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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:16k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 9

Capítulo 9: Las manos entrelazadas

A la mañana siguiente, en el estudio, Ximena abrió la alacena del baño y se quedó tiesa con la mano en la puertita.

—Oigan… —dijo, regresando a la sala de trabajo con una cara de no entender nada—. ¿Quién resurtió esto? Hay toallas para un batallón entero. De todas: diurnas, nocturnas, protectores, hasta de las que ni sabía que existían. Están hasta el tope los cajones.

Renata sintió que se le subían los colores al instante. Ayer, bajo la lluvia, la bolsa enorme que Lucas había cargado desde la tienda de conveniencia, paquetes y paquetes, una cantidad ridícula. Volteó hacia él con una culpa absurda enredada en el pecho; Lucas dibujaba concentradísimo, la cabeza inclinada, como si el tema no tuviera nada que ver con él. Ximena, al notar que el muchacho estaba presente, se tragó el resto del comentario y solo arqueó las cejas hacia su amiga con una pregunta muda.

Renata intentó concentrarse en su lámina. Pero desde su lugar, de reojo, alcanzaba a ver los brazos de Lucas: las líneas del antebrazo, firmes, marcándose bajo la manga corta de la playera cada vez que movía el lápiz sobre la tableta. La curva del músculo, la muñeca. Se le fue la mano sin darse cuenta. Cuando reaccionó, había convertido su boceto limpio en una mancha negra, densa, sin forma alguna.

—¿Y eso qué es? —Ximena se asomó por encima de su hombro, masticando un chicle—. ¿Qué le pasó a tu dibujo, Jenny?

—Una manzana —dijo Renata, cubriendo la hoja con el antebrazo—. Es… conceptual. Una manzana de noche.

—Ajá. —Ximena entrecerró los ojos, luego sonrió con una malicia lenta que no auguraba nada bueno—. Oye, Lucas, tú que vienes de Florencia y toda la cosa. Enséñale a dibujar manzanas a la maestra, ¿no? Las suyas parecen carbón mojado. Yo voy por la comida antes de que se llene la fonda. ¿Sushi de nuevo o quieren de la otra?

Y se fue, tomando su bolsa, sin esperar respuesta, dejándolos completamente solos en el estudio.

Lucas rodó su silla con ruedas hasta la mesa de Renata, sin prisa. Tomó un lápiz de color limpio de entre los suyos.

—Me acuerdo —dijo, en voz baja, casi confidencial— que en tu primer webcómic, en "Obsesión", las manzanas nunca te quedaban bien. Se te aplanaban, parecían monedas. —Se inclinó sobre ella, sobre la mesa—. Es cuestión del volumen, nada más. Mira, ven.

Puso su mano sobre la de ella, envolviéndola, y empezó a guiar el trazo. Los callos de su palma —de años de lápiz, de herramientas, de vaya uno a saber qué otras cosas— rozaron el dorso de la mano de Renata, ásperos y tibios. Estaba tan cerca que ella sintió su respiración pausada en la sien, y ese aroma cítrico que despedía, a limón, a cáscara de naranja recién partida, tan distinto del perfume amaderado, sobrio y alcoholado de Sebastián. Un aroma joven. Un aroma que no debería estar tan cerca de ella.

—Aquí entra la luz —murmuró Lucas, y su mano movió la de ella en una curva suave, redonda—. Y de este lado dejas que la sombra respire, no la aprietes. Los objetos redondos no tienen bordes duros. ¿Ves cómo cambia?

A Renata se le disparó el pulso hasta la garganta. Las manos le temblaban tanto que la línea salió chueca de todos modos. Sentía la cercanía de él como una presión física sobre la piel, un calor subiéndole por la nuca, y por más que quiso apartarse, no logró que el cuerpo le obedeciera. Se quedó quieta, respirando despacio, con el corazón golpeándole las costillas.

Y justo entonces, en el instante exacto en que ella iba a ceder o a huir, Lucas soltó la mano y se retiró.

—¿Ves? Ya te salió mejor —dijo, tranquilo, rodando de vuelta a su lugar como si nada hubiera pasado. Pero en el fondo de su mirada había un brillo satisfecho, gozoso, de quien acaba de comprobar exactamente lo que quería comprobar.

Renata escondió las manos bajo la mesa para que él no notara el temblor, y fingió revisar su lámina hasta que la cara le volvió a su color.

Esa tarde regresó a casa sin haber terminado su cuota del día. Se metió directo a la recámara principal, corrió las cortinas para dejar todo en penumbra y se echó bocarriba en la cama, sin darse cuenta de que abajo, en el jardín, Sebastián les daba de comer a las carpas koi del estanque, echándoles pellizcos de alimento con la paciencia de quien mata el tiempo.

Él la vio entrar y evitarlo. No dijo nada. Se limpió las manos, subió al coche y salió por el portón.

Renata pensó que se había ido a trabajar, como siempre, a cualquier hora, cualquier día. Bajó a la cocina con el hambre y el coraje revueltos, y encontró en la mesa el plato de cordero salteado de Sebastián, servido e intacto, ya frío. Se lo comió entero, de pie, justificándose sola en voz baja: "Es pura proteína. Si no vuelve, se echa a perder, y qué desperdicio."

No había terminado de lavar el plato cuando oyó el motor del coche regresar. Sebastián entró con las mejillas encendidas por el frío de la calle, mal abrigado, sin bufanda, y en la mano una cajita blanca amarrada con un listón delgado: el pay de limón de Jelly D. El caro. El de la fila que daba vuelta a la esquina. Su favorito en el mundo.

—Salí por esto —dijo él, dejándolo sobre la mesa como quien planta una bandera blanca—. Estaba la cola larguísima. Casi me regreso, pero ya estaba formado.

Renata miró la cajita, miró el plato vacío del cordero secándose en el escurridor, y sintió cómo el bloque de hielo que traía en el pecho empezaba a agrietarse por una orilla.

—Me comí tu cordero —confesó, señalando el plato con la barbilla.

—Está bien. —Sebastián casi sonrió, un gesto mínimo en la comisura—. Una comida trampa de vez en cuando hasta ayuda a la dieta, dicen los que saben. —Cortó una rebanada del pay y la deslizó hacia ella en un plato limpio—. Y esto, además, tiene mucha vitamina C. Te aclara la piel.

Renata se rió sin poder evitarlo, con la guardia rota. Él siempre inventaba justificaciones ridículas con esa cara de absoluta seriedad, y esa era su manera torpe y desmañada de consentirla, la misma con la que le llegaba con collares que ella jamás había pedido y dejaba las cajitas en su tocador sin decir nada. Se sentaron los dos a la sobremesa, y por un rato largo el matrimonio volvió a respirar, tibio, casi normal.

—Oye —dijo Sebastián después, como quien no quiere la cosa, girando la cucharita entre dos dedos—. El estudio contrató gente hace poco, ¿no? ¿Un muchacho?

Renata se puso alerta sin saber muy bien por qué.

—Sí. Uno nuevo, hace unas semanas. Buen dibujante, la verdad. Muy hábil.

—Mmm. —Sebastián la miró un segundo de más, un segundo que a ella se le hizo eterno—. ¿Y cómo es? El muchacho. ¿De dónde salió?

—Estudió afuera. Ximena lo entrevistó, se encariñó con él en dos minutos. —Renata se encogió de hombros, restándole importancia, aunque la voz le salió medio tensa—. Es callado para sus cosas, trabaja bien. Ya.

—Somos matrimonio, Jenny. Cuéntame más las cosas. —Sebastián dejó la cucharita, y su tono, aunque suave, tenía un fondo que Renata no supo descifrar—. De tu día, de la gente del estudio, de todo. No me entero de nada de tu vida y no me gusta nada.

Al oír el tema rondar tan cerca de Lucas, a Renata se le encogió el estómago con una culpa que no tenía nombre ni razón de ser. Bajó la mirada al pay a medio comer, como si él pudiera leerle en la cara lo del roce de manos, el aroma a limón, el temblor que no había podido controlar. Y entonces, para huir de golpe de ese terreno resbaloso, soltó por fin lo que llevaba semanas atorado en el fondo:

—Sebastián. —Dejó la cuchara sobre el plato—. ¿Por qué no quieres tener un hijo conmigo?

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yeshua
Hola, es primera vez que leo algo así de bueno, seguiré leyendo cuando pueda/Smile//Smile//Applaud//Applaud/
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