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ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

Status: Terminada
Genre:Villana / Mujer poderosa / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.

Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.

Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.

Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.

Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.

Esta vez, la historia terminará de otra manera.

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El precio de resistir

Los días se convirtieron en una sola noche helada. La nieve no dejó de caer, espesa y pesada, cubriendo las murallas, los tejados, los patios, como si el mundo entero quisiera sepultar la fortaleza bajo un manto blanco y silencioso. El ejército imperial no atacó. No lo necesitaba. Se quedó ahí, rodeándolo todo, esperando a que el frío y el hambre hicieran lo que las espadas no podían. Estaban jugando al tiempo. Y el tiempo estaba del lado del Imperio.

Las raciones se redujeron al tercer día. Luego a la mitad. Para el séptimo, cada persona recibía solo un trozo de pan duro y un cuenco de agua caliente al día. El grano acumulado, que parecía inagotable, empezó a disminuir con una rapidez aterradora. Elara lo había previsto, lo había ordenado… pero preverlo no lo hacía menos doloroso.

Cada mañana, cuando abría los ojos, escuchaba los mismos susurros. Al principio bajos, avergonzados. Luego más fuertes, más descarados. «Si hubiéramos entregado a Rian… ahora tendríamos comida.» «El Imperio no nos habría sitiado si no lo hubiéramos desafiado.» «Todo esto es culpa de quien decidió que sabía más que todos.»

La enfermedad entró sin llamar. Primero fue una anciana. Luego un guerrero joven y fuerte. Luego… un niño.

Se llamaba Lian. Tenía seis años, cabello rubio y ojos grandes y oscuros. Era hijo de Kira, una de las cocineras de la fortaleza, y de un soldado que patrullaba la muralla oeste. Nadie lo vio enfermar de golpe. Un día corría por los pasillos, escondiéndose entre las faldas de las mujeres, y al siguiente yacía en una cama estrecha, temblando de fiebre, con el pecho lleno de un silbido doloroso que partía el alma de quien lo escuchaba.

Los curanderos hicieron lo que pudieron. Calentaron mantas, prepararon infusiones de hierbas secas, rezaron a los antiguos dioses del clan. Pero el frío era demasiado intenso, la comida demasiado escasa, la fuerza del niño demasiado pequeña para luchar contra ambos a la vez.

Elara fue a verlo. Se quedó en el umbral de la habitación, sin entrar, viendo cómo la madre lo abrazaba contra su pecho, intentando darle su propio calor. Sabía lo que iba a pasar. Lo había leído en el libro. «El primero en caer será un niño. Y con él, morirá la paciencia del pueblo.»

Al amanecer del décimo día, Lian dejó de temblar. Kira gritó un grito que resonó en toda la fortaleza, un sonido tan desgarrador que hizo llorar a quienes lo escucharon. El niño estaba frío, rígido, con los ojos cerrados como si simplemente hubiera caído en un sueño profundo.

Y entonces, la gente se volvió contra ella.

No fue de golpe. Fue como el hielo que se forma poco a poco sobre el agua. Alguien la señaló con la cabeza baja mientras pasaba. Otros dejaron de inclinarse cuando ella llegaba. En la cocina, una mujer escupió al suelo cuando la vio acercarse.

—Si hubiéramos abierto las puertas cuando Valerius lo pidió —dijo una voz clara, desde el centro del grupo que rodeaba el cuerpo del niño—, el pequeño estaría vivo. No tendríamos hambre. No tendríamos frío. Pero alguien decidió que sabía más que todos. Alguien nos prometió que resistir sería fácil. ¿Dónde está esa promesa ahora?

Elara se detuvo. No dijo nada. No defendió sus acciones. No explicó que si hubieran abierto las puertas, todos habrían muerto, incluidos los niños, de forma mucho más violenta y cruel. Porque sabía que el dolor no escucha razones. El dolor necesita un culpable. Y ella era la cara de la resistencia. Era la que había dicho no. Era la que había cambiado el destino. Así que cargó con el peso de esas miradas, de esos susurros, de ese odio que no era su culpa, pero que recaía sobre ella inevitablemente.

Lord Kael la llamó al salón del trono. Cuando entró, vio que no estaba solo. Los miembros del consejo estaban allí, y también algunos de los capitanes. No había ira en sus rostros. Solo cansancio. Un cansancio profundo, que carcome la voluntad.

—El pueblo habla —dijo su padre, sin mirarla a los ojos—. Dicen que si hubiéramos aceptado el matrimonio, si hubiéramos entregado a Rian… ahora estaríamos en paz. Lian estaría vivo.

—No estaríamos en paz —respondió Elara, con voz tranquila pero firme—. Estaríamos esclavizados. Y los niños habrían muerto de todos modos, solo que más tarde, cuando ya no tuviéramos fuerzas para defendernos. El Imperio no perdona a quienes somete. Los destruye poco a poco.

—Eso es fácil de decir cuando no eres tú quien llora a su hijo —intervino uno de los ancianos, con amargura—. Tú no pierdes nada, Elara. Tú no pasas hambre. Tú sigues teniendo calor y comida. Pero nosotros… nosotros nos estamos consumiendo. Cada día que pasa, somos menos. ¿Cuántos más deben morir antes de admitir que nos equivocamos?

—Ninguno más morirá si nos mantenemos unidos —dijo ella—. Pero todos moriremos si nos dividimos ahora. El Imperio espera exactamente esto: que nos volvamos unos contra otros. Que nos destruyamos desde dentro para no tener que derribar nuestras murallas. Si cedemos ahora, todo lo que sacrificamos hasta aquí habrá sido en vano.

—¿Y cuánto más debemos sacrificar? —preguntó otro, levantando la voz—. ¿Diez niños? ¿Veinte? ¿Todos nosotros? ¿Hasta que tú decidas que ya es suficiente?

Elara sintió el peso de todas las miradas. La respetaban, sí. Pero también la temían. Y ahora, en medio del hambre y del duelo, ese miedo se estaba transformando en rencor. Ella era la extraña. La que sabía demasiado. La que había cambiado el destino. Y cuando el destino duele, la gente odia a quien lo cambió.

—No decido yo cuánto debemos sacrificar —respondió ella, bajando la voz—. Decidimos todos. Y si decidimos rendirnos, decidámoslo con los ojos abiertos, sabiendo lo que nos espera. No porque nos mintamos diciendo que el Imperio nos perdonará. Porque no lo hará. Nos matará a todos, uno por uno, y luego borrará nuestro nombre de la historia. Eso es lo que pasará si abrimos esas puertas.

Nadie respondió de inmediato. El silencio se extendió por la sala, pesado, lleno de duda. Sabían que ella decía la verdad. Pero la verdad no siempre consuela. A veces, solo hace que el dolor sea más difícil de soportar.

—Dame diez días —dijo Elara, mirando a su padre a los ojos—. Diez días más. Si para entonces no hay cambio, si no hay esperanza… entonces decidís lo que queráis. Pero dadme esos diez días. Porque algo se acerca. Algo que puede cambiar todo. Y no podemos rendirnos justo antes de que llegue.

Lord Kael asintió lentamente, aunque con dificultad.

—Diez días —repitió—. Pero si para entonces la situación empeora… no podré detenerlos, Elara. El pueblo ya no me escucha. Solo te culpan a ti.

—Lo sé —respondió ella, saliendo hacia la puerta—. Lo acepto.

Cuando salió al exterior, el viento golpeó su rostro con fuerza. La nieve seguía cayendo, implacable, igual que en el libro. Sabía que esto era solo el principio. Que el hambre empeoraría. Que morirían más personas. Que el odio hacia ella crecería hasta convertirse en algo peligroso. Pero también sabía que no podía rendirse. Porque rendirse significaba que todo lo que habían hecho hasta aquí había sido en vano. Que la muerte de Lian había sido en vano.

Se detuvo junto al pequeño montículo de nieve donde descansaba el niño, sin nombre, sin cruz, solo una piedra marcada con el emblema del lobo.

—Lo siento —susurró, con lágrimas que se helaron en sus mejillas—. Te fallé. Pero no voy a dejar que tu muerte sea para nada. Voy a terminar esto. Cueste lo que cueste.

En la sombra de la torre, algunos la vieron hablar sola junto a la tumba del niño. Y susurros empezaron a correr de nuevo, más oscuros que antes: «Habla con los muertos.» «Lo trajo ella, la enfermedad. Lo trajo con su magia.» «Es una maldición. Y mientras esté aquí, no nos dejará irnos.»

Elara lo escuchó. Y no se defendió. Siguió caminando, con la cabeza alta, soportando el peso de cada mirada, cada palabra, cada culpa que no era suya pero que llevaba sobre los hombros. Porque esa era la carga de quien cambia el destino: cuando todo va bien, te siguen. Pero cuando todo va mal… te culpan a ti.

Y el peor presentimiento le heló el corazón: lo peor no era el enemigo de afuera. Lo peor era el miedo de los suyos, volviéndose contra ella, poco a poco, hasta que no quedara nadie de su lado. Y entonces, el Imperio no tendría que hacer nada. La entregarían ellos mismos.

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