¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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UNA NOCHE SIN CORONA
La noche había caído sobre la Ciudadela Real, pero por primera vez desde que Kaelen había recuperado su trono, el palacio no parecía una fortaleza conquistada. Las antorchas ardían tranquilas detrás de los vitrales, la lluvia golpeaba suavemente las ventanas y los pasos de los guardias eran apenas un murmullo lejano.
Kaelen había dejado la corona sobre una mesa.
No junto a su espada. No sobre el escritorio del consejo. La había dejado lejos, como si durante unas horas pudiera desprenderse también del peso de diez años de guerra.
Elysian lo observó desde el borde del lecho.
—¿Eso significa que esta noche no eres rey?
Kaelen levantó la mirada.
—No.
—¿Entonces qué eres?
El hombre que había hecho temblar ejércitos enteros sonrió.
—Tu Kaelen.
Elysian sintió que algo cálido le apretaba el pecho. Durante diez años había imaginado aquel momento: el abrazo, las lágrimas, el primer beso después de la espera. Pero ninguna fantasía había preparado su corazón para ver al Rey de Hierro quitarse la corona como si fuera una carga y acercarse a él como el muchacho de la cabaña.
Kaelen se sentó frente a él y tomó sus manos.
—Sigues teniendo las mismas manos —murmuró.
—Y tú sigues mirándolas como si fueran algo precioso.
—Lo son.
Besó sus nudillos.
—Durante diez años tuve generales, soldados y reyes a mi alrededor. Personas que me juraban lealtad por miedo o interés. Y aun así, cuando cerraba los ojos, solo recordaba estas manos.
Otro beso.
—Las recuerdo cubiertas de barro.
Otro.
—Las recuerdo temblando cuando intentabas curarme.
Elysian tragó saliva.
—No sabía que recordabas todo.
—Lo recuerdo todo.
—Yo también recuerdo cosas —dijo Elysian.
—¿Cuáles?
—La primera noche que llegaste a la cabaña.
Kaelen cerró los ojos.
—Yo apenas podía verte.
—Yo sí podía verte a ti.
—Estaba cubierto de sangre.
—Lo sé.
—Era horrible.
—No para mí.
Kaelen abrió los ojos.
—¿Cómo puedes decirlo así?
Elysian acarició su mejilla.
—Porque después de diez años ya no me asusta recordar al muchacho que eras. Me duele haber tenido que dejarlo marcharse.
Kaelen apoyó la frente contra la suya.
—Él nunca se fue.
—¿No?
—No. Lo enterré bajo armaduras, batallas y títulos. Pero seguía allí. Esperándote.
—Entonces déjame conocerlo otra vez.
Kaelen soltó una respiración temblorosa.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que después de diez años ya no sea suficiente para ti.
Elysian se apartó para mirarlo.
—Tardaste diez años en volver. Yo tardé diez años en aprender a vivir con tu ausencia. ¿De verdad crees que voy a medir lo que siento comparándolo con el hombre en el que te convertiste?
Le acarició el rostro.
—Yo no amo al Rey de Hierro. No amo tu corona. No amo tus ejércitos. Amo al hombre que, incluso después de todo lo que sufrió, siguió guardando flores para mí.
Kaelen sonrió con los ojos húmedos.
—Las flores eran mi forma de decirte que todavía estaba vivo.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque cada vez que llegaba una, yo volvía a respirar.
Kaelen lo abrazó.
No fue el abrazo de un rey.
Fue el abrazo de un hombre que había estado solo demasiado tiempo.
—Quédate —susurró.
—Estoy aquí.
—No. Dilo.
—Me quedaré.
—Otra vez.
—Me quedaré contigo.
Kaelen cerró los ojos.
—Otra.
Elysian sonrió entre lágrimas.
—Siempre.
Se besaron lentamente. Sin desesperación. Aquello fue lo que más sorprendió a Kaelen. Durante diez años había imaginado el reencuentro como una explosión, pero ahora comprendía que no necesitaban correr.
Tenían tiempo.
Por primera vez, tenían tiempo.
El beso se prolongó hasta que ambos terminaron riendo suavemente, con las frentes juntas.
—¿Qué? —preguntó Kaelen.
—Nada.
—Te estás riendo de mí.
—Estoy pensando que el Rey de Hierro besa bastante bien.
Kaelen alzó una ceja.
—¿Solo bastante?
—Quizá necesite más pruebas.
La risa de Kaelen fue baja y cálida.
Elysian había olvidado ese sonido. No la sonrisa fría del comandante, sino la risa del hombre de la cabaña.
Y aquella noche comenzaron a recuperar, palabra por palabra y caricia por caricia, los años que el mundo les había robado.