💕 Descripción
Esta historia comienza con dos jóvenes que jamás imaginaron que llegarían a cambiar sus vidas. Ella es una chica de buen corazón, alegre y soñadora, pero sus compañeros constantemente se burlan de ella por su cuerpo y la hacen sentir insegura. Cada comentario termina afectando su autoestima, hasta que aparece él, un joven que comienza a enamorarse sinceramente de ella. Para él, su apariencia no define su valor. Siempre busca recordarle lo bonita, especial y valiosa que es, animándola a creer más en sí misma. Poco a poco, ella descubrirá que merece ser querida, respetada y feliz, mientras ambos construyen una hermosa historia de amor.
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Capítulo 18: Poniendo límites
El lunes llegó demasiado rápido. Me levanté temprano, me arreglé y escogí un pantalón de jean, un top bonito y unas sandalias. Mientras me miraba al espejo, recordé que ahora tenía una razón más para llegar sonriendo al instituto.
Damián.
Salí de mi casa y, después de llegar al instituto, lo encontré esperándome afuera.
—Hola, mi gordita bella. ¿Cómo amaneció el amor de mi vida? —me preguntó con una sonrisa.
Sentí que me sonrojaba.
—Ay, amor, me haces dar pena. Amanecí bien, ¿y usted?
—Pues feliz porque ahora la muchacha más hermosa del instituto es mi novia.
—Ay, no seas así.
—¿Así cómo?
—Tan lindo conmigo.
Damián sonrió.
—Vos sos perfecta para mí, pues.
Entramos juntos al instituto y caminamos agarrados de la mano.
Por primera vez sentía que podía recorrer aquellos pasillos sin bajar la mirada.
Llegamos hasta los casilleros. Damián se quedó a mi lado y me dijo algunas palabras bonitas que me hicieron sonreír.
Pero entonces escuchamos una voz conocida.
—¡Miren nada más!
Me quedé quieta.
Era Adriana.
Venía caminando hacia nosotros con unas compañeras.
—Así que por esta vaca me cambiaste —dijo, mirando a Damián.
Sentí que durante unos segundos regresaban todos aquellos recuerdos desagradables.
Los apodos.
Las burlas.
Las risas.
Pero esta vez algo había cambiado.
Yo ya no quería quedarme callada.
Damián dio un paso hacia adelante.
—Adriana, ya basta.
Pero levanté una mano para detenerlo.
—No, Damián. Esta vez quiero hablar yo.
Él me miró y asintió.
Respiré profundamente.
—Adriana, durante mucho tiempo dejé que tus palabras me hicieran sentir mal. Me escondía, lloraba y llegaba a mi casa pensando que había algo malo en mí.
Adriana cruzó los brazos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora entendí que el problema nunca fue mi apariencia.
Ella se quedó callada.
—Podés pensar lo que quieras de mí —continué—, pero no voy a permitir que vuelvas a insultarme.
Damián sonrió orgulloso.
—Así se habla, pues.
Adriana soltó una risa.
—Qué dramática.
—No soy dramática. Estoy cansada.
Miré directamente a Adriana.
—Vos decidiste burlarte de mí durante mucho tiempo. Me pusiste apodos y permitiste que otros se rieran. Pero ya no voy a aceptar eso.
Algunos estudiantes que estaban cerca comenzaron a prestar atención.
Adriana miró alrededor.
—¿Y qué vas a hacer?
—Seguir con mi vida.
Me giré hacia Damián.
—Vamos.
Él tomó mi mano.
—Claro.
Antes de irnos, Damián miró a Adriana.
—Y para que quede claro: yo terminé contigo porque mis sentimientos cambiaron. No fue porque Valentina tenga que competir con nadie.
Adriana se quedó sin palabras.
Seguimos caminando.
Yo sentía las piernas un poquito temblorosas, pero también una sensación que no había experimentado antes.
Orgullo.
Por primera vez había respondido.
No necesitaba insultar a Adriana ni burlarme de ella para defenderme.
Solamente necesitaba poner límites.
Damián me miró.
—Estoy orgulloso de vos.
Sonreí.
—Me costó mucho.
—Pero lo hiciste.
—Sí.
Miré hacia los casilleros y respiré profundamente.
Quizás todavía tendría días difíciles.
Quizás algunas personas continuarían hablando.
Pero ya no quería vivir pendiente de sus palabras.
Yo era Valentina.
Y estaba empezando a aprender que mi valor no dependía de los comentarios de nadie.