Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 9. EL GUION DE UNA MENTIRA Y EL REGRESO DE LA SOMBRA
POV MARIO
Después de que los niños cayeran rendidos por el exceso de azúcar del pastel, Rocío y yo nos quedamos en la cocina. El ambiente festivo se esfumó en cuanto la puerta de sus habitaciones se cerró. La advertencia de la trabajadora social seguía flotando sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles.
—Tenemos que trazar un plan —dije, apoyándome en la encimera y cruzando los brazos—. Silvia Méndez va a volver la semana que viene dispuestos a cazarnos en un renuncio. Si ve la más mínima distancia entre nosotros, usará su tablet para firmar el billete de ida de Lucas y Mía a un centro de menores.
Rocío asintió, recogiéndose el cabello en un moño alto. Un mechón rebelde le cayó sobre el rostro, y tuve que reprimir el impulso estúpido de estirar la mano para colocárselo detrás de la oreja.
—Tienes razón —coincidió ella, con la mirada fija en su taza de té—. Para el sistema, no basta con que compartamos los gastos. Quieren ver un hogar. Quieren ver complicidad. Mario... tenemos que fingir que somos un equipo perfectamente engranado. Si es necesario, tendremos que mostrar afecto en público cuando ella esté delante.
El aire de la cocina se volvió repentinamente denso. Estábamos a escasos centímetros. Nos miramos a los ojos, y la tensión sexual que había nacido durante la cena regresó con la fuerza de un cable de alta tensión. Fui consciente de la curva de sus labios, de la forma en que su respiración se aceleraba sutilmente. Fingir afecto con ella no iba a ser un castigo; el verdadero peligro era que empezaba a desear que no fuera una actuación.
—Bien —respondí, aclarando mi garganta para recuperar la compostura—. Mañana es sábado. Propongo que hagamos nuestra primera salida familiar. Llevemos a los niños al centro comercial de la zona alta. Que nos vean fuera, que compremos ropa para ellos y que los niños se acostumbren a vernos caminar juntos. Servirá de ensayo general para cuando regrese la inspectora.
Rocío forzó una pequeña sonrisa, aunque sus ojos reflejaban la misma electricidad que me recorría a mí.
—De acuerdo. Mañana ensayaremos a ser la familia perfecta.
POV ROCÍO
El centro comercial estaba abarrotado de familias, música ambiental y el bullicio típico de un sábado por la mañana. Mía caminaba feliz, saltando mientras se sostenía de mi mano izquierda y de la mano derecha de Mario. Lucas iba un paso por delante, simulando desinterés, pero con una pequeña sonrisa contenida cada vez que su tío le gastaba una broma.
Por unas horas, logré olvidarme de la culpa, de las tiendas y de la trabajadora social. Mario se comportaba de una manera increíblemente atenta; cada vez que cruzábamos un pasillo estrecho, me colocaba una mano suave en la parte baja de la espalda para guiarme, y ese simple contacto me hacía temblar el cuerpo entero. Nos reíamos juntos de las ocurrencias de Mía. Por primera vez en quince años, sentí que pertenecía a un lugar.
Hicimos una parada en una heladería de la planta principal. Mario fue con los niños a pedir los sabores en la barra mientras yo me quedaba custodiando una de las mesas de la terraza interior. Observaba sus espaldas, viendo cómo Lucas gesticulaba animadamente con su tío, cuando una voz arrastrada, pastosa y asquerosamente familiar me congeló la sangre en las venas.
—Vaya, vaya... Pero si es Rocío. Mírate qué estirada te has vuelto.
El mundo se detuvo. Un escalofrío violento me recorrió la columna y sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. Giré la cabeza despacio, rezando interna y desesperadamente para haberme equivocado. Pero no fue así.
Frente a mí, con una sonrisa ladeada y los ojos cargados de una malicia que me devolvió de golpe a mis diecisiete años, estaba Iván.
Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y mantenía las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros. Seguía teniendo esa mirada fría y calculadora, la misma mirada del chico que había provocado mis peores rebeldías contra mi hermana, el mismo que me había arrastrado a la oscuridad y que, una noche de borrachera y lágrimas, me había arrebatado mi primera vez de una manera agresiva, fría y despiadada, ignorando mis ruegos para que parara. Un trauma que me había dejado marcada para siempre y que me obligó a huir de mi propia familia para que nadie descubriera mi humillación.
—¿Qué te pasa, muñeca? ¿Has visto a un fantasma? —preguntó Iván, dando un paso hacia la mesa, invadiendo mi espacio personal—. Me enteré de lo de tu hermana. Qué pena, ¿no? Aunque veo que no has tardado en buscarte un sustituto rico con niños incluidos. ¿Te gustan maduritos ahora o es que buscas quién te mantenga el negocio?
El miedo me paralizó por completo. Me encogí en la silla, sintiendo que regresaba a ser aquella adolescente indefensa y rota. Las lágrimas me nublaron la vista y mi mente se hundió en la miseria absoluta de mis peores recuerdos. Quise gritar, quise decirle que se fuera, pero mi voz se quedó atascada en mi garganta seca.
—¿Hay algún problema aquí?
La voz de Mario tronó a mi espalda como un escudo de acero.
Iván dio un paso atrás, evaluando al hombre que acababa de llegar. Mario traía los helados en una bandeja, pero su mirada se había transformado por completo al ver mi rostro desencajado y mis manos temblorosas. Dejó la bandeja en la mesa con un golpe seco y se colocó justo delante de mí, bloqueando por completo la línea de visión de Iván. Su imponente presencia de CEO eclipsó al tipo de la chaqueta de cuero.
—¿Y tú quién eres, trajeadito? —intentó chulear Iván, aunque dio otro paso hacia atrás al notar la furia contenida en los ojos oscuros de Mario.
—Soy el prometido de Rocío —declaró Mario, con una voz tan baja, letal y peligrosa que me hizo estremecer—. Y como no te des la vuelta y desaparezcas de este centro comercial en los próximos tres segundos, me voy a encargar personalmente de que la seguridad de este lugar, y mis propios abogados, te hagan pasar la peor tarde de tu miserable vida. Largo de aquí. Ahora.
Iván midió sus fuerzas con Mario durante un segundo que pareció eterno. Al ver que el hombre que tenía enfrente no iba a pestañear, soltó una risa nerviosa, levantó las manos en son de paz falsa y se dio la vuelta, perdiéndose entre la multitud del pasillo.
Mario se giró hacia mí de inmediato. Se arrodilló frente a mi silla, ignorando a la gente que pasaba, y me tomó de las manos. Estaban heladas.
—Rocío, mírame. Ya se ha ido. Mírame a mí —me pidió, con una suavidad que contrastaba brutalmente con la furia de hace un momento—. Estás a salvo. Yo no voy a dejar que nadie te haga daño en esta vida. ¿Me oyes? No te vas a hundir.
Lucas y Mía llegaron a la mesa un segundo después, ajenos al drama. Miré a Mario a los ojos y vi en ellos un refugio absoluto. Asentí con la cabeza, tragándome el terror. La sombra del pasado había regresado, pero esta vez, no estaba sola para enfrentarla.