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BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD

BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Sinopsis del Argumento

​Diana Monasterio vive su vida bajo el pulso exacto de un quirófano: disciplina férrea, éxito absoluto y una reputación intachable dentro de la alta sociedad. A los 45 años, viuda y consagrada como una de las cardiocirujanas más respetadas del país, dirige su imperio médico con la misma frialdad con la que protege su vida privada. Sin embargo, su mundo milimétricamente ordenado se fractura el día que ingresa de urgencia la matriarca de la familia Blake, una paciente de 78 años al borde de la muerte.

​Al frente de la sala de espera está Samantha Blake, una experimentada y magnética jefa de división del FBI. Con 54 años, una presencia imponente y una vida vivida sin armarios ni complejos, Samantha deslumbra a Diana desde el primer segundo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ATRIO DE LAS DECISIONES

El trayecto en coche hasta el Hospital Central se convirtió en un ejercicio de respiración consciente. A través del parabrisas, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse bajo el crepúsculo de agosto, pintando las avenidas con un tono ámbar y melancólico. Diana conducía con ambas manos firmemente aferradas al volante, sintiendo la presión de los tacones de doce centímetros contra los pedales del acelerador de una manera insólitamente liberadora. Cada kilómetro recorrido era un puente quemado hacia la mujer que había sido hasta hacía apenas cuarenta y ocho horas: la estatua de mármol, la viuda intachable, la eminencia médica prisionera de sus propios moldes.

Al aparcar en el estacionamiento reservado para el cuerpo médico, Diana se detuvo un instante ante el espejo retrovisor. Se repasó el labial, acomodó las ondas sueltas de su cabello negro azabache y exhaló un suspiro profundo. No llevaba la bata blanca como escudo protector; esta vez iba armada únicamente con su piel, sus vaqueros de tubo, su camisa de seda y el pulso desbocado de quien está a punto de saltar al vacío.

El Hospital Central a las seis de la tarde bullía con el movimiento dinámico del cambio de turno vespertino. Las puertas automáticas se abrieron con su característico zumbido suave, absorbiendo a Diana hacia el interior. Apenas cruzó el vestíbulo principal, notó cómo el aire frío y antiséptico del recinto parecía rozar su piel con una intensidad distinta. Sus tacones resonaban sobre el terrazo pulido con un repiqueteo firme y elegante, un compás que marcaba un territorio que ella misma había gobernado siempre desde la fría autoridad, pero que hoy pisaba con la vulnerabilidad a flor de piel.

Siguiendo el plan milimétricamente trazado por Mariana y Clara, caminó hacia el atrio central, una amplia zona diáfana coronada por una cúpula de cristal donde funcionaba la cafetería gourmet del hospital, rodeada de plantas ornamentales y sofás de diseño minimalista.

Su corazón dio un vuelco repentino al divisar, sentada en una de las mesas altas cerca de los ventanales, una silueta inconfundible.

Samantha estaba allí. Llevaba una americana oscura de corte impecable sobre una camisa clara, con las mangas ligeramente dobladas a la altura de los antebrazos. Tenía una taza de café humeante frente a ella y la mirada fija en la pantalla de su tableta, con el ceño fruncido en esa concentración intensa que la caracterizaba. Su presencia magnética parecía absorber la luz del atardecer, destacando por encima del bullicio discreto de los médicos y visitantes que deambulaban por el atrio.

Diana sintió que las piernas le pesaban toneladas. Por un segundo, la tentación de dar media vuelta y huir de regreso al coche cruzó por su mente como un relámpago. ¿Qué estoy haciendo aquí? Soy una mujer madura, una cirujana respetada...

Pero entonces, como si un sexto sentido hubiera detectado su presencia, Samantha levantó la vista de la tableta.

Sus ojos claros barrieron el espacio aéreo del atrio hasta chocar de inmediato contra los oscuros de Diana. El mundo a su alrededor pareció disolverse en una fracción de segundo. La expresión de concentración absoluta en el rostro de la agente del FBI se desvaneció, reemplazada por una chispa de asombro intenso que rápidamente dio paso a una sonrisa lenta, deslumbrante y cargada de una victoria silenciosa.

Samantha no apartó la mirada ni un solo instante. Se puso de pie con una lentitud deliberada, su alta y esbelta figura recortándose contra el ventanal.

Diana tragó saliva con fuerza. Comprendió que ya no había marcha atrás. Enderezó la espalda, apretó los labios en una línea firme y, haciendo honor a los doce centímetros de tacón que la elevaban sobre el suelo, comenzó a caminar hacia ella con una elegancia felina que desafiaba el temblor de sus propias rodillas.

A medida que acortaba la distancia, el aroma a sándalo y café comenzó a envolverla. Samantha dio dos pasos hacia el pasillo central, esperándola con las manos ligeramente metidas en los bolsillos del pantalón, observando cada detalle de su atuendo: los vaqueros ajustados, la caída de la seda marfil, el porte altivo y el rubor disimulado en las mejillas de la cirujana.

—Vaya, doctora Monasterio... —murmuró Samantha cuando Diana se detuvo a apenas medio metro de distancia. Su voz grave y cálida tenía un matiz de profunda admiración que acarició los oídos de la médica—. Debo admitir que esperaba verla enfundada en su habitual armadura blanca, huyendo por algún pasillo oscuro. No imaginé que tendría el valor de venir a buscarme... y mucho menos luciendo de esta manera.

Diana sintió que el calor le subía directamente al cuello, pero esta vez se obligó a sostenerle la mirada con una firmeza que hacía días creía incapaz de articular.

—No he venido a huir, agente Blake —respondió Diana, intentando que su voz sonara firme y controlada, aunque el temblor de sus manos delataba la tormenta interna—. Y tampoco vine a esconderme tras ningún título.

Samantha ladeó ligeramente la cabeza, con una sonrisa de medio lado que desarmaba por completo la última línea de defensa de la doctora.

—Me alegra escuchar eso —respondió Samantha en un tono más bajo, dando un paso más hasta reducir el espacio a cero, ignorando por completo las miradas curiosas de los transeúntes lejanos—. Porque correr o huir de lo que es inevitable solo alarga el sufrimiento. Y le aseguro, Diana, que tengo muchísima paciencia, pero ya me estaba cansando de esperarla en el pasillo de urgencias.

El uso deliberado de su nombre, dicho con esa cercanía íntima y peligrosa, hizo que el pulso de Diana se disparara a niveles inauditos. Ya no importaba el hospital, ni la alta sociedad, ni el qué dirán. En medio de aquel atrio bañado por la luz crepuscular, la cirujana comprendió que el verdadero quirófano era ese preciso instante, y que la única incisión que importaba ya no se hacía con un bisturí, sino con el valor de aceptar, por fin, unos latidos verdaderos.

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