Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.
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Capítulo 15: El juicio de la corona
El sol del mediodía apenas lograba atravesar la densa bruma de la capital, proyectando un resplandor plomizo sobre las altas torres góticas del Palacio de Westminster. El estruendo de los carruajes y el murmullo expectante de la multitud apostada a las puertas del recinto anunciaban el inicio de una jornada histórica. La noticia de una sesión extraordinaria en la Cámara de los Lores para juzgar la conducta y las reformas del noveno duque de Blackwood se había extendido como pólvora por los salones de Mayfair y las redacciones de los periódicos.
En el interior de la mansión de los Montagu, la atmósfera era de una calma contenida y resuelta. Lordian vestía un traje de paño negro de corte impecable, sobrio pero de una elegancia indiscutible. La camisa de lino blanco permanecía sin la tradicional corbata de seda, dejando la garganta despejada con un desafiante gesto de autonomía. A su lado, Genevieve lucía un vestido de seda en tono verde musgo con bordados sobrios en los puños y el cuello, un guiño sutil a las tierras de Kent donde todo había comenzado.
—Es hora —dijo Lordian, ofreciendo su brazo a la joven.
Genevieve posó la mano sobre la manga del duque, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela. Miró sus ojos oscuros, donde ya no habitaba la menor sombra de duda.
—El viento no pide permiso para cruzar el valle, Lordian —le recordó ella en un susurro sereno—. Camina como lo hiciste en la choza.
El carruaje ducal avanzó entre la multitud hasta detenerse ante los imponentes pórticos de entrada de Westminster. Thomas abrió la portezuela y Lordian descenció primero, extendiendo la mano para ayudar a bajar a Genevieve. Las miradas inquisidoras de los aristócratas, los diplomáticos y los cronistas de prensa se clavaron de inmediato en la pareja. El murmullo de asombro ante la falta de corbata del duque y la presencia serena de la muchacha silvestre recorrió la gran escalinata como un eco helado.
Sin hacer caso de los susurros ni de los flashes de los fotógrafos, Lordian guió a Genevieve hacia el gran vestíbulo de mármol. El señor Harrison, quien había viajado desde Kent para asistir a su señor en calidad de asistente personal, aguardaba junto a las puertas de la galería de observadores.
—La sesión está a punto de dar inicio, su gracia —anunció el viejo mayordomo, haciendo una reverencia impecable—. La señorita Genevieve ha sido ubicada en el palco de honor de la galería principal, por orden directa de su excelencia.
Lordian se giró hacia ella, tomando sus manos entre las suyas a la vista de toda la concurrencia.
—Mírame desde allí —pidió él, rozando sus labios contra el dorso de sus dedos—. Todo lo que diré hoy tiene tu nombre escrito en la raíz.
Genevieve sonrió, dedicándole una mirada llena de luz antes de subir por la escalinata hacia la galería.
El recinto de la Cámara de los Lores era una estancia majestuosa, dominada por arcos de madera de roble tallada, vidrieras altas que filtraban una luz sobria y filas de bancos tapizados en cuero carmesí donde se acomodaban los nobles más influyentes del reino. En el centro de la sala, presidiendo el estrado, el duque de Richmond aguardaba con expresión adusta, flanqueado por los representantes del consejo real y por un radiante Francis Montagu, que observaba la escena desde las primeras filas con una sonrisa de triunfo contenido.
Lordian avanzó por el pasillo central con pasos lentos y calculados. Su figura erguida, la soltura de su andar y el cuello entreabierto de su camisa llamaban poderosamente la atención en medio del mar de pelucas, capas ceremoniales y corbatas perfectamente anudadas. El duque se detuvo frente al estrado principal, colocando las manos a la espalda.
El duque de Richmond golpeó la maza de madera contra la mesa de roble, imponiendo un silencio tenso en el recinto.
—Lordian Augustus Montagu, noveno duque de Blackwood —comenzó Richmond con voz grave que resonó en la acústica de la sala—. Se te ha convocado a este consejo extraordinario para responder por graves infracciones a las leyes de administración territorial de la corona, así como por faltas severas al protocolo y decoro de tu alta dignidad.
Un murmullo de asentimiento corrió por los bancos carmesíes. Francis Montagu se acomodó en su asiento, cruzando las piernas con suficiencia.
—¿Cuáles son las acusaciones concretas, milord? —preguntó Lordian con una voz serena, profunda y limpia, que acalló de inmediato los susurros.
Richmond desdobló un pergamino oficial.
—Se te acusa de alterar de forma unilateral los contratos de arrendamiento del distrito de Kent, reduciendo las cuotas de cosecha en un veinte por ciento sin la aprobación del consejo de la provincia —recitó Richmond—. Se te acusa de desviar fondos del superávit ducal hacia proyectos comunitarios no autorizados. Y se te acusa de presentar en la sociedad de la capital a una persona ajena a la nobleza, otorgándole honores y estatus que vulneran las costumbres de esta casa.
Richmond alzó la vista, fijando sus ojos severos en Lordian.
—¿Tienes algo que decir en tu defensa antes de que este consejo proceda a votar la intervención temporal de tus bienes y la nulidad de tus decretos?
Lordian enlazó la mirada con la de Genevieve, quien lo observaba desde la galería superior con una calma inquebrantable. El duque dio un paso adelante, levantando ligeramente la barbilla.
—No he venido a defenderme, milores —declaró Lordian, y la potencia de su voz llenó cada rincón del palacio—. He venido a recordarles cuál es el verdadero propósito de la autoridad que ostentamos.
Un murmullo de sorpresa sacudió los bancos de los lores. Richmond arrugó el entrecejo, golpeando levemente la maza.
—Mida sus palabras, Blackwood —advirtió el presidente del consejo.
—Durante diez años —continuó Lordian, ignorando la interrupción—, he administrado mi ducado siguiendo al pie de la letra el manual de la aridez que ustedes defienden. Medí el margen de beneficio, apreté las cuotas de los campesinos hasta ahogar sus hogares y vestí la corbata de seda que sepultaba mi propia humanidad para complacer sus expectativas. ¿Y qué obtuve? Arcas llenas de oro acumulado a costa de la miseria de quienes trabajan la tierra, y una existencia vacía, rígida e inútil.
Francis Montagu se puso de pie de un salto, señalando a su primo.
—¡Esto es una demagogia inaceptable! —exclamó Francis—. ¡El duque ha perdido la razón bajo la influencia de una intrusa sin cuna!
Lordian giró la cabeza hacia su primo con una mirada tan fría y penetrante que el joven volvió a sentarse de golpe.
—La señorita Genevieve —prosiguió Lordian con voz vibrante— me enseñó en la campiña lo que ninguno de sus libros de derecho ni sus salones de gala pudieron enseñarme jamás: que la verdadera fortaleza no reside en la rigidez de la piedra que se quiebra con el impacto, sino en la flexibilidad del bambú que se dobla ante el viento sin romper su raíz.
En la galería de observadores, Genevieve contuvo el aliento, con los ojos empañados por una emoción profunda al escuchar sus propias enseñanzas resonar con la fuerza de un decreto real en la cumbre del poder victoriano.
—Las reformas en Kent no se revocarán —sentenció el duque, mirando directamente a Richmond—. Mis arrendatarios producirán más porque trabajarán con dignidad. Los fondos del ducado construirán escuelas porque el futuro no se sostiene sobre la ignorancia. Y la mujer que camina a mi lado permanecerá en mi vida y en mi hogar porque posee una nobleza de espíritu que sobrepasa por entero a cualquier título de la corte.
Un silencio sepulcral, espeso e imponente, cayó sobre la Cámara de los Lores. Ninguno de los nobles presentes, acostumbrados a las disputas de pasillo y a las concesiones políticas, había presenciado jamás a un duque renunciar con semejante vehemencia a la tiranía de la apariencia.
Lordian extrajo del bolsillo interior de su chaqueta el anillo de sello ducal y lo sostuvo en alto ante la asamblea.
—Si este consejo considera que gobernar con justicia, amar con libertad y caminar sin ataduras me incapacita para llevar el título de Blackwood, entonces pueden votar la intervención —concluyó él con absoluta serenidad—. Pero les aseguro que el hombre que saldrá por esa puerta seguirá siendo dueño de sus tierras, de su conciencia y de su destino.
El duque de Richmond permaneció inmóvil, mirando la solidez en el rostro de Lordian. Uno a uno, los lores de las filas traseras comenzaron a intercambiar miradas de asombro y respeto disimulado. La firmeza del joven duque había desarmado la estrategia de la acusación, dejando al descubierto la pequeñez del resentimiento de Francis y la obsolescencia de las demandas de Richmond.
Richmond bajó la maza de madera, dejándola descansar sobre la mesa.
—La sesión queda suspendida sin votación —anunció el viejo noble con voz pausada, admitiendo la derrota sin estridencias—. Las reformas del ducado de Blackwood se mantendrán bajo la jurisdicción exclusiva de su titular.
Cuando Lordian salió al vestíbulo principal, la multitud de la prensa y los observadores se abrió a su paso en un silencio reverencial. Al pie de la gran escalinata interior, Genevieve aguardaba con una sonrisa radiante que iluminaba todo el recinto.
Lordian caminó hacia ella y la tomó en sus brazos sin importar los ojos que los observaban, levantándola levemente del suelo antes de sellar su victoria con un beso profundo, libre y apasionado en mitad del palacio de Westminster.
—El viento ha ganado, Genevieve —murmuró él contra sus labios, acariciando su rostro.
—El viento siempre gana, mi duque —respondió ella en un suspiro cálido, entrelazando sus dedos con los de él—. Vámonos a casa.