El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo XIV La marca de la luna creciente
Punto de vista de Alexander
La adrenalina todavía me corría por las venas. Tanto Sabrina como el Consejo habían osado agredir a mi pareja frente a la manada, y eso era una afrenta que la ley del Norte no toleraba.
La noche estaba empezando a caer, así que decidí llevar a Amelia de vuelta a la casa de los omegas. No la iba a obligar a vivir en la fortaleza principal hasta que se sintiera completamente segura.
—Esa Sabrina es peligrosa —comentó Amelia en un susurro mientras caminábamos bajo la sombra de los árboles.
—Es la hija de un Alfa y, como tal, se cree superior a los demás —respondí con sinceridad—. Ella se irá en cuanto te reclame oficialmente como mía.
Sentí cómo se tensó por un segundo, lo que la obligó a detenerse en medio del sendero del bosque.
—Tu gente nunca me aceptará como Luna —dijo con la mirada llena de preocupación.
—Ellos harán lo que yo ordene...
—Ese es precisamente el problema —me interrumpió, mirándome con firmeza—. Si acepto ser tu pareja, no quiero que me acepten por obligación o por miedo a tu autoridad, sino por lo que puedo aportarle a este pueblo.
—Estoy seguro de que te ganarás su respeto —dije mientras acunaba su rostro entre mis manos—. Eres una mujer valerosa y entregada; eso es lo que la manada necesita de una reina. Olvídate de Sabrina. Ella no podrá hacer nada, porque el trono es tuyo.
En ese instante, una energía imponente comenzó a emanar de ambos. El lazo sagrado se fortalecía a una velocidad impresionante y el deseo de reclamarla amenazaba con desbordarme. Nos miramos fijamente, dejando que el instinto más puro tomara el control.
Unimos nuestros labios en un beso profundo, hambriento y lleno de devoción.
Fue entonces cuando ocurrió. En cuanto la pasión del beso se intensificó, un calor místico recorrió mi cuerpo. Bajo la tela del cuello de su bata médica, justo en la clavícula de Amelia, una marca brillante de luz plateada comenzó a dibujarse sobre su piel, emitiendo un resplandor tenue con la forma de una luna creciente. No era una marca fango ni una cicatriz de mordida: era un sello de energía pura que destellaba ante el contacto de nuestras sangres.
Bruno rugió con una mezcla de éxtasis y adoración en mi mente. Aquella luz no pertenecía a una humana común; era la manifestación directa de la Diosa.
Amelia dejó escapar un leve jadeo al sentir el calor en su pecho, pero antes de que pudiera tocarse la marca o pedirme una explicación, un crujido seco de ramas rompió el encanto.
El aroma a putrefacción y azufre golpeó mis fosas nasales.
—¡Renegado! —advirtió Bruno al instante.
Empujé a Amelia detrás de mi cuerpo justo cuando una enorme sombra de pelaje sarnoso y ojos rojos saltó desde la espesura del matorral. El lobo renegado enseñó las fauces cubiertas de baba salival, clavando su mirada directamente en el cuello brillante de Amelia.
—¡Quédate atrás! —ordené con voz cavernosa.
Transformé mi brazo en garra y arremetí contra el invasor en un movimiento cegador. El renegado esquivó el golpe mortal con una agilidad impropia, dejando un zarpazo en mi hombro antes de dar una pirueta hacia atrás. El mendigo no había venido a pelear: solo estaba reconociendo el terreno.
Al cruzar miradas conmigo y notar la marca plateada que aún se desvanecía en el pecho de Amelia, el renegado dejó escapar un aullido grotesco y se internó a toda velocidad hacia la frontera exterior, perdiéndose en la oscuridad antes de que pudiera darle caza.
—¡Se escapó! —exclamó Amelia, respirando agitadamente mientras se sujetaba el brazo.
—Sabía exactamente por dónde burlar la guardia exterior... Alguien dentro del territorio les está facilitando el acceso —sentencié con la mandíbula
apretada, viendo cómo el rastro del intruso se perdía entre los límites de la propiedad.
Antes de que pudiera iniciar la persecución, el sonido de varios pasos acelerados anunció la llegada de Marcus y cuatro guerreros de la guardia real.
—¡Alfa! —exclamó Marcus, deteniéndose en seco y observando el rastro de sangre del renegado en la hierba—. Detectamos una falla en la barrera sur.
—Un renegado logró colarse hasta el sendero principal —respondí con tono glacial—. Refuercen la seguridad en la casa de los omegas de inmediato. No quiero a ningún invasor a menos de un kilómetro de Amelia.
—Entendido, señor —asintió Marcus, mirando a Amelia con una mezcla de desconcierto y rigidez—. Pero tiene un problema urgente en la fortaleza. Los ancianos del Consejo han convocado a una reunión de emergencia en la sala magna. Exigen su presencia inmediata para tratar el incidente de esta mañana en la plaza.
Miré a Amelia. Ella se tocó la clavícula, donde el calor de la marca se había disipado, dejándola desconcertada pero entera.
—Ve a la casa con los chicos —le pedí en tono suave pero firme—. Estarás custodiada.
—Ten cuidado, Alexander —murmuró ella, sosteniéndome la mirada con una preocupación sincera que me reconfortó el alma.
—Nos vemos en la noche —prometí.
Me giré hacia mi Beta con los ojos dorados encendidos en cólera. El Consejo había elegido el peor momento para ponerme a prueba.
—Vamos, Marcus. Es hora de recordarle a los ancianos quién lleva la corona en esta manada.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto