El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo XXIII Un adiós silencioso
Punto de vista de Sebastián
La luz tenue y cálida del domingo por la tarde se filtraba en franjas doradas a través de los ventanales del piso a techo del departamento de Victoria. El ambiente olía a una mezcla casi adictiva de su perfume de jazmín y al café recien hecho que habíamos compartido horas atrás. Sin embargo, el silencio que llenaba la habitación no era el de dos personas descansando tras un fin de semana perfecto; era un silencio pesado, denso, cargado de verdades no dichas.
Victoria estaba sentada en la orilla del colchón, cubierta apenas con una sábana de lino blanco que dejaba al descubierto la curva pálida de sus hombros. Tenía la mirada perdida en el horizonte de la ciudad, fija en la nada con una fijeza tan distante que me oprimió el corazón de inmediato. Lucía frágil, casi delicada bajo los destellos del atardecer, como si en cualquier momento fuera a disolverse frente a mí.
Me acerqué en absoluto silencio, descalzo, y me senté justo detrás de ella. Rodeé su cintura con mis brazos, trayéndola hacia mí hasta pegar mi pecho a su espalda desnuda. Al sentir el contacto inicial, un temblor leve, casi imperceptible, le recorrió la piel.
—Estás muy callada hoy, Valenzuela —murmuré contra su cuello, besándole la curva del hombro con una lentitud pausada—. ¿En qué estás pensando tan lejos de mí?
Victoria tardó varios segundos en responder. No se apartó; al contrario, soltó un suspiro hondo y apoyó la cabeza hacia atrás, descansando su peso sobre mi hombro y cerrando los ojos como si mi cuerpo fuera su único refugio en el mundo.
—Pensaba en lo extraño que es el tiempo —dijo en un hilo de voz, tan suave y rasposo que casi se lo tragó la quietud de la habitación—. En cómo gastamos años enteros peleando por cosas insignificantes, por firmas, por cuotas de mercado, por orgullo estúpido... y en cómo un solo fin de semana puede sentirse más real, más vivo, que una década entera de logros.
Sonreí instintivamente, hundiéndome en la calidez de su cuello y aspirando el aroma de su cabello oscuro.
—Eso suena demasiado poético para la mujer implacable que destruye directores financieros en las juntas sin pestañear —bromeé, intentando aligerar el tono sombrío que amenazaba con envolvernos.
—Incluso las mujeres implacables se cansan de pelear, Sebastián —respondió, girando la cabeza despacio para mirarme a los ojos.
Al tenerla tan cerca, el pulso se me aceleró. Sus ojos oscuros tenían un brillo distinto, una mezcla embriagadora de devoción pura y una tristeza tan abismal, tan devastadora, que me erizó los vellos del cuello. Había algo en la profundidad de su mirada que no lograba descifrar por completo; una sombra helada que se sentía exactamente como una despedida silenciosa.
Durante los últimos dos meses la había visto transformarse. Había sido un proceso minucioso, casi milagroso: ya no usaba esa armadura helada e inexpugnable cuando estaba conmigo. Se dejaba cuidar, se reía con soltura en mitad de la noche, se entregaba con una pasión desinhibida que me dejaba sin aliento... pero a veces, como en este preciso instante, se alejaba a un rincón mental completamente impenetrable un lugar oscuro al que no me dejaba entrar por más que lo intentara.
—No tienes que pelear más —le dije con una firmeza tajante, liberando su cintura para tomar su rostro entre mis manos, obligándola a sostener mi mirada—. No estás sola en esto, Victoria. La firma está más estable que nunca, la alianza Onetto es indestructible y yo no me voy a ir a ninguna parte. Me tienes aquí.
Victoria esbozó una sonrisa, pero fue una sonrisa amarga, quebrada, cargada de una ternura dolorosa que me quemó por dentro. Levantó su mano despacio y acarició el contorno de mi mandíbula con la yema de sus dedos, rozando mi piel con una delicadeza extrema, como si estuviera memorizando meticulosamente cada rasgo, cada ángulo de mi cara para no olvidarlo jamás.
—Gracias por este fin de semana, Sebastián —susurró, rozando sus labios contra los míos antes de inclinarse para darme un beso suave, pausado y profundo. Un beso lento que sabía a nostalgia anticipada, a una promesa rota antes de nacer—. Gracias por hacerme sentir libre, aunque fuera solo por un momento.
Esa frase me golpeó como un impacto físico. Un nudo de zozobra se me instaló en el estómago. La abracé con más fuerza de la necesaria, aplastando su cuerpo contra el mío, uniendo nuestros pechos con una desesperación repentina, como si de alguna forma instintiva pudiera sostenerla para que no se me escurriera entre los dedos.
Había algo terriblemente mal. Victoria no hablaba del futuro, no hacía planes a largo plazo y sus palabras sonaban como las de alguien que está cerrando una etapa de forma definitiva. No sabía qué era exactamente lo que le pesaba en el alma, si la presión de su familia, el estrés corporativo o algo mucho peor, pero mientras sentía el latido de su corazón contra mi palma, me juré a mí mismo que no la dejaría ir. En los días siguientes descubriría qué demonios la estaba alejando de mí, antes de que fuera demasiado tarde para los dos.