bajo control. Lo que ninguna de las tres mujeres sentadas a esa mesa cenando tranquilamente podía ni remotamente sospechar, era que el destino no se iba a conformar con un simple recuerdo, y que la rutina de Samanta estaba a punto de saltar por los aires de la manera más inesperada posible en apenas unas semanas.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏